Autor: Evelyn Swift el Lun Dic 15, 2008 2:50 am
"No estoy hecha para enseñar"
"Lo harás bien. No tengo dudas sobre ello". La voz del joven del cuadro era cálida. Sus ojos brillaban de tal forma en la pintura al mirarla mientras se ponía la túnica sobre la ropa, que parecía vivo.
Evelyn no era capaz de aguantar su mirada sin que un nudo en la garganta la ahogue, así que acabó por apartarla.
"Vesper...". Un susurro cálido. Hasta que le conoció nunca se había fijado en lo bien que sonaba ese extraño nombre suyo en los labios de otra persona.
"Estaré bien...". Sabía lo que va a decir y no le dejó continuar, con la mano ya aferrada al pomo de la puerta. Siguía sin mirarle. Ha de recomponerse antes de que se le acabe el tiempo. Una sonrisa ambigua cubre sus labios. "Después te contaré sí esta generación es como lo fue la nuestra hace años."
"Pobres, espero que no...". No se vuelve a mirarle pero sabe que él está sonriendo, de esa forma enigmática en la que nunca es capaz de descubrir que está pensado, haciendo que la suya cambie y libere un poco de tensión antes de salir por la puerta y cerrarla tras de sí.
Allí la esperaba Theron, enroscado sobre sí mismo, cómodamente asentado sobre un guante de piel negro y grueso, del que solo se veían los dedos. Levantó levemente la mirada hacia ella para después volver a enroscarse aún más, con la cola dando ligeros movimientos arriba y abajo. Movió su varita, concentrándose en hacer aparecer botes de cristal reforzado para todos los alumnos. Quería hacerlo sin tener que decir una palabra pero no funcionó. Se sentía como un tenista que había cometido una falta doble en un saque al sacar los dos fuera del área de juego. Últimamente algunos hechizos fallaban. Las últimas semanas y acontecimientos le estaban pasando factura. Definió el hechizo con su voz y aparecieron los botes con un ligero PLOFF. Así estaba mejor pero no acababa de reconfortarla.
La túnica negra quedó relegada encima de la silla. Ella ya estaba allí, esperando, con sus tejanos oscuros, sus botas de cordones, bajas, fuertes, tal vez algo bastas pero más cómodas que unos zapatos, el jersey largo y ancho, negro, de pico, por donde asomaba en su cuello una cadena de plata, con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada contra su escritorio, cuando el primero de los alumnos asomó la nariz por la puerta abierta, extrañado que esta estuviera así más de diez minutos antes de empezar la clase. Su varita descansaba encima de la mesa, junto a Theron. El muchacho miró a la mujer y esta hizo un leve gesto con la cabeza, invitándole a entrar. Tras él empezaron a aparecer los demás alumnos de la que sería su primera clase en su antiguo colegio.
Tanto la Reina Maeve como los Cuatro Fundadores parecían aún algo aletargados en sus cuadros. Evelyn había trasladado los cuadros allí, segura de que les gustaría ver cómo iban las cosas en aquellos tiempos modernos. De casi todos había conseguido una aprobación razonable pero Salazar Slytherin la miraba con cierto descontento en sus ojos. No esperaba que los hijos de muggles llegaran tan lejos en su amado colegio. Pero se reservó la opinión. Evelyn era eficiente y eso era algo que les había demostrado a las pocas horas de estar allí. A eso, el fundador de la casa de las serpientes no podía tener ninguna objeción.
Había llegado la noche anterior y a pesar de que el director Catherwood había insistido en que descansara y esperase a ser presentada esa noche en la cena, Evelyn prefirió hacerlo a su modo antes y darles así unas explicaciones a esos chicos y chicas que después de meses con el director dando las clases de Encantamientos, se presentara una nueva profesora para sustituir al desaparecido Profesor Dagda Breen. Catherwood les había explicado que el Profesor Breen tenía un permiso especial por asuntos personales pero eso había sido hasta principios de Noviembre, justo cuando la extraña aparición del unicornio muerto en el Gran Salón de colegio ocurrió. Muy extraño, demasiado. Mientras entraban les miraba, preguntándose cuántos de ellos tan siquiera entenderían lo que aquello podía llegar a significar para el mundo mágico y como tal vez afectase al muggel. Tenía que ponerles en guardia, por lo que pudiera pasar. No quería tener que asistir a más funerales.... durante un tiempo.
Por aquella vez, y tal vez porque había corrido el rumor de que habría una nueva profesora de encantamientos, la clase ya estaba lista a la hora.- Circe no va a tener trabajo hoy. Esperemos que siempre sea así y que la curiosidad les sirva para algo más que el cotilleo...-. Pero no se hacía ilusiones. - La naturaleza humana es demasiado cambiante...-. La puerta se cerró justo en el momento en que las últimas campanadas de la torre dejaron de sonar. Se quedó en la misma posición, con las brazos extendidos a cada lado y apoyada en la mesa, mirándoles directamente, expectante, con una media sonrisa en los labios.
"Espero por vuestro propio bien que todas las clases que tengais conmigo empiecen así de bien y que no tengamos que retrasarnos por que haya gente que no sea capaz de llegar puntual. A la vez, tampoco espero vuestra premeditación y que estéis aquí antes solo por complacer al profesor. No me dejaré influenciar por ninguna de las dos clases de comportamiento, al menos que tengais una muy buena excusa que darme y que por supuesto, sea capaz de creer. Soy Evelyn Switf, y, hasta nuevo aviso, seré vuestra profesora de encantamientos...". Su voz suave contrastaba con su tonó ligeramente agresivo y sarcástico.
Algunos alumnos se miraron los unos a los otros preguntándose se alguna manera, como debían tomarse aquella entrada. Otros se preguntarían de donde había salido y a los demás les daría igual, pensado en cosas más allá de encantamientos y hechizos. Evelyn sabía que su forma de ser directa descolocoba a mucha gente, acostumbrados a la sutileza y a los modos amables. Se podía ser amable pero sin perder tiempo. Con los más pequeños habría que tener paciencia pero con los mayores, acostumbrados ya a Baltazar Owley como profesor de Defensa, no tendría tantas concesiones. Una mano, algo dudosa se alzó entre las filas centrales. Evelyn torció el gesto, divertida, acomodándose mejor sobre la mesa. "Bueno, aún no había empezado con el turno de preguntas pero veo que hay alguien que no puede esperar. Sin miedo, que no soy el profesor Owley". Se escucharon algunas risas bajas, que le confirmaron algo que ya sabía. El viejo profesor siempre había sido un hueso duro de roer, lo sabía por experiencia.
"Bueno... yo, esto, profesora Switf, ¿usted ha sido campeona de duelos, no? " Preguntó el muchacho, aún algo dubitativo.
"No esperaba que estuvierais tan bien informados, pero sí, hace ya unos años". Era sincera, no esperaba que la gente la recordase.
"¿Fueron tres años seguidos, verdad?" Comentó una chica sentada cerca de las primeras filas.
"Sí, tres años...". Aquello empezaba a ser divertido pero no era por aquello por lo que estaba allí.
Una chica iba a decir algo más cuando Evelyn levantó una mano a modo de silencio. "No es el momento de hablar de mí, sino de vosotros..." La chica cerró de nuevo la boca, con un gesto de frustración en su cara.
Se bajó de la mesa, tomó su varita y miró a su kneazle. Theron entreabrió los grandes ojos dorados, alzó la cabeza con parsimonia y se desperezó estirando primero las patas delanteras y después las traseras, moviéndose hacia una de las esquinas de la mesa y dejando libre el guante. Comenzó a lamerse una pata y a pasarla por su cara con total tranquilidad. Los alumnos no eran peligrosos y tal vez por su actitud cualquiera podría decir que empezaba a estar aburrido. Cuando Evelyn se puso el guante en la mano izquierda se pudo ver que este era de piel de dragón, tal vez de Colacuerno por las escamas negras del dorso, aún brillante y suaves. Se señaló la mano enguantada y en esta apareció un fuego azulado y brillante.
“Tal como existe el fuego invocado, también existe el frío invocado…”. Un ligero movimiento de su varita y parte de la llama se congeló en su mano con el brillo de miles de diamantes azules. La lengua de fuego acariciaba al hielo casi abrazándole, sin fundirlo. “Fuego y Hielo, opuestos el uno del otro pero que pueden ayudar a salvar vidas. El Fuego puede hacer evaporar la nieve de un alud y el hielo congelar una riada. Si se saben controlar es posible establecer los límites de su acción, al igual que podréis controlar su temperatura. ” Se agachó y puso el fuego en el suelo. Como si de un camino se tratase, fuego y hielo subieron por el pasillo central del aula y dividiéndose al final para abrirse y bajar por las pasillos laterales con la rapidez un reguero de pólvora, deteniéndose justo frente a Evelyn. “Poneos los guantes protectores y tomad parte el fuego y el hielo y metedlo en los botes. No os quemareis pero id con cuidado“.
Theron alzó las orejas. Uno de los alumnos iba directo a tomar el fuego sin los guantes. Bruscamente, su mano fue apartada de la zona de acción, mientras Evelyn se cruzaba de brazo y se acercaba hasta él. “La estupidez es algo que se aprende a controlar. Espero que busque otro método fuera de mi clase que le haga ir a la enfermería ya que yo también conozco el truco de: Profesor, no pude hacer los ejercicios porque me hice daño en la clase de Encantamientos. Tres puntos menos para su casa. Ahora póngase el guante…”. La voz de Evelyn, suave como siempre no dejaba lugar a dudas de que si alguien más intentaba aquello se llevaría algo más que una amonestación. El alumno no se atrevió a replicar, sabedor de que no tenía excusa con la que contradecir la a mujer.
Cuando todos tuvieron los hechizos en sus botes Evelyn volvió a su lugar delante de la mesa. Movió la varita y el camino de fuego y hielo que quedaba desapareció sin dejar más rastro que un ligero siseo, parecido al de una serpiente.
“Estos hechizos pertenecen al género de las invocaciones ya que se crean ambiguamente de la relativa nada. Recordad que el aire no está vacío sino que está lleno de elementos invisibles a simple vista. Tanto el fuego como el hielo invocado se pueden emplear conjuntamente con materias como Pociones o Defensa Contra Las Artes Oscuras, al igual que pueden servir de ayuda al intentar reanimar a personas que han sufrido de congelación o de quemaduras, salvaguardando su integridad hasta que se les pueda ayudar de una forma más directa por algún medimago”
Se sentó de nuevo en la mesa y señaló sin mirar a la pizarra tras ella, sin el más mínimo titubeo, sin perder la suave sonrisa. La tiza se elevó y empezó a escribir. "No sé a qué nivel estáis y es algo que me gustaría conocer, así que de momento podéis empezar por copiar lo que hay en la pizarra. Esa será vuestra tarea. Cuando lo tengáis copiado quiero que examinéis la llama y el hielo".
((Para 1º, 2º y 3º))
- Descripción de los encantamientos de frío y calor. Su manejo exacto sin causar problemas de congelación o fuego.
- Enumerar al menos tres de cada junto a una pequeña descripción.
((Para 4º y 5º))
- Clases de Hechizos de Primeros auxilios y si existen combinaciones con otras materias como DCLAO, Transformaciones y Pociones.
- Enumerar al menos tres Hechizos de Primeros Auxilios junto a una pequeña descripción.
((Para 6º y 7ª))
- Como y cuando utilizar los Hechizos Reanimadores sobre humanos. Sus consecuencias si no son bien realizados.
- Enumerar al menos tres junto con su descripción correspondiente.
((Todos))
Durante unos minutos lo único que se oía era el rascar de las plumas en los pergaminos y el ronroneo de Theron. Los cuatro fundadores daban vueltas por los cuadros de los demás, mirando por encima del hombro lo que los alumnos hacían. Acarició la cabeza de Theron y este empezó a ronronear pero se quedó con ganas de más cuando Evelyn bajó de la mesa y se acercó hasta los pupitres.
((Descripción solo para 4º, 5º, 6º y 7º))
“Quiero que ahora abráis la tapadera del tarro y intentéis hacer desaparecer el fuego y el hielo, desconvocarlo en pocas palabras… Espero que os hayáis fijado como lo hice yo antes”. Theron abrió los ojos de nuevo vio los intentos de los alumnos de desconvocarlo. La verdad es que pocos lo consiguieron. La gran mayoría solo podían hacer desaparecer una de las partes, otros simplemente agitaban su varita delante del tarro abierto. Vio como uno de los alumnos consiguió desconvocar el fuego pero ocasionado que el hielo llenara todo el bote hasta hacer saltar algunas esquirlas de hielo que cayeron al suelo. Evelyn se acercó hasta él, con Theron saltando de la mesa y siguiéndole los talones.
“Al menos lo ha intentado. Solo ha de concentrarte en los dos y no solo en una de las partes…”. Evelyn describió un hechizo en el aire y el hielo se redujo. “Si no puedes hacerlo desaparecer siempre hay otras formas de controlarlo”. El alumno asintió mientras Theron se ponía a jugar con uno de los trozos de hielo del suelo, haciendo que resbalara escaleras abajo. Al poco el hielo se deshizo y el kneazle se quedó sin juguete, quedándose sentado delante de la mesa y mirando a su dueña que se paseaba entre los pupitres.
((Todos))
Evelyn miró su reloj de pulsera y comenzó a bajar las escaleras mientras se quitaba el guante de dragón. Ya era casi la hora.
“Bien, espero tener vuestras tareas en mi despacho antes de la próxima clase. Quién no lo haga ya sabe a lo que se arriesga…”. La campana sonó y la puerta se abrió, haciendo que todo el mundo comenzara a recoger y a irse, algunos se despedían pero la mayoría de ellos hablan ya de lo que iban a hacer después de la comida. Todo el mundo se olvidaba de la clase una vez acabada.- Casi todos-. Sonrió para sí misma con aquella broma privada y dejó el guante sobre la mesa. Con la clase vacía le tocaba a ella recoger. Los tarros desaparecieron haciendo PLOFF. Al menos aquella vez no había fallado.
La Reina Maeve le sonrió mientras entraba de nuevo en su despacho. Theron corrió hasta su mullida cama al lado de la chimenea y alzó la cabeza, mirándola buscando que la encendiera. Apuntó a la chimenea pero de nuevo no surgió nada. Dejó escapar un suspiro exasperado mientras se sentaba en la butaca al lado de ella. Pronunció el hechizo y las llamas surgieron.
El hombre la miraba desde el cuadro sin decir nada. En su frente apareció una arruga.
“Estoy bien…”. Respondió ella a su muda pregunta.
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Para cualquier duda, podeís mandarme un pm o consultar los siguientes enlaces:
Reglas de Puntuación de Encantamientos
Reglas Especiales de Encantamientos
Descripción del Aula de Encantamientos
Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate.
Thomas Carlyle
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Evelyn Swift
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- Registrado: Vie Abr 25, 2008 2:41 am
Autor: Jenócrates Aristarco el Mar Dic 30, 2008 5:48 pm
En aquella mañana Jenócrates se levantó con un mal humor que podría rajar la tierra, como consecuencia de haber tenido un sueño con el asesino de su padre en la noche anterior, siempre creyó que su padre no murió en un accidente como siempre decía su madre y los que investigaron el caso. Desde el día en que murió su progenitor juró que no descansaría hasta encontrar al culpable y poner fin su vida, lo que a pesar de sus esfuerzo y de los investigadores muggles y mágicos que contrató nunca hasta la fecha puedo encontrar indicios de quien pudo asesinar a su padre ya que el móvil era más que claro, a su parecer quien lo hiciera tenía el deseo de destruir el imperio Aristarco, lo cual nadie conseguiría mientras a él le quedara aliento en el cuerpo.
A penas levantado de la cama sin darse cuenta golpeo su pie, cubierto por una media blanca de algodón, como era su costumbre para combatir el frío de la estación por la mala circulación que poseía en sus extremidades, contra una bella silla de madera con grabados donde tenía apoyado su portafolio negro con todos los útiles pertinentes para la clase del día. Molesto cogió su maletín colocándolo sobre la cama para tomar su varita y con un ágil y certero movimiento lanzó una pequeña llamarada de fuego a la silla volviéndola cenizas en cuestión de segundos dando un profundo suspiro, aquello pareció surtir efecto y quitarle un poco su mal humor. Lo que realmente tranquilizó mucho más su estado fue el saber que estaba pronta la Navidad y podría marcharse de Hogwarts rumbo a su hogar para encontrar a su madre y sus amistades, pocas en verdad, pero a las que amaba incondicionalmente.
Se dirigió al armario que se encontraba cerca de las cenizas de lo que una vez fue aquella silla, mirando el resultado de su acto con satisfacción, extendió su diestra tomando la dorada perilla de la puerta y lo abrió, tomando una percha en la que se encontraba perfectamente acomodado su uniforme de Slytherin, lo tomó y sin apuro se lo fue colocando, primero se cambió las medias por otras similares de algodón, luego se colocó sobre su polera blanca de lana el pulóver gris típico del uniforme, después el un pantalón negro de gamuza, sus zapatos negros y la capa de su casa, guardando en su bolsillo interno derecho la placa de prefecto y en el izquierdo su varita, al hacerlo encontró un paquete que sacó y notó que era un chocolate blanco que había estado comiendo unos días atrás en el lago, se encontraba por la mitad y al no tener deseos de ir al gran salón a desayunar se sentó sobre su cama degustándola tranquilamente ya que tenía bastante tiempo antes de que comenzara su clase del día, quien lo viera comer podría creer que estaba degustando el más delicioso manjar el griego, en lugar de un chocolate, pero la realidad era que le fascinaba aquel dulce y en especial el blanco.
Habiendo terminado de comer tomó el pañuelo blanco con las insignias de su familia que tenía en el bolsillo de su pantalón y se limpió la boca y las manos intentando eliminar todo resto del dulce que le pudiera quedar. Armoniosamente se levantó cogiendo con su diestra su portafolio y salió de su dormitorio llegando a la sala común donde un alumno con el que compartía Astronomía le preguntó si sabía la tarea de la última clase porque no había asistido a lo que le respondió que mas si la tenía y en la tarde se la alcanzaría porque ahora debía asistir a una clase. Atravesó el lugar y salió a las mazmorras donde el frío era insoportable, lo que hizo que las atravesara con gran rapidez, casi parecía que estaba corriendo “ Al fin ” musitó contento cuando salió de allí, no entendía porque debía soportar esa tortura para ir a su sala común o para salir de ella. Por fortuna no debía caminar demasiado para llegar al aula donde tenía su clase ya que esta se encontraba en el primer piso, aún recordaba cuando tuvo su primer clase de Encantamientos que se confundió y terminó yendo al gran salón, desde ese momento siempre le quedó grabado en su mente que aquel lugar se encontraba muy cerca de la clase de Encantamientos.
Sin demasiado esfuerzo llegó a su clase del día, atravesó la puerta y se quedó observando el retrato de Circe, le parecía recordar haber leído un relato muggle donde ella tuvo prisionero a uno de los héroes de Troya, el inteligente Odiseo, durante unos cuantos años, le atraía demasiado la idea de haber podido ver a aquella criatura en la vida real más que en aquel retrato o en un libro. Habiendo examinado detenidamente el cuadro pasó junto al escritorio de la profesora a la cual saludo con una reverencia y se ubico en el segundo banco que encontró libre en la parte izquierda del salón, por lo visto era bastante temprano y él era el primero en llegar, por lo que decidió distraerse mirando los ventanales que tenía frente que permitían observar el lago, debía reconocer que la vista era bellísima, se había concentrado en ver aquel lugar que le pasaron desapercibidos los retratos de los cuatros fundadores de Hogwarts, al verlos poco le importaron los primeros tres, se centró solo en el gran Salazar Slytherin “ El más glorioso de los fundadores ” espetó con orgullo a lo que le pareció que el retrato le correspondió con una sonrisa orgullosa, sintiendo que aquello era una aprobación del mismo Slytherin en vida.
Continuaba en su asiento cuando algunos alumnos empezaron a llegar, la verdad le parecían que eran muy pocos para ser la clase de Encantamientos, pero suponía que por estar tan cercanas las vacaciones a casi nadie le importaba los estudios. Terminó de observar el lugar, encontrándose con una criatura que parecía estar durmiendo tranquilamente – Debe ser su mascota – pensó fascinado por ver a aquel animal en el lugar, era un kneazle no le quedaba duda, siempre le fascinó la lealtad que tenían para con sus amos y podrías hasta envidiar a su profesora por poseer esa criatura aunque el prefería tener un crup, quien también tenía una gran lealtad con sus amos pero se parecía a un perro y le gustaba más que un gato, además la idea de que comía de todo lo atraía demasiado. Lo sacaron de sus pensamientos las campanadas de la torre y el posterior ruido que hizo la puerta del aula al cerrarse, dirigió su mirada a la profesora que comenzó a hablar, era hora de que comenzara la primera clase de ella en lo que parecía ser el reemplazo del anterior profesor. Tomo su pluma que previamente había colocado en el banco junto con un pergamino y el tintero, escribiendo con letras elegantes y en un tono negro sobre el papel el nombre de la profesora, en la parte superior central, sin darle demasiada importancia al discurso de la puntualidad, él por lo general lo era y nunca alguno de sus profesores se había quejado al respecto.
Acto seguido algunos estudiantes le hicieron algunas preguntas a las que respondió tranquilamente, le pareció atípico eso a Jenócrates, se imaginaba a Owley dejando que sus estudiantes le hicieran preguntas de su vida y una leve sonrisa se dibujo en su rostro – Campeona de duelos – repitió en su mente interesado por el tema, le iba a preguntar a la mujer ¿cual era su encantamiento preferido para atacar y cual para defender? Pero esta no dejo que le hicieran más preguntas – Es una pena, pero tal vez en otra oportunidad pueda averiguarlo – pensó al instante que la docente tomaba el guante donde momentos atrás había estado su mascota y moviendo su varita hacía aparecer una llama azulada y brillante, tras lo cual hizo un comentario para volver a hacer uso de la magia y hacer que aquella llama se congelara – Interesante – fue lo único que pensó Jenócrates al respecto, de seguro si lo hubiese sabido antes a eso podría haberlo practicado con la silla que destruyó en su dormitorio.
Continuando con la clase la profesora colocó aquella llama azulada en el suelo y esta se expansión por el lugar, para decirle a los estudiantes que la tomaran con su guante, él Slytherin con galantería se colocó el suyo y cogiendo parte de aquellas flamas las colocó en el bote que tenía a un lado suyo. Notando que un compañero cercano intento tomar el fuego sin su guante y la profesora lo vio, lo que fue contraproducente ya que le terminó descontando tres puntos a su casa por su imprudencia – Idiota – pensó el pelirrojo sintiéndose feliz de no haber sido él.
Una vez que todos tuvieron el fuego y el hielo invocado en sus botes desapareció las líneas que había formado en el suelo y la profesora se ubicó en el frente del salón dando una explicación, a lo que Jenócrates con premura anotó en su pergamino con su diestra para releerlo en el futuro si era necesario. Estaba por dejar la pluma en el tintero cuando escuchó lo que decía la mujer, por lo cual continuó escribiendo en el pergamino la tarea que aparecía en el pizarrón – Nada que un tiempo en la biblioteca no resuelva – pensó creyendo que era bastante sencilla la tarea y sintiendo el ronroneo del kneazle junto con el de las plumas de los alumnos, parecía que estaban combatiendo por ver quien hacía más ruido en el lugar. Habiendo terminado de anotar todo meticulosamente se limitó a observar la llama y el hielo, tras lo que la profesora les ordenó que intentaran hacer desaparecer a los dos, en principio el Slytherin si limitó a observar como lo hacían los demás, la mayoría parecía tener demasiados problemas con el tema, él no se iba a quedar atrás y en un ágil y certero movimiento hizo que desapareciera la flama pero lo que no se esperaba era que el hielo comenzara a replicarse a su parecer y llenara el bote y cayera al suelo, tras lo que se acercó la docente y le dirigió unas palabras a las que escuchó atentamente asintiendo algo apenado y contemplando como el animal jugaba con unos de los trozos de hielo que se encontraba en el suelo hasta que este desapareció, sabiendo que debería practicar mucho más ambos hechizos para que le salieran perfectamente, era un buen mago y su dominio de la magia era más que aceptable por lo que un simple error en esos momento no lo detendría en su deseo de aprender y ser mejor cada día.
Pocos minutos después del pequeño incidente con el hielo sonó la campana que daba concluida la clase, Jenócrates se quitó el guante dejándolo a un costado del bote y lentamente guardó todos los útiles que uso en la clase, tras lo cual se levantó tomando su portafolio con su diestra y se dirigió a la salida entre el murmullo de sus compañeros, más al pasar junto a la profesora la saludo cortésmente “ Buenos días profesora ” atravesando la salida y dirigiéndose a su sala común más que satisfecho de haber concurrido a aquella clase y habiéndose olvidado totalmente del mal humor del que había sido presa en esa mañana.
No dejes que los vicios golpeen uno a uno a tu puerta, deja tu puerta abierta para que entren todos a la vez.
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Jenócrates Aristarco
- 5º Curso

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Autor: Yuko Sasamine el Mié Dic 31, 2008 3:41 am
El año pasado habían tenido a un profesor llamado Dagda –nombre por demás extraño y del que Ethian y Yuko habían sacado todos los motes posibles; sus favoritos siempre serían ‘magna’ y ‘dado’-. Ese año, en la primera clase, se habían encontrado al mismo director de pie en el centro del aula de Encantamientos, explicándoles que mientras Dagda estuviera ausente por un permiso de no sé qué, él impartiría la clase. Hasta Noviembre. En Noviembre acabaría, por supuesto, y Ethian y él podrían volver a hacer bromas, inventar motes y, en definitiva, desesperar al profesor con cosas de niños desde puntos estratégicos. Pero llegó Halloween, el asunto del unicornio en el que aún ahora prefería no pensar para evitarse pesadillas; pasó Noviembre, y Catherwood había seguido impartiendo las clases de Encantamientos. Y aquello había significado una reducción absoluta de los castigos leves que solía ponerles el profesor por molestarlo con sus juegos, pero también una preocupación e inquietud creciente en no sólo ellos dos.
Una cosa era un permiso. Eso Yuko lo comprendía, ¿no? Su padre no tomaba permisos; después de todo era el jefe, pero podía tomarse vacaciones cuando quisiera. Laine sí. Tenía un límite de días personales que podía tomar en cualquier momento si la situación lo requería. No sabía cuánto duraban los permisos de los profesores, pero ese estaba definitivamente acabado. Algo muy distinto, era que desapareciera sin dejar rastro; pudiera ser que Ethian no se preocupara tanto por eso, habiendo olvidado pronto cualquier pensamiento de ese tipo, pero él estaba seguro de que tenía que haber pasado algo grave. No era tan sencillo como preguntar ‘¿por qué no regresa el profesor Breen?’. Odiaba no saber nada, pero también entendía que era demasiado pequeño tal vez para comprenderlo aunque lo supiera.
De hecho, esa vez esperaba de nuevo encontrarse a Catherwood preparado para impartirles otra clase de Encantamientos, con la puerta cerrada hasta que fuera la hora exacta. Pero ni la puerta estaba cerrada ni fue a él a quien vio cuando asomó la cabeza por la puerta, sino a una mujer bajita y vestida al más puro estilo muggle, sin molestas túnicas como las que había visto usar a otros profesores, muy parecidas a esas mismas que les obligaban a llevar a ellos al menos para las clases. Y aquel tipo de ropa, considerando cómo vestían todos los profesores, se le hacía más que extraño. No sabía si entrar o no y, de hecho, ni siquiera dio un paso hasta que se dio cuenta de que la profesora le había visto. No era, tampoco, como si se hubiera equivocado de aula, por supuesto, así que ni siquiera tenía ni idea de lo que pensar. Entró y buscó con la mirada su asiento de siempre, pero lo primero en lo que se fijó acabó siendo aquel animal que dormitaba cómodamente sobre el escritorio del profesor. Un felino moteado que no parecía ser un simple gato, por aquel aspecto exótico que no había visto antes. -¿Será un kneazle?-, subió por el pasillo del centro hasta uno de los pupitres de las filas del medio, colocando su cartera en el sitio que iba a guardar para Ethian, con cuidado de no tirar el bote de cristal que descansaba sobre la mesa. Si a su amigo no se le habían pegado las sábanas, llegaría puntual o quizá tarde. Antes de eso, lo dudaba.
Se acomodó en su sitio, mientras iban llegando los demás. Era de los primeros Al parecer ya había algunos que habían escuchado rumores sobre una cara nueva en la plantilla –otra más, aparte de aquel joven que se suponía que impartía Astronomía y que, Yuko aseguraba, estaba ahí sólo para ver si lograba provocarle un infarto a Owley- y se había apurado sólo por su curiosidad. A él le daba igual. No sabía cómo sería esa profesora, pero casi prefería que Dagda volviera. No por nada, sino porque eso significaría que todo estaba bien y Ethian y él no tendrían que preocuparse de absolutamente nada, y mucho menos de temas ‘de adultos’. Una chica fue a sentarse a su lado, pero se fue para la fila de delante cuando vio que ahí había ‘aparcado’ su cartera, esperando a Ethian. Estaba por sacar su pluma y tintero y hacer algún dibujo sencillo sobre la mesa, pero había demasiados cuadros con ojos vigilantes. Y no es que le importara, pero siendo como eran en aquel colegio... tenía la teoría de que estaban hechos para dar el chivatazo. Seguro que les pagaban o algo pero, ¿para qué querrían los cuadros un sueldo? Si ni siquiera podían renovar vestuario... Levantó la cabeza sólo para ver como Ethian entraba a prisa en el aula, probablemente creyendo que llegaba tarde, aunque conociéndole... capaz que sólo corría por simple gusto. Alzó la mano, en un gesto para indicarle dónde estaba y que no pareció pasar desapercibido en absoluto, pero qué más daba. Mientras Ethian le viera... Le vio subir las escaleras a saltitos, mientras sonaban las últimas campanadas y se cerraba la puerta con un golpe suave.
Apartó la cartera de su mesa para que ocupara su sitio y la colocó en el respaldo de la silla, sin sacar nada aún. Aunque... Al ser su primera clase, suponía que la profesora les echaría el siempre típico discurso de presentación y bienvenida. En cuanto ese pensamiento le cruzó por la cabeza, sacó de su mochila tintero, pluma y un trocito de pergamino para no tener tentación de pintar la mesa. Y menos con los ojos de todos los cuadros vigilando a todos los alumnos. Estaba empezando a hacer un par de líneas con la mirada de Ethian pasando por encima de su hombro, cuando algo llamó su atención. Evelyn... Swift. -¿Swift?-, no es que estuviera muy metido en el tema de los Duelos mágicos... más que en la esgrima, por supuesto, pero tampoco es que fuera un experto en el tema. Y menos si se trataba de equipos de la liga de Gran Bretaña, pero... –Escocia-, localizó inmediatamente. ¿No había sido hacía dos años? Fue el primer equipo de Reino Unido en clasificarse para los torneos internacionales, antes incluso que el propio de Inglaterra. Y se había debido únicamente a una muy buena racha de manos de una de las integrantes más... Levantó la cabeza. Volvió a bajarla hacia su pergamino. ¿Habían metido en Hogwarts a una duelista profesional? Miembro del equipo de Escocia y, si no estaba mal informado... Alzó la mano, ante la sorpresa de Ethian y hasta de la propia profesora, que parecía no esperarse todavía ningún tipo de intervención de ese estilo aún. No pudo evitar una pequeña sonrisa disimulada ante la mención del profesor Owley, mirando de soslayo a Ethian, que parecía haber palidecido al instante. Sin embargo, se borró demasiado pronto. “Bueno, yo... Esto... “, no creía equivocarse, pero... “Profesora Swift...”, ¿no sonaba aquello demasiado formal? A Dagda siempre lo habían tratado por su nombre o por el simple ‘profe’. “Usted... ha sido campeona de duelos, ¿no?”, iba a añadir algo más, pero creía que aquello era bastante.
Pudo ver dibujada la sorpresa durante unos segundos en el rostro de la profesora, antes de que contestara. Se dio satisfecho con esa respuesta. Lo que no sabía era que habían sido tres años, como había preguntado una compañera de las filas delanteras. Y no podía concentrarse en su dibujo, todo aquello de las preguntas había despertado parte de su interés pero lo peor era que no iba a durar más. Oh, perfecto. Y empezarían con la clase, con el buen método de pérdida de tiempo que solía resultar lo de enredar a los profesores con preguntas y comentarios. Levantó la cabeza para ver bien al pseudo-gato sobre la mesa, que acababa de abrir los ojos y levantarse lentamente, desperezándose. Era precioso. ¿Podría él tener un kneazle también alguna vez? Le gustaría saber el tipo de permisos que se necesitaban. Ni siquiera prestó demasiada atención a lo que la profesora hacía, siguiendo con la mirada los movimientos perezosos y lentos de la criatura. Sin embargo, su voz le hizo mirarla de nuevo, torciendo levemente el gesto. Tenía nula capacidad de concentración y menos con un animal al que aún no había tocado cerca. Tal vez podría hacerlo algún día sin riesgo a que le atacara. Observó el leve movimiento de la pequeña llama azulada sobre la mano enguantada, sin demasiado interés.
Fuego invocado. Frío invocado. Invierno y verano. Podía sacarle usos muchos más prácticos que tenerlo bailando en la mano, sobre todo al fuego en la clase de Owley. Sólo pensar en ello hizo que le recorriera un escalofrío por recordar el frío de ese aula. Ne, ne... gracias a Dios los demás profesores no disfrutaban provocándoles hipotermias. Vio congelarse una parte de la llama mientras la otra permanecía intacta pero sin derretir el hielo. Quizá no calentaba o la profesora lo controlaba de alguna forma. Más probable lo segundo, que se lo confirmó en seguida con la expliación que estaba dando. No había anotado nada en el pergamino, donde sólo se dibujaban un par de garabatos sin sentido. No era bueno para tomar apuntes, muy apenas lo hacía en Historia de la Magia o en clases de Owley por miedo a las represalias. No es que le gustara ir a la biblioteca, pero a veces era necesario... más si mandaban tareas complicadas... Siguió con la mirada a la mujer, observando cómo se agachaba y depositaba el fuego sobre el suelo, que ni siquiera había dejado una marca sobre la piedra. Con un siseo grave, como el de la pólvora al prenderse, se extendió rápidamente por el resto del aula, subiendo por el pasillo central, rodeándoles y bajando por los laterales. Se asomó un poco para observar el más cercano a él, volviendo a su posición casi de inmediato. Los guantes... guantes... ¿Había metido los guantes esa mañana en la cartera? La cogió de inmediato, rebuscando en el interior hasta sacarlos. Sí, estaban ahí. Se los puso. Le venían algo grandes pero le daba igual, ya darían de sí. Era lo que tenía que fueran completamente nuevos.
Giró el rostro sólo para ver cómo la profesora se acercaba a un compañero para reprocharle un descuido. Alzó una ceja. No entendía de qué estaba hablando porque ni siquiera se había dado cuenta de lo que había sucedido. Escribió en el pergamino ‘¿qué ha pasado?’ y lo deslizó disimuladamente hacia Ethian, sentado a su lado. Abrió el frasco después, se inclinó y tomó el fuego entre las manos enguantadas, para meterlo en el recipiente de cristal y cerrarlo de nuevo. Observó el moviento sutil dentro de él, cuando de nuevo Ethian deslizó la nota hacia él. Leyó la respuesta, escribiendo un simple ‘ok’ junto a una de las caritas sonrientes que había dibujado su amigo, siempre demasiado efusivo hasta por escrito. De nuevo, la profesora se había situado delante de su mesa y, ahora que había hecho desaparecer el fuego y el hielo restantes, retomaba su explicación. ¿Por qué mencionaba ahora ‘elementos invisibles en el aire’? -¿Química?-, le sonaba a eso, francamente, aunque sin duda sería una explicación mucho más difícil que decir ‘mueves la varita y aparece x cosa de la nada’. Ahora hablaba de algo que le parecía primeros auxilios. -¿Que han sufrido de congelación...?-, es decir, todo alumno que pasara por la clase de Owley, resumiento. Seguro que si hubiera puesto ese ejemplo, todos le habrían encontrado esa utilidad. Fuego invocado, estufa post-clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Más simple imposible.
Observó como la tiza se elevaba en el aire para escribir ella sola sobre la pizarra. En cuanto leyó lo que estaba apareciendo en letra blanca y clara, se desanimó. Su primer día de profesora e, inevitablemente, tarea. Podría haber tenido compasión, pero empezaba a pensar que todos los profesores estaban aliados con el fin de torturar a sus pobres alumnos y condenarlos a pasarse tardes enteras haciendo deberes. Porque no era solo una asignatura, sino varias... Y aún estaba en segundo. El año que viene, tendría que coger tres asignaturas más. Sólo pensarlo lo desanimaba. Nueve asignaturas, tareas, clases, exámenes. Ni siquiera podía decir que la vida de los muggles era más sencilla, porque debían estar con los estudios igual que ellos. Y encima más tiempo, si se contaban estudios superiores, másters y esas cosas. Suspiró, dobló su pergamino, poniendo hacia el interior la cara garabateada y con las notas de Ethian y él, y apuntó la tarea. No era demasiado. Suponía que porque eran pequeños o era su primera clase, había querido ponerlo fácil... Pero aún así, de un buen rato no se libraba... Frío, calor, definición y manejo.
Miró con atención a la criatura que aún descansaba sobre la mesa. Volvió a abrir el pergamino doblado e hizo unos garabatos sin sentido sobre él. De todas maneras, qué importaba. Acabab siendo una hoja a sucio de todas maneras, lo único de valor que había ahí era la tarea y en cuanto la pasara a la agenda muggle que guardaba en su habitación podría deshacerse de él. Suspiró. No debía de quedar mucho tiempo de clase, porque la misma profesora acababa de mirar el reloj y se estaba quitando el guante. 3... Recordatorio sobre las tareas, típico. 2... Golpeteó con los dedos sobre la superficie de la mesa mientras ella hablaba. Pérdida de puntos, como siempre. 1... Suspiró, cerró bien el tintero y lo metió en la cartera, tirando dentro la hoja ya arrugada del pergamino, sin ningún cuidado. 0.
La campana sonó al fin y la puerta se abrió, dejando entrar una pequeña corriente por lo repentino de la acción. Él ya había recogido y se levantó, esperando junto a su mesa a que Ethian lo hiciera también. Tenían prácticamente todas las clases juntos, así que tampoco era como si tuvieran que separarse obligatoriamente. “¿Ya?”, preguntó, cuando vio que no quedaba nada sobre la mesa que había ocupado. Se colgó la cartera al hombro y le tomó de la mano, empezando a bajar las escaleras. “No corras...”, musitó. No tenía ganas de andar persiguiendo a su amigo por los pasillos o de ser arrastrado... de momento. Se despidió de la profesora con un ademán y una simple sonrisa, antes de salir por la puerta aún tirando de la mano de su amigo.
Para toda clase de males hay dos remedios; el tiempo y el silencio.
Alexandre Dumas.
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Yuko Sasamine
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Autor: Casey Swales el Vie Ene 02, 2009 12:23 pm
Era sólo un rumor en el que no creía mucho, sin embargo, cuando vio en su reloj de pulsera que la hora para la clase de encantamientos se aproximaba, se decidió a ir, tratando de llegar lo más puntual que pudiese. Tomando en su mochila algunos bolis de varios colores y metiendo tanto pergamino como una libreta, se dirigió al aula. Sería una profesora, ya no más el director, quien les diese esa clase. Eso decían los rumores. Una profesora que en el pasado había sido campeona de duelos y cosas así. Más rumores. Y por varios años consecutivos, ¿dos o tres? Tres, si bien recordaba. Rumores y más rumores de los que se había empapado, de los que había escuchado hablar por los pasillos y entre alumnos de distintos grados. Pero, por qué Dagda no había regresado... de eso no había siquiera algún pequeño rumor disperso. Se mordió levemente el labio inferior, mientras doblaba en uno de los pasillos. No era posible que la gente desapareciese así como así y dudaba que el profesor hubiese renunciado o lo hubiesen despedido. Tenía entendido que había sido un permiso, pero ahora incluso dudaba de la información que el director les había dado.
Suspiró suavemente, deteniéndose frente al aula de encantamientos y tras llevarse una mano a acomodarse el cabello un poco, por si el rumor era real, se decidió a dejar de pensar en tales cosas. No eran asuntos que le concernían a él, si Catherwood no les había dicho, sería por su seguridad y... No, ¿a quién engañaba? todo el asunto le pintaba mal y su naturaleza le estaba reclamando pedir una respuesta, buscarla hasta por debajo de las piedras, cayera quien cayera y se metiera en los problemas que se metiera. -Pero más adelante, Casey, después de vacaciones.- Se dijo, dando el primer paso dentro del aula, sonrisa en los labios, paso seguro, derrochando lo que él pensaba era la actitud que debía tener, una que debía decir 'soy dueño de la situación'. Observó por breves momentos el cuadro de Circe, manteniendo la sonrisa, calmándola para que no se transformase en esa pequeña risa que afloraría en caso contrario al hacer la rápida conexión entre Circe, mitología, griegos, Apolo y su padre. Porque, en serio, ¿qué clase de nombre era Phoebus? Su pobre padre cargaría con el nombre eternamente, porque, aunque amenazara muchas veces con cambiarlo, bastaban dos o tres palabras de Osric para hacerlo cambiar de opinión. -Ya ni mamá tiene tanto poder sobre él.- Pensó, divertido, mientras avanzaba al interior, sin embargo, sus pensamientos pronto fueron interrumpidos al ver a que los rumores eran ciertos.
Fue una rara primera impresión. Esperaba encontrarse otra cosa. No sabía el qué, pero sabía que otra cosa. Vestía ropa muggle y desprovista de la túnica, no parecía realmente una profesora, aunque había algo en su aspecto general que hablaba, no de una mujer estricta al grado de Owley, que más que ser estricto era un psicópata sádico, sino... simplemente, no blanda. Sin ser muy dura, pero no era blanda, ¿cómo explicar ese tipo de cosas? Casey trató de hacerlo y poner un poco en palabras aquello, pero supo de inmediato que no podría, aunque siguiera intentándolo. Buscó con rapidez un sitio dónde sentarse. Ya estaba ahí Yuko. Ligeramente sorprendido por no a Eitan, el muchachito de gryffindor tan amigo del otro ahí ya, lo buscó con la mirada, encontrándose con una presencia que no entendía cómo le había pasado desapercibida. - Oh, por Merlín, mío.- Sentenció, al ver al animal ahí, sobre el escritorio. La mirada dorada del animal le cautivó por unos cuantos segundos. No que le gustaran mucho los felinos, por supuesto que no, él estaba fastidiado de tantos gatos y además su hermana menor tenía ya muchos y todo eso, pero debía admitir que aquel frente a sus ojos tenía algo especial. - Por eso debe ser mío.- Finalmente, olvidándose de la idea de buscar a Ethian, tomó asiento en uno de los sitios al frente.
Aún no comenzaba la clase. Comenzó a mover una de sus piernas, inquieto, con su vista buscando cómo entretenerse mientras. Observó a través de los ventanales el lago que relucía hermoso en aquel día de diciembre e imaginándose la temperatura del agua, un leve escalofrío le recorrió. Tan helada como el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, seguramente. Pronto miró los retratos de los fundadores. Interesantes, sí, pero la mirada demasiado pesada de ellos sobre él le hizo dejar esa contemplación rápidamente, mirando al frente. Desafió mentalmente aquel cuadro, la Reina Maeve, y creyó sostenerle la mirada triunfalmente un tiempo, antes de decidir que ya estaba bueno de eso y sacó de su mochila los útiles. Libreta, por si harían apuntes, un trozo de pergamino donde anotaba tareas y en la cual vio la que Owley les había dejado, omitiendo a fuerzas un suspiro inconforme y, cómo no, los bolígrafos de colores, rojo, azul, un brillante amarillo, uno plateado y el siempre útil negro. Se llevó el tapón de ese último a los labios, manteniéndolo ahí sujeto con los dientes, mordiendo un poco, sustituyendo el movimiento de su pierna con aquella nueva forma de distraerse.
Oh, y antes de que lo olvidara... Abrió su libreta, anotando en la última página un recordatorio para sí mismo que rezaba 'información. Dagda Breen. ¿Dónde?', ya con eso sería suficiente para recordar abrir una investigación al respecto. Justo había terminado de anotar eso cuando el sonido de la campana anunció el inicio de clases. Sus ojos grises se clavaron en la figura de la profesora y se sonrió con curiosidad, con el sabor de la premeditación y del saber que pronto descubriría quién era esa mujer. La propia mirada de ella y la media sonrisa en sus labios le dio más bríos y acrecentó su sensación, haciéndole imaginar que en el duelo interior que se gestaba, resultaba ganador. - No se haga ilusiones.- Pensó, retador, ante las palabras de la profesora, y sin embargo, supo que aquel tono no era merecido. Críticamente, siguió escuchando, juzgándola a cada palabra y con cada gesto. Era sencillo, le agradaba. Había algo ahí que le agradaba, quizá en la medida se manejaba a sí misma, la manera de hablarles o quién sabe qué, pero a Casey llegó a agradarle. Su sonrisa se amplió más por ello y mordiendo un poco más el tapón del bolígrafo, terminó por sacarlo de su boca, tapando con él el boli, tomando el que era color rojo y anotando, en la página de la libreta destinada a la clase, el nombre de la profesora, Evelyn Switf, remarcándolo con el negro a modo de sombras para el rojo.
Terminaba de hacer eso cuando sintió el movimiento de la profesora o quizá lo escuchó, pero fuese lo que fuese, dio como resultado que apartarse la vista de sus apuntes para enfocarlos en ella, en su gesto torcido y en la actitud divertida que parecía mostrar en su cuerpo. Aunque Casey sabía poco de 'sentir' a otras personas, tenía conocimiento, empírico más que nada, de ciertas acciones estándar que denotaban algo. Así como una sonrisa solía mostrar alegría y un sollozo tristeza, así Casey sabía leer lo que ella parecía sentir. Nada seguro, por supuesto. Siguió la mirada de ella, observando hacia atrás, ¿era la mano de Yuko esa que estaba alzada? Se llevó la parte posterior del bolígrafo a los labios, girando él mismo un poco el cuerpo para observar a Yuko. Hubiera reído, pero el bolígrafo no se lo permitió, por el comentario de la profesora. Oh, sí, Owley. Qué bueno que no era una versión femenina de Owley, lo agradecía a Merlín, a Morgana y a todos los dioses de todas las religiones. - Menos miedo, Yu.- Animó a su manera a su compañero de habitación, pero se olvidó pronto de él al escuchar la pregunta en sí, clavando la vista en Swift. ¡¿Entonces era cierto?! Rumor confirmado. Alguien más habló, una chica cerca de él y ni siquiera se giró a ver quien era, interesado por la respuesta que resultó en una afirmación. Segundo rumor confirmado. -Campeona de duelos tres años...- Eso era de admirarse. Él, que no sabía mucho de esas cosas, sabía que era algo difícil, que era algo... algo que daba mucha fama y que significaba que la mujer frente a ellos era algo fuera de lo normal.
Pero la parte de las preguntas acabó y aunque la profesora no lo dijo de una manera cortante, Casey presintió que era una orden que no daba lugar a réplica alguna. Dejó su bolígrafo, el que llevaba en su boca, en la mesita y miró a Swift bajar de la mesa, siguiendo sus movimientos. La primer clase era importante, esa primera impresión que ella le estaba dando era fundamental, por si acaso la profesora terminaba dándoles clases más que lo que quedaba del año escolar. Pero aunque trató de mantener la vista fija en ella, sin poder evitarlo terminó fijándose en el felino, en sus movimientos, en la manera en que se estiraba. Se lamía ahora la pata, se frotaba el rostro con ella. -Es mas bonito que cualquiera de los gatos de London.- Realmente lo era, más que los muchos gatos que tenía su hermana en casa. También se veía mejor cuidado, siendo francos. Centrado en él estaba hasta que escuchó la voz de la profesora, viéndola entonces, con el guante puesto y con el fuego brillando en su mano. Algo digno de Pyros. Maldito Virus Legado, maldito Marvel y maldita su suerte que siempre que se encariñaba con algún personaje, se lo mataban. -Concentración, Casey...- Fijó la vista en el fuego, como si eso le bastara para alejar pensamientos raros de su mente y con ello pudiese concentrarse al fin en la clase.
¿Frío invocado? Observó detenidamente la llama, el momento en que se congelaba y la extraña unión entre el fuego y el hielo, antinatural, mágico realmente. - Para esto es para lo que he venido aquí.- Pensó, con seguridad, animado. Lo que ella había hecho, él podría hacerlo también. Se propuso hacerlo. No le importaba eso del uso para salvar vidas y todo eso. No importaba. La simple satisfacción de tener el conocimiento y la capacidad de usar algo como eso daba sentido a todo el entrenamiento que tuviese que pasar para ello. Aprender a controlar el fuego y el hielo. Observó, casi embelesado, el viaje que el fuego y el hielo recorrían por el aula, siguiendo un camino limpio, un espectáculo que a él le pareció maravilloso. Asintió inconscientemente, alegre de que fuesen a ponerse en acción y seguro de que aquella no sería una clase como las de Owley, donde su bienestar físico y mental peligraban. Además, fuego y hielo, no quería imaginarse lo peligroso que era que ambos elementos fuesen manejados por Owley en alguna de sus clases. Observó frente a sí la unión de los elementos y poniéndose los guantes, ni siquiera prestó mucha atención al regaño de la profesora, sólo esperando que no fuese a alguno de su casa, porque la competencia entre éstas, especialmente Hufflepuff y Slytherin, estaba reñida y cada punto era algo valioso. Pero aunque escuchase el regaño como lejano, le pareció algo familiar, como si conociera ya esa manera de regañar. Trató de no pensar más en tonterías, tomando el fuego y hielo con los guantes, metiéndolos al bote. Fuego y hielo embotellado. Sonaba a buen negocio.
Lo que quedaba del hechizo desapareció una vez la profesora se percatase de que todos tenían ya en sus botes los elementos. ¿Debería escribir aquellas cosas que la profesora estaba diciendo? Jugueteó con uno de los bolígrafos, sin quitarse los guantes aún y mordiéndolo un poco, lo destapó, escribiendo unas cuantas palabras en su libreta, apuntes que trataban de ser ordenados. Pronto destapó también el bolígrafo rojo y el azul. Imposible escribir con su solo color, sencillamente. Miró la tiza flotante que empezaba a escribir en el pizarrón. Esa era tarea. Desdoblando el pergamino donde apuntaba las tareas, se dedicó a escribir aquella. Parecía fácil, sólo cuestión de ir a la biblioteca un rato o algo parecido, posiblemente en su libro de encantamientos de ese año ya viniese algo al respecto. Anotó esa idea en el pergamino y finalmente lo guardó, nada satisfecho de la letra que había garabateado y de la cual culpó a tener todavía puestos los guantes. A ver si se le olvidaba quitárselos y al tratar de tallarse la cara se cortaba con alguna escama suelta o algo por el estilo. Prefirió prevenir que lamentar y se quitó los guantes, resintiendo por un momento el cambio de temperatura, porque en definitiva, dentro de los guantes estaba mucho más cálido y agradable.
Quizá estaba siendo paranoico, pero sentía bastante pesada las miradas de los cuadros del lugar, ¿para qué tantos cuadros? con uno ya era más que suficiente, pero saberse observado por tantísima cantidad de ojos ajenos, de adultos y encima, gente muerta... desagradable, sencillamente. Esperó unos momentos más, mientras sentía el tiempo deslizarse como arena y veía en su bote el hielo y el fuego que aún ardía rozándolo de vez en cuando. Tal vez no era algo tan antinatural, eso, porque, él sabía por experiencia, cuando el frío era muy fuerte, dolía de la misma manera que una quemadura. Además, Pyros e Iceman... -¡¿Qué estás pensando, Casey?!- Negó con la cabeza, alarmado. Mal, muy mal, tremendamente mal. -¡No es mi culpa!- Gritó interiormente, mordiéndose el pulgar, mirando fijamente el papel de su libreta, de pronto avergonzado, como si alguien hubiese podido ver en sus pensamientos. Mas se tranquilizó pronto, observando a el felino que emitió unos leves ronroneos que fueron más audibles conforme el rasgueo de las plumas fue desapareciendo, indicativo de que todos acababan de copiar lo escrito.
Luego, silencio, sonido de pasos y el darse cuenta de la hora. Cuando Evelyn miró su reloj de pulsera, él hizo lo mismo. El tiempo se había ido, como la arena arrastrada por la ola. Una lástima, podría haber gastado un poco más de su tiempo en la contemplación de aquel fuego invocado y más aún, deseaba desentrañar los misterios que rodeaban ese tipo de magia, poderosa y útil. Después, las palabras de siempre. La profesora, al parecer, no abandonaba aquellas costumbres propias de maestros, como los recordatorios de las tareas. En cuanto sonó la campana, se apresuró a guardar las cosas, sin importarle que los bolígrafos entrasen destapados a la bolsa correspondiente y se estiró un poco antes de levantarse. Musitó algo parecido a 'hasta luego' a la profesora y desvió la vista hacia el resto del salón. Ethian aún guardaba sus cosas y Yuko parecía esperarle. Por un momento pensó en quedarse también, pero de inmediato lo descartó, tomando la mochila y saliendo de allí. Tenía cosas que hacer y no tenía tiempo para alguien más. Casey Swales no esperaba, por nadie, por nada.
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Casey Swales
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Autor: Ethian Byron el Vie Ene 02, 2009 11:31 pm
“No te preocupes” Había dicho, con esa sonrisa tan bifurcada entre el carisma y el enigma, entre la mentira y la verdad. Fue solo un susurro, pronunciado con el tono más suave de voz que el chico de cabellos castaños poseía, todo armado y actuado para tranquilizar las ansias de preocupación del pequeño rubio, que como era usual, no sabía bien qué pensar si no escuchaba primero la opinión de otro.
Había ocurrido exactamente hacía dos días… todos los profesores, desde el mes de Octubre parecían estar alterados, y no solo por el asunto del unicornio, del cual él apenas se enteró por su ausencia en la fiesta, víctima de un ‘injusto’, según él, castigo. Todos ellos, incluso Owley, y el pequeño no lo entendía. Lo habían hablado entre Yuko y él, pero el Hufflepuff no parecía entender muchos más que él, razón por la cual, terminó acudiendo a alguien más, que en la mente idealizada del Gryffindor, seguramente sabría algo.
“Pero… ¿acaso no han pasado cosas raras, hermano?” el joven rubio mantuvo su mirada hacia arriba, donde su hermano mayor solo sonreía en parsimonia, tomaba un panecillo recubierto de crema de arándanos de una bandejita que estaba a su lado y se lo metía en la boca al menor, quien batió sus brazos rápidamente para tomarlo él y no ahogarse.
“Claro, sí que han pasado cosas extrañas...... pero tu no tienes que preocuparte” Una de las pálidas manos ajenas se deslizó sobre los cabellos del niño, revolviéndolos alegremente, siempre con aquella máscara de alegría encima. Por supuesto que habían pasado cosas raras… empezando por el unicornio, siguiendo por la ya vasta cantidad de semanas en las que las noticias del profesor Dagna ya eran inexistentes, exceptuando por aquellas palabras del director sobre el permiso que éste se había tomado… pero, eso solo podrían creérselo los menores. “No pasara nada” Volvió a pronunciar, acomodándose en las duras bancas de madera del Campo de Quidditch, lugar al que Ethian le pidió que fuese, considerando que el Gryffindor pasaba bastante tiempo libre allí si es que no estaba con Yuko.
“De acuerdo…” Se dispuso a responder finalmente, pestañeando con sus expresivos ojos, que a simple vista se veían aún inconformes, preocupados y desconfiados. Desconfiados de las palabras y la sonrisa de aquel Slytherin, que como siempre, escondía todo tras un manto de carisma natural, él podía sentir cuándo mentía y cuándo no… pero nunca jamás podía sacarle la verdad si lo hacía, y tampoco era él alguien sagaz como para obtenerla por razonamiento, por eso, simplemente le quedaba… confiar en él…
…Y ahora estaba bajo las sabanas, cubriéndose hasta por sobre la nariz y la mitad de los ojos, aferrando y sosteniendo con sus manos las mantas hacia él, pero manteniendo ambos ojos bien abiertos, apenas recordando esa escena. Así era él, simplemente. Sí, no era tan bobo (como muchos podrían pensar al conocerlo), aunque no tenía ni la más mínima idea, ni siquiera una orientación hacia qué estaba ocurriendo, pero conocía a su hermano, y conocía sus ojos, y si aquellos acuosos ojos titubeaban, era porque estaban preocupados, o quizás a la defensiva, porque de seguro algo estaba ocurriendo. – Pero, preocuparse no va a lograr que el problema acabe.- se decía, esbozando su característica y alegre sonrisa, aquella que se asomaba cada mañana, emocionado por el simple hecho de comenzar un nuevo día.
Además, pasase lo que pasase, ¡ese era un día especial! La primera clase del día era Encantamientos, es decir, una de las tres favoritas del Gryffindor, sin mencionar la que se encontraba en la punta de pirámide, seguida de Transformaciones y Defensa Contra las Artes Oscuras (aunque Owley le diese miedo, la asignatura le agradaba). Encantamientos solo podría ser superada si algún día, Dios le escuchase, y en Hogwarts decidiesen hacer una asignatura –obligatoria o no- únicamente dedicada al vuelo.
Miró el reloj. Bien, al menos no era tarde, podría llegar si no se retenía con alguna tontería. De hecho, estaba despierto hacía al menos una hora, pero prefirió quedarse mirando al techo, adormilado, antes que levantarse temprano. Llegó a tiempo a darse un baño rápido y vestirse, tirando del bolso siempre-preparado, llamado así porque a principios de semana le metía varios pergaminos, el tintero, la pluma, y todos sus libros (porque aún no se aprendía cuando debía llevar uno y cuando no… y así, nunca se olvidaría nada, aunque viviese cargando con todo). Fue hacia la jaula de su querido Helios y le hizo cariñitos en la cabecita, mientras el animal ululaba suavemente, y su dueño abría la jaula para que fuese tranquilo hasta la Lechucería, en caso de haber algo para él.
Se colocó el bolso al hombro y comenzó su trotada matutina, saliendo primero del dormitorio de chicos y atravesando la Sala Común para salir de ésta, luego de saludar a la Dama Gorda. A las corridas ya, mas no por temor a llegar tarde, se dirigió hacia el primer piso, hogar del muy enorme salón donde se impartían Encantamientos, y donde en tan solo unos meses ya habían pasado tres profesores, contando al director y al profesor nuevo.
Ni bien entró, y se podría decir que incluso antes dé, buscó a su amigo Puffie con la mirada, deteniendo sus hiperactivas piernas al entrar en el salón y observar el escritorio del profesor ocupado por una mujer, a la cual el pequeño se quedó mirando entre confuso y sorprendido, para luego sonreírle amablemente y fijar su mirada en el movimiento de brazos que Yuko hacía en una de las filas del medio, ensanchando su sonrisa al localizarlo y trotando por las escaleras, hasta subir a su lado, escuchando también el suave sonido de la puerta segundos después de que él llegase, junto al sonido de las campanas. Se sentó con su ojiazul amigo, sonriéndole y rascándose la nuca, en plena señal de decirle ‘por poco’, aunque sin sentirse ni un ápice de culpable por ello.
Al acomodarse, sacó algunos pergaminos y la pluma, sin mirar al frente hasta ver a la joven mujer levantarse y comenzar a hablar. Ethian solo pestañeó, recordándole en cierto modo a su padre aquella mezcla de dulzura y exigencia, por lo que no le descolocó mucho, más bien le dio algo de gracia, pues a diferencia de lo que la mayoría de los profesores nuevos solían hacer – discurso típico y duradero de quiénes eran- ella se había presentado sin vueltas, sin nada más que su nombre y una pequeña y típica advertencia sobre las llegadas tarde, aunque al pequeño no le preocupó. Durante unos segundos, pronunció un nombre que hizo al Byron empalidecerse temeroso, sintiendo la vista de Yuko mientras algunos reían, ciertamente… si uno había tenido la ‘grata’ experiencia de tener un profesor como Owley, ya ninguno podía darles más miedo que él, pero antes siquiera de que pudiese acomodarse completamente, sintió a su lado como un brazo se levantaba, y miró a Yuko sorpresivo, bastante extrañado de que de por sí preguntase en la primera clase, y más aún de que lo hiciera tan rápido, acción que tomó por sorpresa a la profesora también.
- ¡¿Campeona de Duelos?! – se repitió, mientras la mujer sonreía un poco ante la siguiente pregunta de una de las chicas. Sus ojos se iluminaron en menos de un segundo, mirando primero a su amigo y luego a la nueva profesora, con notoria admiración y sorpresa. - ¡Waaa!... ¿una campeona de duelos será nuestra profesora? ¡Eso es genial! ¡Debe saber muchas, muchas, muchas cosas! ¡Además es de Encantamientos, genial, genial! – al sentirse reprimido por no poder comenzar mínimamente a mover sus brazos, dar saltitos o por más no sea gritarlo a los cuatro vientos, movió ambos brazos, sin levantarlos, moviéndose de un lado a otro en su asiento, completa y totalmente emocionado hasta recibir una mirada de Yuko que le indicó que se calmase, asintiendo ante aquello y dejando de moverse, pero en cambio moviendo sus manos como si estuviese tocando un tambor, durante unos segundos, hasta escuchar como la profesora indicaba con un movimiento de mano a una de las chicas que ya no preguntasen.
Recién en ese momento puso atención en el bonito gato mascota de la profesora, que acababa de levantarse de su lugar y moverse hacia la punta del escritorio donde estaba, siendo que debajo de él se hallaba un gran guante de cuero negro que Swift ocupó. – Es un gato algo extraño…- pensó para sí, observando que era demasiado extravagante como para ser un gato (aunque conocía unos cuantos gatos extraños), pero no lo suficiente como para dejar de serlo. Creía haber visto un gato similar en uno de los libros de Raymond… ¿como se llamaba? ¿Snizol? ¿Kleazol? Bueno… era algo así, seguro, no importaba, por lo que la idea se esfumó en un santiamén de su mente, para luego fijar su intranquila atención a la llama que acababa de surgir en la mano sobre el guante de la profesora, congelándose luego la mitad de ésta y siendo reemplazada por una hermosa estructura de hielo azulado y brillante.
Pronto ambos elementos, tanto el fuego como el hielo invocados se desprendieron por toda el aula, casi formando hileras, ante los balbuceos de exclamación y sorpresa del Gryffindor, quien miraba todo con un brillo en la mirada que solo se le veía en esa clase de ocasiones. ¿Podría alguna vez él llegar a hacer algo así? Como nunca había pensado a qué dedicarse, solo se dedicaba a lo que le gustaba, el Quidditch y las tres asignaturas con varita, pero Encantamientos solía nunca terminar de sorprenderlo, si tuviese que describirla, para él era sencillo: Encantamientos era la asignatura en donde se veía todo lo bueno y maravilloso de la magia.
Después de todo… aunque el fuego fue colocado en el suelo, nunca quemó nada, y aunque el hielo fue colocado a su lado, nunca se derritió ni congeló nada… ¿Quién más que la magia lograría algo así?
Intentaba rápidamente escribir los apuntes sobre el fuego y el hielo invocado a la vez que la profesora hablaba, aunque la mayor parte de las cosas que había dicho eran sobre cómo podían utilizarse para salvar vidas y demás. Se imaginó algo gracioso, mirando a Yuko y dándose cuenta de que ambos lo habían pensado. ¡Cuán maravilloso sería poder aprender el fuego invocado para no morir de hipotermia en la clase de Owley…! Bueno, siempre y cuando éste no les extinguiese el fuego solo por el placer de verlos congelarse, que ciertamente era muy probable. Escuchó la consigna y tomó los guantes protectores, que considerando el tamaño de sus manos le quedaban bastante grandes, pero no era lo importante de la ocasión si le quedaban o no bien.
Justo después de colocarse los guantes, observó como el ‘Snizol’ de la profesora parecía alertarse, y justo entonces Swift fue hacia un alumno sin guantes, regañándolo de una forma bastante estricta acerca de lo que acababa de hacer, comprendiéndolo el menor al ver que sus manos estaban desnudas y sintiendo algo de pena por el regaño pero considerando que ella había evitado que se lastimase, eso era bueno… sí, ella no era sádica como Owley, que parecía quererlos mandar al cementerio antes de llegar a la Navidad.
Con un cuidado que era por demás extraño de ver en él, tomó un poco del fuego y otro poco del hielo, casi con miedo a romperlos o deshacerlos, y al mantenerlos en sus manos aparentemente estables, los colocó dentro de uno de los frascos de vidrio que ya estaban preparados para ellos, cerrándolo luego.
Recién allí notó a su costado como un pequeño pedazo de pergamino le era acercado por Yuko, tomándolo aún con los guantes y sonriendo al leerlo.
‘Es que no se puso los guantes para agarrar al fueguito y al hielito, y lo regañaron =D’ escribió, regresándoselo y recibiendo un ‘Ok’ de respuesta, escrito justo a un lado de las caritas que él había colocado en la primera respuesta.
Regresando la atención a la clase, escuchó como hablaba de las cosas invisibles del aire, pensando el pequeño en el famoso oxígeno y dióxido de carbono – hidrógeno también, ¿no? – se preguntó, mirando hacia el techo con una actitud perdida, pues no entendía muy bien qué tenían que ver el aire y las cosas raras invisibles con el fuego invocado, muchos menos con el hielo. Aunque sí entendía que uno no podía hacer aparecer cosas simplemente de la nada, no al menos en la gran mayoría de ellas. Desvío sus ámbar ojos hacia el Hufflepuff a su lado, como para ver si al menos él sí sabia a qué se refería, comprendiendo por aquella expresión que andaba igual de perdido que él y riendo por lo bajo, divertido, hasta que vio a la tiza moverse sobre la pizarra, yendo en disminución por unos momentos su sonrisa, al notar que era tarea.
- ¡No!, ¡no! Tienes que ser positivo, ¡positivo! Es de Encantamientos, ¡será divertido hacerla! ¡Y si tengo suerte aprenderé a hacer fuego para no morirme de frío con la momia! – se pronunció en segundos, golpeando suavemente sus mejillas para no caer presa de la vagancia, pues según su metodología, si no se esforzaba por algo, nunca podría ser capaz de conseguir ese algo. Y en eso se incluían las tareas, si quería ser bueno con la varita, mucho mejor que Raymond, tendría que esforzarse para conseguirlo, aún y cuando la momia de Defensa le diese ganas de esconderse bajo las sábanas.
Copió rápidamente la tarea, jugando con la suavidad de la pluma en su rostro, mientras intentaba recordar para ver si conocía al menos algo de lo que estaba escrito ahí, siendo que tenía alguna que otra idea de cómo empezarlo. Sonrío alegre ante aquello, escuchando como la mujer les mencionaba que quedaba poco tiempo, y nuevamente volvía a cambiar ese toque de voz suave por uno más bien estricto, que nuevamente hizo reír al pequeño. No sabía por qué, y podría estar equivocado, pero esa mezcla de ternura y fiereza, de dulzura y de estructuración le recordaban en varios aspectos a su padre.
En los pocos minutos restantes se dedicó a observar a la mascota ‘Snizol’ y a su dueña, sonriendo alegremente y moviendo sus piernas, balanceándolas, mientras apoyaba sobre sus palmas sus mejillas, recargando luego sus codos sobre la mesa, en una posición y una sonrisa muy similar a la que solía posarse en los labios de su hermano de Slytherin, adoptada casi por costumbre. Su preocupación por el profesor ‘magma’ no había desaparecido, no… pero consideraba que solo carcomiéndose y transformándose en alguien paranoico no iba a ayudar en nada. Lo mejor que podía hacer era ayudar en las cosas que estuviesen a su alcance.
Y aquella profesora le había dado una muy buena impresión… no necesariamente por ser de Encantamientos (aunque debía aceptar que eso influía), o de ser Campeona, sino… en general, le hacía sentirse a gusto en aquella clase, a pesar de que para muchos fuese tan solo una profesora más.
Iba a fijarse en el reloj para comenzar a guardar, pero antes de hacerlo se distrajo, poniendo prácticamente al final de la clase atención en cuatro singulares cuadros que observaban renuentemente a los alumnos, reconociendo enseguida al menos a dos de ellos. - ¡¡Haa!! ¡Son los fundadores! – apoyó sus palmas en la mesa, casi con la intención de propulsarse o levantarse, una reacción causada mayormente por la emoción y lo desprevenido que estaba al ver aquellas imágenes, sin haberlo esperado. Enseguida reconoció obviamente a Godric Gryffindor, portador de una espada y fundador de su propia Casa y de la de su madre, reconociendo en segundo lugar al fundador de la Casa de su hermano, Salazar Slytherin, que ya de por sí no lo miró muy bien que digamos cuando el chico los observó tan emocionado y demostrativo.
- Claro, a él no debe gustarle – pensó, sonriente y divertido, pues parecía que a los Slytherins en general no les gustaba mucho demostrar lo que sentían, eran, literalmente para el pequeño, muy reprimidos, razón por la que siempre intentaba traslucir las sonrisas verdaderas de su hermano, tan difíciles de reconocer, y de ver. En ningún momento cruzarían por su mente las palabras ‘rivalidad de Casas’.
“¿Ya?” Escuchó de pronto, volteándose hacia Yuko y girando distraído hacia un lado y a otro, notando que la mayoría ya habían guardado y estaban bajando de sus asientos, incluso habiendo salido unos cuantos ya. “¡Ah…! ¡Ya casi!” exclamó rápidamente, sonriéndole apenado a Yu mientras empezaba a meter todo en su bolso, sin mucho cuidado por estar apurado y sin querer hacerlo esperar. “¡Ya!” una vez más respondió con alegría, estando a punto de comenzar a trotar de la misma manera en la que vino, sin lograrlo al sentir que el ojiazul de Hufflepuff le tomaba la mano, jalando tranquilamente de él para sacarlo del aula sin que empezase a correr. “Buuu… esta bien” susurró en broma, sonriéndole y notando el ademán educado del Sasamine, siendo completamente contrarestado por su brazo libre, que se alzaba enérgicamente y se movía en un amable y efusivo saludo de despedida a la profesora. “¡Buenas días, profesora!” antes de salir del aula, su voz resonó en las amplias paredes, sin desaparecer su sonrisa aún cuando ya habían salido de la vista de la mujer, siguiendo animado a su amigo, muy ansioso de preguntarle qué le había parecido la clase, y qué iban a comer, dirigiéndose desde ya al Gran Salón.
No estaba acostumbrado a llamar al profesor Dagna de forma tan educada, pues solía simplemente llamarlo ‘profe’ de forma cariñosa, por eso llamar ‘profesora’ a Swift se le había hecho raro, pero... en caso de que ella no le dejase llamarla ‘profe’, entonces sería mejor comenzar a repetir el nombramiento completo... Sería mejor, comenzar a acostumbrarse.
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Ethian Byron
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Autor: Lucid Atray el Lun Ene 05, 2009 12:24 am
Nueve de la mañana. Las campanadas suscitadas en el Gran Salón indicaron el momento exacto en el que todos deberían dirigirse a su primera clase de la mañana, y ese día al Slytherin de tercero le tocaba Encantamientos. Rumores. Hacía ya varios días que los rumores sobre el nuevo miembro del profesorado corrían por cada uno de los pasillos de Hogwarts, divulgándose de tal exagerada forma que incluso un taciturno, solitario, y por demás anti-chismes chico como él los había escuchado. Imagen. Superficialmente, aquel asunto lo tenía sin cuidado, un profesor más y un profesor menos…, el profesor de Encantamientos verdadero hacía ya meses que parecía haberse borrado de la existencia terrenal, y las únicas palabras que habían escuchado acerca de ello por boca del director habían sido que ‘se había tomado un permiso’. Pero… ¿los permisos duran tanto? – No lo creo…-
Especulaciones. Tenía sus serias dudas de lo que fuese que estaba ocurriendo últimamente, comenzando por el asunto de Halloween, como prefería recordarlo, pues hacerlo mediante la palabra ‘unicornio’ le daba serios escalofríos. Ese había parecido ser el comienzo, pues la ausencia del antiguo profesor había ocurrido ya tiempo antes de aquello. Sinceridad. Y en el fondo sí que le estaba haciendo dar vueltas al asunto… no podía decirlo, mucho menos demostrarlo, y si Asriel o Guillame le preguntaban, ‘no le importaba’. Pero vaya que sí lo hacia… No había que ser ningún genio para sacar aquella conclusión – y eso que lo eres – se decía, contrariado, pensando en cuán extraña era la situación. No creía ser el único, varios alumnos – o al menos los que tienen dos dedos de frente – ya se habrían dado cuenta, de que sumado a los inexplicables sucesos, estaba la actitud cambiante de los profesores, el drástico cambio, sobre todo, en los temas de estudio.
Realidad. Pero la verdad era que en su posición actual, él no podía hacer mucho. Su nivel mágico, aún estando más que desarrollado para su edad, aún teniendo talento, no era la gran cosa comparado con el de los cursos mayores, sin mencionar que todo el profesorado escolar parecía esmerarse en fingir que todo estaba bien y que no había nada de que preocuparse, pues Hogwarts tenía una de las mejores medidas de seguridad del Mundo Mágico. Eso no lo ponía en duda, pero… - si no hay ‘nada de qué preocuparse’, ¿por qué había un unicornio muerto en el techo el Día de Halloween? – esa debía ser una de las preguntas que más rondaban por su mente al entrar en ese tema cada vez.
Lo sabía, y le preocupaba, pero había llegado a la conclusión, tras planteárselo especialmente en las noches de sueño tardío, de que darle vueltas al tema sin tener ningún hecho sustentable no lo llevaría a nada, excepto a la plena confusión. Y no estaba dispuesto a caer víctima suya.
Encantamientos. Para no perder tiempo en tener que bajar de nueva cuenta a las mazmorras, se llevó el bolso con el libro de hechizos, los pergaminos, la pluma y el tintero directamente al Gran Salón consigo, con su mascota siguiéndole el paso suntuosamente a su lado, a pesar de su tamaño. Con el correr de los meses y lentamente, el pequeño Liam empezaba a crecer de a poco, aunque aún faltaba para que su cuerpo dejase de ser el de un cachorro, sin embargo, ya había notado su dueño como su agilidad y sentidos se desarrollaban y agudizaban rápidamente en los últimos días. Primer piso. Luego de terminar un rápido desayuno, se dirigió hacia el primer piso, hogar de la sala de Encantamientos como una de las más grandes, y sintiéndose algo extrañado al notar como varios otros alumnos de su curso se dirigían también, aunque imaginando que los famosos rumores habían logrado que todos quisiesen presentarse puntuales. Ignoró aquello y simplemente prosiguió, dejando que, antes de entrar en el aula, su pequeño siamés se metiese de un pequeño salto dentro de su bolso, lugar en el que gustaba de mantenerse las veces que asistía a clases junto a él.
Nuevo… ¿profesor? A los segundos de entrar a la tan espaciosa aula, e incluso antes de postrar su vista en los variados frascos gruesos que había en cada pupitre, miró como todos los que habían entrado antes y después que él, hacia el escritorio del profesor, notando efectivamente que no era profesor, sino profesora, y que también sobre el escritorio se encontraba una especie de gato excéntrico acurrucado en lo que parecían ser un guantes bastante grande, piel de cuero negra. Kneazle. Se quedó observando unos segundos a la mujer, retirando su vista y bajando suavemente su nuca en señal de simple reverencia, para no provocar una mala impresión en ella, y al comenzar a caminar hacia algún pupitre de la primera fila, sintió el movimiento en su bolso, bajando su mirada allí levemente, como en señal de regaño para que se mantuviese quieto. Al final, notó porqué Liam parecía intentar mirar a través del bolso abierto para la entrada de aire: aquel gato excéntrico no era para nada común, y se notaba a simple vista si tenías algo de cultura. – Vaya…qué bonito kneazle - pensó, pestañeando algo sorprendido por ser la primera vez que veía uno en vivo y en directo.
Fundadores. Cuando localizó un asiento vacío en la primera fila del lado más a la derecha del escritorio de la nueva profesora, se dirigió a este y colocó su bolso en el asiento, con cuidado de que no cayese al suelo y por consiguiente, con cuidado de que al caer el libro no le cayese encima al pobre felino, pero antes de sentarse le dio uno de sus acostumbrados vistazos alrededor para ‘tantear’ el terreno. Para tenerlo todo bajo control. Y cuál fue su sorpresa al encontrarse ni más ni menos cuatro singulares cuadros, que enseguida llamaron su atención. – Los Fundadores…- se dijo automáticamente, viendo como los cuatro personajes en sus respectivos cuadros miraban a los distintos estudiantes de las distintas Casas, sintiendo entonces la penetrante mirada del fundador de la suya encima, Salazar Slytherin. Sus cejas se arquearon un poco ante aquello, pues había que aceptarlo, no todos los días el fundador de tu propia casa y que por cierto, había estado vivo hacía miles de año ponía sus ojos sobre ti, era algo que ciertamente podría llegar a ponerlo nervioso, por lo que antes de obtener una reacción no deseada o de otorgar una imagen débil a aquel imponente hombre, cerró sus ojos, inclinó levemente su nuca en gesto de saludo y finalmente se fue a sentar, reteniendo el bolso en su regazo, y sintiendo como afortunadamente la mirada tras de sí pasaba a otros Slytherins (porque estaba seguro que no ponía mucho esmero en observar a los demás, excepto quizás a los Gryffindors, por simple desprecio).
Ideales. Él en realidad nunca había estado de acuerdo con todos los aspectos que el famoso Salazar Slytherin imponía a los de su Casa, no coincidía con aquella forma obsesiva de pensar que tenían muchos sangre pura para con el resto, y esto era por una razón simple: según Slytherin, los hijos de muggles con magia no tenían derecho a estudiar en Hogwarts por ser incapaces, sin embargo, muchos sangre pura eran igual de incapaces, estúpidos e incompetentes, por lo que al fin y al cabo, estaban como al principio. Orgullo. Él mismo era un mestizo, aunque sólo su generación lo era, por su madre, y la mayoría de sus primos lo eran también, pero más de uno, incluyendo por ejemplo a Julius, eran tan o más talentosos que muchos sangre pura de su misma edad. –Sin considerar… que yo soy mejor a varios sangre pura, sucia y mestiza por igual –.
Madre. Y sin considerar el verdadero aspecto que pocos podrían escuchar de sus labios: no toleraría que nadie dijese que los hijos de muggles con magia eran incompetentes, porque tenía la prueba viviente de que no era así, su propia madre. Cualquiera que la conociese tendría que aceptar que ella siempre había estado muy capacitada, y si no lo aceptaban, el mismo Lucid se encargaría de lo que hicieran. No podía dejar que manchasen el nombre de su persona más importante.
Evelyn Swift. – Vaya presentación…- se susurró, esbozando una sonrisa de medio lado, simpatizando con aquella actitud tan directa de la mujer, esa clase de actitud concisa y sin vueltas, pero sin dejar de lado la cordialidad. Una extraña cualidad de encontrar, y sin lugar a dudas muy difícil de lograr. Él mismo no podía combinar ambas, y en sus trece inocentes pero testarudos años no pensaba siquiera que pudiese lograrlo.
Ella era de esa clase de personas tan magistralmente equilibradas que podían ser comparadas al mismo color gris, el resultado único entre la mezcla de dos opuestos extremos, de dos neutros. Llegada. Bueno, sí, era normal el recordatorio del horario de las clases, y aquel toque tan…singular que el ‘Espero por vuestro propio bien’ le había dado al amable recordatorio había sido, a su parecer, sencillamente genial. Le encantaba que los profesores demostrasen su autoridad de aquellas maneras tan divertidas, porque una parte de sí, aquella que más bien estaba completamente fuera del comportamiento de Slytherin, siempre había deseado arriesgarse y sufrir las consecuencias de todas aquellas pequeñas amenazas que más de uno les adhería a sus discursos. Por simple curiosidad, sin más. Después de todo, el adorar el saber que brotaba de sí, la curiosidad innata que siempre había poseído también se adjudicaba a esa clase de cosas.
Una verdadera lastima que su educación y costumbres chocasen tanto con esos deseos, que de lo contrario lograrían ganarle a su elegante mente y simplemente lanzarse a satisfacer su casi masoquista curiosidad.
Campeona. En el mismo momento en el que la nueva profesora se presentó, no se había dado cuenta debido a las vacilaciones en la que su mente se había adentrado, en el mundo propio en el que le era tan fácil abstraerse, y no tuvo constancia de aquello hasta escuchar las palabras de un rubio de Hufflepuff menor a él. Recién allí lo recordó. - ¡Ah…! ¿Es ésa Swift…? ¿La del Equipo Escocés…? – se preguntó, viendo ciertamente sorprendido a aquella tranquila y sonriente mujer, y recordando de mientras lo que ya sabía: cómo el equipo de Escocia había ganado tres años seguidos las competencias de Duelo en gran parte gracias a la mismísima mujer que tenía adelante… Sospechas. - ¿Mandaron a una mujer tan capacitada para enseñarnos Encantamientos…? – en segundos aquella pregunta se formuló en su mente. Es decir, en Hogwarts había muchos profesores capacitados… tan solo con ver a quien impartía su materia favorita uno se podría dar cuenta, Owley era en su opinión el más capacitado de todos los profesores, pero, el tener a aquella mujer cara a cara era sin duda algo que lo descolocaba. ¿Eso era un buen presagio o por el contrario, uno malo…?
Y es que eso, en su tan paranoica, negativa y a la vez analítica mente, solo le llevaban a una conclusión: el asunto era aún peor de lo que él ya se había imaginado.
Owley. Momentos antes de que el pequeño de segundo se animase a preguntar, la misma profesora había pronunciado algunas palabras sobre el profesor de Defensa que le hicieron pestañear y arquear una ceja, no con molestia ni enfado, sino más bien de la misma forma que un niño (lo que aunque negase repetidamente, aún era) mira a alguien al no entender lo que se le está diciendo. Es decir… él siempre había pensado que quienes le temiesen a ese profesor no tenían sustentos para hacerlo, su propio compañero de cuarto, Guillame, debía temerle, pero básicamente era normal, ¿no?... – si el bobo siempre acaba castigado, cómo no…- eso era lo que siempre había pensado. Dudas. Pero, ¿por qué una mujer que estaba por demás capacitada y además era talentosa hablaba así? Era algo…extraño, al menos para él. – No lo entiendes porque lo piensas demasiado – se dijo a sí mismo, casi sorprendiéndose de que su propia mente se lo dijese. Justamente eso era… lo que Julius le había dicho alguna vez.
Reflexión. Sacudió levemente su cabeza, fijando su vista adelante mientras el kneazle se movía hacia una punta del escritorio y la profesora tomaba el guante, al haber hecho terminar ella misma la sesión de preguntas. – De seguro es por algún hecho que yo no conozco – terminó convenciéndose de que algo así tenia que ser. No se podría decir que conociese al profesor Owley demasiado, y considerando que esa mujer se veía bastante joven, era casi seguro que lo habría tenido de profesor en su época estudiantil. El Slytherin suspiró suavemente, elaborando una conclusión para ya no confundirse: seguramente para que dijese eso, quizás algo desagradable le hubiese pasado referido al profesor años atrás. Después de todo, hasta él reconocía que los alumnos que no llegaban a caerle bien… pues, se podría decir que ‘sufrían’ las consecuencias.
Fuego Invocado. Hielo Invocado. Balbuceó con cierta agradable sorpresa al ver como aquella pequeña llama brotaba de la nada y luego, repentinamente se congelaba por la mitad, formando dos elementos contrarios y totalmente opuestos. Una sonrisa de medio lado se hizo presente en su rostro, escuchando justamente las mismas palabras provenir de la profesora Swift, quien explicaba además cómo el manejo y control de ambos, cuando se era lo suficientemente hábil, podían llegar a salvar más de una vida, al menos hasta que un medimago cualificado se acercase. Hileras. Se sorprendió un poco al ver cómo dejaba el fuego y el hielo sobre el suelo, notando como sorprendentemente el hielo no se derretía, y el fuego no quemaba nada, permaneciendo inertes unos segundos, tan solo con el típico movimiento llameante que el fuego producía. Al menos hasta que, ante la vista de sus celestes ojos, ambos elementos se desprendían rápidamente hacia el pasillo central del aula, pasando por cada fila y haciéndole voltearse un poco para ver hasta donde llegaban y como se mezclaban, bifurcándose entonces. – Eso si que fue… interesante…- por no decir sorprendente. No por nada Encantamientos era una de sus preferidas, aunque en general, toda asignatura que requiriese varita era algo de su preferencia, pues aunque solía desempeñarse bien en prácticamente todas las obligatorias y las que había elegido, solo Defensa, Transformaciones y Encantamientos le traían emoción al pecho. – Aunque queriendo ser Auror, es normal, ¿cierto? –
Práctica y Teoría. Tal y como lo indicó, se dispuso a tomar un trozo del fuego y otro del hielo que se extendían a los lados de las filas, revolviendo en su bolso y notando que Liam estaba cómodamente acostado sobre los guantes que debía usar. Le observó algo contrariado, mostrando su insatisfacción y corriéndolo suavemente, ante las protestas entre ronroneos del animal, que al final terminó cediendo y dejando los guantes libres. Los suyos eran de piel negra también, su color favorito, un tipo de cuero muy resistente y a la vez flexible, que lograba estirarse dependiendo del tamaño de sus manos, las cuales afortunadamente (para él) eran bastante delicadas y estilizadas, pequeñas en general, de dedos muy largos y a la vez muy finos. Al colocárselos, tomó entre ambas manos la mezcla del fuego y el hielo, que se mantenían aún intactos, sin desaparecerse o derretirse, al mantenerlos, los introdujo con sumo cuidado dentro del frasco que le correspondía, cerrando la tapa y comenzando a observarlos fijamente.
Tarea. Antes de que se diese cuenta los restos de fuego y hielo se habían convertido apenas en aces y destellos que poco a poco fueron esfumándose luego de un simple movimiento de varita de la mujer, comenzando detrás de ella a escribirse cada una de las letras que formaron en conjunto las tareas a entregar antes de la próxima clase. Las copio relativamente rápido, sin esmerarse mucho en su caligrafía como siempre que hacía simples apuntes, y finalmente dejando la pluma a un lado, sobre el portaplumas para que no ensuciase el pupitre, y continuando con su observación, perdiéndose en cuestión de segundos sus celestes ojos en aquellos elementos danzantes.
Hielo… ¿Acaso no era ese siempre el elemento con el que todos debían compararlo? Sin duda. Esa era al fin y al cabo la imagen que él mismo había formado, no valía la pena ponerse a pensar los muchos porqué que podía exponer ante su comportamiento, pues al fin y al cabo, Julius no era así… Movió su mano alrededor del bote, girándolo para esta vez mirar directamente hacia las llamas, reflejándose éstas en sus iris. Llamas. Qué curioso, la profesora ya lo había dicho hacía unos segundos, los dos elementos opuestos y por tanto, complementarios. ¿Ese no era acaso el elemento que le venía de perlas a su primo…? También sin duda. Supuestamente… supuestamente el hielo caería ante el fuego, derritiéndose y pereciendo al gusto de las llamas… pero en el frasco eso no era lo que ocurría. Ambos lograban coexistir juntos, sin dejar de ser en ningún momento lo que eran, pero acoplándose y permaneciendo unidos a pesar de la adversidad que sus propias esencias les planteaban.
Rojo. Apenas dándose cuenta de cuándo, sus mejillas comenzaron a teñirse de un sonrosado algo fuerte, y su mirada titubeó, apartando su mano del frasco algo intimidado, sin querer pensar más en aquello. Sí, quizás él era como el hielo… pero, eso no significaba que careciese de sentimientos, al fin y al cabo, el hielo no era en el fondo más que calmada, tranquila y dulce agua… A veces deseaba que algunas personas dejasen de verlo como un trozo de hielo…, pero ni él mismo sabía como actuar para lograr aquello. ¿Solución? Prefería simplemente mantenerse como estaba, sin pensar en aquel asunto… aquel que tanto le molestaba y lastimaba. Miradas. En cuanto regresó su mano derecha hacia el frasco, para volver a girarlo hacia el punto en donde ambos elementos parecían mezclarse, sintió una mirada sobre sí, virando hacia ambos lados suavemente, sin provenir aquella mirada de por ahí. Pero seguía sintiéndose observad…, ESTABA siendo observado, sus agudos sentidos no podrían engañarlo en eso, por lo que al girar un poco su cuerpo en un ángulo algo menor a los 90 grados, se tensó suavemente, hallando a aquel que lo miraba: un cuadro.
Y una vez más, Slytherin. Parecía estar examinando a cada uno de los alumnos de la Casa verde y plateada, suponiendo el de cabellos violáceos que examinaba su desempeño y la forma en se manejaban en la clase, la forma en que se demostraban ‘superiores’ y lograban adquirir una concentración y talento superior… - es tan igual a él…- se pronunció, volviendo a posar la vista sobre el frasco pero mirándolo de soslayo cada tanto, siendo su pensamiento uno cargado de todo menos de cariño o satisfacción. Salazar era tan igual a su padre (más bien al revés), que casi lograba asustarle. Siempre observando, siempre atento, siempre queriendo presionar a quienes consideraba dignos para ser los mejores, y muchas veces equivocándose tanto…
Talento. Al fin y al cabo, su propia madre había sido una Ravenclaw… y no era ninguna ‘poco talento’, ¡al contrario…! Observó entonces a Rowena, quien a diferencia de Salazar de vez en cuando le daba algún vistazo al resto de los alumnos. Lucid estaba más que orgulloso de ser un Slytherin, sabía que esa era la Casa a la que DEBÍA pertenecer (aunque eso implicase ser de la misma Casa que su padre), sin embargo, eso nunca significaría que no hubiese estado también orgulloso de pertenecer a Ravenclaw. No obstante, según el Sombrero (y lo avalaba en ello) él era demasiado orgulloso como para no ser una serpiente. Aún recordaba aquellas palabras… “Eres leal como un Hufflepuff, y valiente como un Gryffindor…pero esas no son las cualidades que más te representan” No, de ninguna manera eran esas... Esas que por cierto apenas creía, ¿Valiente…? Aún no lo sabía, no sabía qué pensar de sí mismo prácticamente para nada. ¿Y leal…? Pues, a su madre, a su hermano menor… y a aquellos a quienes consideraba sus amigos, aunque no sabía si compartían la opinión. Sí, quizás era leal… pero por ser alguien tan solitario, tampoco estaba muy seguro de qué pensar.
Familia. Solo sabía lo que durante años sus ególatras abuelos, su padre, y sus varios tíos le habían repetido hasta el cansancio… Él era muy astuto, y muy inteligente. – ¿Superior…? – Ya se vería. Él podía decirlo mil veces, pero las palabras engañan, las palabras engañan no sólo a los demás, sino también a uno mismo. Su orgullo era a simple raíz del miedo. Autoestima. ¿Qué tal si cuando alguien intentaba denigrarlo o lo hacía sentirse inferior, tenía razón? Si tenía razón, debería aparentar siempre lo contrario... Esa era la clase de educación que había recibido. Él era y siempre sería un genio… para muchos, excepto para quienes eran de verdad importantes.
Para su amada madre, siempre sería Lucid, su hijo, y para su amado hermano, siempre sería Lucid, su hermano mayor. “Eso es… todo lo que necesito…” susurró, con una voz tan suave y tan arrastrada que fue solo audible para su propia mente. Una sucesión de imágenes pasó frente a él, de aquellas personas moradoras de Hogwarts que una parte de sí ya consideraba importantes… tanto Asriel como Guillame, Lawrence, Raymond y…él.
Negación. Sus ojos se abrieron como platos al descubrirse a sí mismo pensando en él como alguien especial, sacudiendo su cabeza enérgica pero discretamente para no llamar demasiado la atención a sus costados, justo en el mismo momento en que el profesora volvió a hablar, anunciando también el final de la clase, con una pequeña y simpática amenaza dejada en el aire para aquellos que no entregasen la tarea. Eso no representaría problemas para él, por lo que ya enfocado y dejando de lado aquellas ideas estúpidas, comenzó a guardar cada uno de sus útiles con delicadeza dentro del bolso, quitándose los guantes al final y levantando a Liam con una mano, sin mostrarlo, mientras acomodaba los guantes bajo él y el minino se hacia un ovillito cómodamente. Esbozó una pequeña y tímida sonrisa al verlo, acariciándole el lomo con cariño y luego echándose el bolso al hombro derecho, sosteniéndolo con una mano a la altura media para que no se deslizase y dejando la típica abertura para que su mascota respirase.
Retirada. Antes de salir, le dirigió una ultima mirada a los cuatro cuadros de los fundadores, sin mirar a ninguno en particular esta vez y pasando cerca del escritorio de la profesora, bajando su nuca en una señal condescendiente de despedida, pero sin pronunciar palabra alguna, mientras que como la última acción allí dentro le daba un vistazo a un gran cuadro cercano a la puerta, reconociéndolo al recordar como su madre le había hablado de ella, la Reina Maeve. – Mis saludos, señora reina – pensó con cierto destello de diversión. La nueva profesora era no solo poderosa, talentosa y habilidosa, sino que imaginativa, era una agradable sorpresa (más allá del asuntito de lo que ocurría en la escuela) el tener un profesor de su tipo, por lo que estaba seguro de que, de ahora en adelante, podría volver a considerar a Encantamientos como una de sus asignaturas cúlmine.
~You still have lots more to work on~
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Lucid Atray
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Autor: Alexandrine Darmstadt el Mié Ene 14, 2009 11:19 am
No iba a ocurrirle lo mismo que en la clase de Adivinación, claro que no. Alexandrine observaba continuamente su reloj, esperando que se acercara la hora en que empezaría la clase que tocaba, que según recordaba, era encantamientos. No entendía como era que podía pasarle llegar tarde a Adivinación, ¿alguien como ella perdiendo noción del tiempo? era una falla inadmisible, algo que no tenía por qué repetirse, aunque ya iban dos veces al hilo en la misma clase y eso no hablaba bien de ella. No iba a tener esos manchones en su historial frente al director, por supuesto que no. Y en tal caso, si veía que llegaba tarde... mejor devolverse por donde había venido. Sí, tenía todo preparado por si acaso sucediera. Se daría media vuelta, se devolvería a su habitación a... hacer cosas, lo que fuera, entretenerse y después, cuando supiera que la clase habría terminado, bajaría al comedor totalmente segura y campante y cuando Helena y Juliette le preguntaran, diría que se había saltado la clase por gusto y demostraría que Alexandrine Darmstadt tenía también un lado rebelde. Lado rebelde totalmente falso, pero confiaba en hacer una buena actuación. Suponía. Esperaba. -Imposible.- Sentenció, viendo por enésima vez su reloj. Faltaban varios minutos, pero más le valía ir yendo al aula, así que, revisando que llevase los útiles necesarios en su mochila y no faltase nada, comenzó la marcha.
No esperaba ya encontrarse con alguien que no fuese Catherwood, el director, dentro de esa aula. Había recibido, a principios del año escolar, la noticia de el permiso que había pedido el profesor Dagda y había pensado que sería corta. No era que despreciara las enseñanzas del director, al contrario, pero el hecho de que Dagda se tomase aquel permiso de una manera tan repentina, de que no hubiese oportunidad de asimilar la noticia y hacerse a la idea cuando él seguía ahí. También era un poco preocupante, Alexandrine pensaba en los motivos que obligarían a pedir un permiso así y ninguna le parecía agradable. Y después, con lo del unicornio, ver que el profesor no regresaba en Noviembre, creer que ya no regresaría... Suspiró. Parecía que no, pero sabía que algo no estaba bien. - Se te está pegando la paranoica de los adultos, Ale.- Se dijo, sonriendo ligeramente. Eran muy mala influencia, tanto Wilhelm como Jeevan y ni qué decir del abuelo. Paranoicos, sobreprotectores como nadie más. En eso pensaba cuando al llegar frente a la puerta y entrar, sabiendo que llegaba a tiempo, se encontró observando a alguien que definitivamente no era el director.
Había una mujer ahí, apoyada en el escritorio, observando la llegada de los alumnos, incluyendo la de ella. Miro dentro. Había ya gente en sus sitios, conocidos, los rostros familiares de los que compartían esa y quizá otras clases con ella. Eso descartaba que se hubiese equivocado de aula. Observando al nueva disposición de los cuadros, se decidió a entrar, no sin cierta inquietud que no podía disipar y musitando un 'buenos días' a la profesora, o eso suponía que era esa mujer, buscó un asiento, colocado en la parte delantera y se sentó, observando detenidamente a la mujer. Su presencia tenía un significado claro para ella: Dagda no volvería. Se mordió ligeramente el labio, consciente de que, si no les habían dicho los motivos del permiso tomado por el profesor, menos aún iban a exponerles el motivo de la renuncia, despido o lo que fuese. Si es que no era otra cosa. -Turbio- pensó, sin desaparecer del todo la inquietud.-Todo esto es demasiado turbio.- Sentenció, cruzando los brazos sobre la mesita del pupitre. Todo debía ser parte de una conspiración. La idea que había nacido en la clase de Adivinación, medio a broma, comenzó a tomar seriedad en su mente. Y, se repitió, si el noventa y nueve por cierto de las conspiraciones eran ficticias, existía un uno por cierto que era real...
Esperó a que la clase se llenase, tan sumida en sus pensamientos que apenas notó la llegada de los otros. La desaparición de Dagda, el unicornio en Halloween, visión que aún le aterraba aunque dijese que no; aunado ahora a una nueva profesora... no sabía cómo conectar correctamente todas esas cosas, no sabía qué podía estarse tejiendo detrás de todos esos eventos. Quizá sólo era paranoia suya, alucinaciones causadas por los residuos del incienso del mal de Madame Josephine que aún quedaban en su cerebro, algo así. Se sonrió, meneando la cabeza en señal de negación de manera apenas perceptible y dejó que esas ideas cayeran de donde estaban para hundirse en algún lugar olvidado de su conciencia, relegadas al olvido. Enderezándose en el asiento, paseó la vista por el lugar, lento, observando los cuadros de los fundadores, luego a la reina Maeve que les miraba. Sabía tan poco de ella, sabía tan poco de todo aún y aunque su meta no era el conocimiento, era lindo para su ego el saber de todo un poco. Notó en ese momento la silueta del felino en el escritorio. Era precioso, en su opinión, muy lindo y sintió deseos de tocarlo y quizá jugar con él como solía jugar con Ajax, el gato de Benjamin y Helena. -¿Cómo se llamará? - Se preguntó, observándole fijamente, sonriéndole.-¿vendrá si le llamo?- Aunque no lo hiciera con el nombre, al menos llamar su atención o algo así. Iba a hacerlo, cuando de pronto sonó la campana, anunciando el inicio de hora y al término del sonido, la puerta se cerró con un ruido suave.
Era el momento en que comenzaría la clase y obtendría respuestas o tal vez no. Mantuvo la mirada puesta en la profesora una vez más, esperando a que comenzase la clase, a que les pusiese al corriente de la situación. Escuchó las palabras anteriores a la presentación de su nombre y simplemente calculó que estando unos cuantos minutos antes de que empezara la clase estaba bien. Evelyn Switf. No recordaba de dónde le sonaba ese nombre, pero le parecía familiar y el sentirlo así y no saber por qué le causaba un deje de molestia. Trató de buscar ese por qué, pero su pensamiento fue interrumpido cuando observó el cambio en el rostro de la profesora y se giró un poco para observar lo mismo que ella, notando la mano alzada de un alumno. -Qué bueno que lo deja en claro.- Pensó, sonriendo ante esa aclaración, aunque realmente dudaba que pudiese haber otro profesor como Owley. Y si lo había, qué mal estaba la humanidad. El jovencito preguntó y Alexandrine sintió que su mente se iluminaba al escuchar lo dicho. ¡Por supuesto! De eso era que el nombre le sonaba familiar, ¿cómo no lo había recordado antes? -Estás dispersa, Alexandrine, ¿qué te está pasando?- Culpó una vez más al incienso y las teorías de conspiraciones. Y apartando esos pensamientos, alzó un poco la mano, quizá demasiado despreocupadamente. "¿Fueron tres años seguidos, verdad?" Comentó, segura de estar en lo correcto, si su memoria no le fallaba, que lo dudaba mucho. Ya sabiendo de dónde conocía el nombre, recordar el resto era fácil.
¡Estaba en lo correcto! Tres años consecutivos siendo campeona de duelos. Era obvio entonces por qué la habían contratado, pues seguramente tenía habilidades excepcionales. Pero eso no resolvía el misterio del profesor Breen. Se deshizo de esos pensamientos una vez más, esperando que las preguntas continuaran un poco más y así recopilar algo de información, pero nada, la sesión de preguntas había acabado. No importaba, tiempo para conocer a la profesora seguiría habiendo, ya que auguraba quedarse el resto del año escolar. En vez de observar a la profesora bajar del escritorio, su vista se posó en el felino que comenzaba a desperezarse. Era realmente lindo, volvía a pensarlo. Y tengo algo... particular, lo notaba, aunque le costaba identificarlo. - Puede que sea un kneazle...- Se dijo, dubitativa. Se requería licencia para tener esos animales, al igual que pasaba con los Crup, sin embargo, siendo la profesora una mujer adulta y maga experimentada, según se veía, era obvio que había obtenido la licencia con facilidad. -Realmente lindo.- Volvió a sentenciar, sonriendo un poco, recordando que a su madre le gustaban bastante los felinos. Desvió entonces su vista hacia la profesora, observándola con aquel guante de piel escamosa, de dragón, aunque no supo identificar específicamente qué especie.
Fuego. Observó el fuego que la profesora encendiese en su mano, contemplando no sin cierta fascinación la manera en que se movía, dibujándose de distintos tonos celestes. El fuego era algo tan bonito y en esa época del año, algo tan agradable. Imaginó lo bueno que sería tener un poco de ese fuego en la fría aula de Owley, un ambiente cálido, sin llegar al calor abochornante del verano en esa aula. Escuchó y observó el hielo tomar lugar junto al fuego, reflejando en su pureza los tonos azules de la llama. Lindo, interesante, denotaba un excelente manejo de ambos encantamientos, como para lograr que el hielo no se derritiera y que el fuego no se apagase. No había, en el guante, ni una gota de agua, ni un sólo signo de fallo. Escuchaba lo que la profesora decía, nada que ella creyese nuevo o demasiado interesante, datos comunes e intuitivos, pero se hallaba más centrada en observar ahora cómo el fuego y el hielo se movían, creándose en el suelo, siguiendo un camino definido, muy delimitado. Sin duda alguna, el nivel de la profesora Switf era alto, para ser capaz de hacer eso con una sencillez increíble. Aquel pequeño espectáculo sirvió para alejarla aún más de pensamientos raros y la orden que la profesora dio le indicó que habría práctica y que, por tanto y si no quería sufrir algún accidente, debía concentrarse, razón más para dejar de lado desvaríos y cosas absurdas.
Colocándose los guantes, que le venían un poco grandes ahora que lo notaba, se acercó a la mezcla de fuego y hielo y con cuidado, no completamente segura de la seguridad de tal acto, tomó un poco y lo metió dentro del frasco, sin saber si de un momento a otro el fuego se descontrolaría o el hielo se derretiría. De pronto, giró el rostro, observando a la profesora regañar a un alumno que intentase tomar la mezcla sin protección, ¿acaso el chico era idiota o algo así? Y le hubiera gustado creer que Evelyn exageraba al hablar de trucos de los alumnos para no hacer prácticas, pero, después de las prácticas de Owley, ya se creía que hubiese personas tan desesperadas como para dañarse a sí mismas y tener alguna incapacidad. -Pero eso es inútil también.- Pensó, negando con desaprobación a nadie en particular. -Dudo que Owley respete la incapacidad de algún alumno herido.- Suspiró, al finalmente reacomodarse en la silla, con aquel fuego y hielo embotellados a la vista. Realmente le interesaba el asunto, el cómo podían regularse con tal exactitud los límites de uno u otro elemento para permitir su coexistencia. Debía ser tan difícil lograr tal equilibrio, tan concentración, tal cuidado; pero valía la pena el resultado, aunque ella estuviese viendo aquello desde el punto estético y no del práctico.
Advirtió la presencia de la profesora al frente de la mesa y fijó la vista en ella, viendo sólo un movimiento de varita que le pasó casi desapercibido, pero que provocó que el fuego y el hielo que habían quedado como vestigios de aquel camino ya roto desaparecieran, sin dejar rastro alguno. Se apresuró a quitarse los guantes y sacar de la mochila su libreta y el bolígrafo, aprovechando para escribir en el área de la asignatura el nombre de la profesora. Relativa nada. Si era relativa, significaba que no era absoluta. -Además, la nada no existe- Comenzó, pero refrenó sus pensamientos antes de que apuntaras a cuestiones más filosóficas o peor aún, astrofísicas y demás y no, gracias, que esas cosas no eran buenas para su mente. Aunque debía admitir que la paradoja del hotel infinito era algo muy divertido. -¡Concentración!- Estuvo tentada a darse un golpe en la frente con la palma de su mano, pero se reprimió a tiempo y al final se limitó a fruncir un poco los labios, molesta consigo mismo por su nula capacidad de concentración, que era cada vez más frecuente. -Por culpa del incienso.- Sentenció y volvió a ponerse a escribir palabras claves de lo que decía la profesora. Elementos invisibles. Moléculas y esas cosas, supuso y todo al final se trataría de química básica. -La magia tiene fundamentos lógicos, quién iba a pensarlo.- Y lo anotó igual, al margen inferior de la hoja. Personas que sufrieran congelación o quemaduras. Cosas que probablemente, dentro del castillo, pudiesen ocurrir en el aula de Owley. Y, desgraciadamente, Alexandrine sabía que no estaba exagerando al pensar así.
Alzando la vista, despegándola de sus apuntes, observó la tiza que flotaba y escribía la tarea, misma que ella se dedicó a copiar en la libreta. No parecía difícil e incluso sentía que no le sería del todo desconocido lo que encontrase. Sonrió, prometiéndose a sí misma esforzarse con esa tarea, ya que aquello era el principio y la primer clase que tendría con esa profesora, siempre era bueno dejar una buena primera impresión, aunque no estuviese muy segura de mantenerla. No siempre era su estilo ese tipo de clases y no porque se le diese mal el manejo de la varita, sino que simplemente perdía interés si comenzaba a frustrarse, si fallaba demasiado y además, su orgullo le exigía no mostrar fallos frente a los demás, no dejarse en ridículo en ningún momento. Terminando de apuntar la tarea, le quedó un poco de tiempo y lo gastó en dar un vistazo alrededor. Había visto los cuadros de los fundadores y ahora les notaba observándoles, uno que otro vistazo hacia los alumnos de la casa, aunque no parecía que otro fuese tan selectivo como Salazar Slytherin, que parecía un poco molesto al observar que en la clase había también hijos de muggles. - Los mestizos podemos ser incluso mejores que los sangre pura.- Sentenció, convencida de ello, acomodándose el cabello con una mano, echando hacia atrás algunos cabellos que habían caído al frente mientras escribiese la tarea.
El sonido de las botas de la profesora al regresar a ponerse en píe la hizo mirarla, aunque no fuese algo estrictamente necesario. Alzo una ceja, escuchando la sencilla instrucción que llevaba demasiadas complicaciones detrás. ¿Fijarse en cómo lo había hecho ella? No tenía ni la más remota idea y estaba segura que varios otros tampoco. -Concéntrate, Alexandrine, podrás hacerlo.- Se animó a sí misma, clavando la vista en el tarro con el hielo y el fuego, mirándoles como si se trataran de sus enemigos mortales, merecedores de una venganza dolorosa. En su mente, buscó alguna canción que pudiese ser su banda sonora para la batalla, pero sólo llegaron a su mente algunas de las canciones escuchadas por su padre y por su padrino y... bueno, al menos las de su padre tenían algo de decente, pero Careless Whispers no le parecía la mejor canción para una escena de guerra. Necesitaba algo como... -¡Rocky!- Sí, esa canción, la de las escaleras. Aunque no se sabía ni el título ni la letra, en su mente la tarareaba y volviendo su atención o lo que le restaba de ella, se decidió a atacar a aquellos entes enemigos y desaparecerles de la faz de la tierra. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Tal vez si lograba que de alguna manera el hielo se derritiera, entonces el fuego se apagaría y... podría succionar el agua con la varita y ¡listo! Negó con la cabeza, esa no era la forma. Destapando el tarro y sacando la varita, trató de pensar, cerrando los ojos y tratando de recordar los movimientos exactos que la profesora Switf había hecho para desaparecerlo.
Sin abrir los ojos, balanceó la varita, imitando lo que veía en sus difusos recuerdos, pero tuvo que abrirlos de inmediato al hacer chocar la varita con el tarro y, asimismo, tuvo que reaccionar rápidamente apretándolo entre sus manos antes de que fuese demasiado tarde. Mala idea. Trató de pensar mejor las cosas. Si sabía cómo crearlo, sabría desaparecerlo y si entendía cómo se había formado, debería ser fácil descubrir cómo 'fragmentarlo en sus partículas elementales'. Pero no era tan fácil. -Es como convertir el plomo en oro.- Se dijo, algo posible, algo entendible, pero demasiado complicado como para que fuese útil o redituable hacerlo. Giró el rostro, viendo al resto de los alumnos detrás de ella, asomándose para ver si habían logrado cumplir el reto. Una persona. Ya iba una persona y ella nada. Comenzaba a desesperarse. Agitó la varita con entusiasmo, clamando en su mente que ambas cosas desaparecieran de una maldita vez. Escuchó de pronto un sonido y al girar el rostro, vio que un alumno había llenado su tarro de hielo. Peor había desaparecido el fuego. Aunque ahora Switf estuviese hablando con él y muchos pudiesen ver lo que ese joven había provocado como algo tonto, ella sabía que incluso así le llevaba ventaja. -Tienes que relajarte...- Suspiró y vio al kneazle en el suelo, jugando con un trocito de hielo que pronto se derretiría y sonrió.
Suficiente descanso. Inhaló profundo y comenzó a mover la varita, en una burda imitación de lo que creía haber visto que Switf había hecho. Decidió concentrarse lo más posible, alejando de su mente incluso la música de fondo, ignorando a la vez la mirada de los fundadores e incluso la de la reina Maeve que vigilaba atentamente el ejercicio. - aquí vamos.- Era su último intento antes de rendirse y por lo mismo, debía esforzarse al máximo. Movió la varita, concentrada, esperando que en cualquier momento el hielo y el fuego desapareciesen. Por un momento, le pareció ver que el hielo disminuía y que la llama azulada se veía más pequeña. Lentamente, conforme continuaba con el movimiento, creyendo estar haciendo las cosas bien, el hielo fue desapareciendo visiblemente, pero el fuego, aunque le había parecido que se reducía, al final pudo ver que continuaba tan vivo como antes. Detuvo el movimiento, segura de que era lo más que había logrado y contempló el resultado. La llama seguía igual, una figura de forma alargada que danzaba incansable, pero el hielo era ahora muy pequeño. -Al menos hiciste algo.- Se dijo, tratando de darse ánimos, pero la verdad era que se sentía derrotada por aquellos entes sin vida que ahora sí eran sus enemigos mortales. Al menos tenía el consuelo de que habían sido pocos los que habían cumplido el objetivo. -Mentira.- Gruñó, no se trataba de un consuelo. Como fuese, tras un largo suspiro decidió que era mejor no pensar en eso, no atormentarse por una práctica regular, pero no olvidar, para así practicar un poco cuando pudiese y mejorar poco a poco. Se sonrió, satisfecha por tal razonamiento, con ánimos renovados.
Apenas llegó a darse cuenta de que el tiempo había pasado y si la profesora no hubiese bajado nuevamente y comenzado a hablar, jamás se hubiese percatado de ello. Recordatorio de las tareas, algo normal de los maestros, pequeña advertencia que no sabía si creer o no, pero por si acaso, mejor era cumplir. Justo cuando le profesora mencionaba las últimas palabras, el sonido de la campana irrumpió en el lugar, anunciando el fin. Guardó sus cosas con rapidez, que ya sabía que en cuanto la clase terminaba Helena salía corriendo del aula como si fuese a morir si pasaba demasiado tiempo dentro. Omitió una pequeña risita por la gracia que le causaba y terminó de guardar sus cosas, observando al tarro y los remanentes de la práctica, jurando venganza y victoria la próxima vez, antes de despedirse de la profesora con un escueto movimiento de manos y salir del lugar.
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Alexandrine Darmstadt
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Autor: Seichii Shitta el Vie Ene 23, 2009 6:05 pm
“Así que encantamientos, eh...”, soltó un suspiro, sentado sobre su cama, mientras revisaba el horario. Se dejó caer hacia atrás, para tumbarse y su propio flequillo le hizo cosquillas en la cara. No tenía ganas de ir. Ya se había cansado del director y de esa manía suya por ocultarles lo que estaba pasando. ¿Se creía que eran tontos o qué? Había que proteger a los pequeños, sí. Incluso protegerlos a ellos mismos, simples estudiantes, fueran incluso de los cursos superiores. Pero... ocultarles todo lo que estaba pasando no era la forma; como si no hubieran sido demasiado evidentes los acontecimientos que venían sucediendo desde hacía un tiempo. “Tenemos derecho a saber...”, murmuró para sí, con la vista puesta en el dosel de la cama. Pero nadie les iba a decir nada, como siempre. Y por mucho que sospecharan, si no tenían la información verdadera, era como no saber nada. De cierta manera entendía que trataran de ocultarlo todo lo posible; ¿medidas para que no se extendiera el miedo entre los estudiantes o incluso los padres y evitar que estos empezaran a sacarlos del colegio? –Dudo que haya algún sitio más seguro que Hogwarts...-, era mejor que alejara aquellos pensamientos de su cabeza. No le hacía nada bien darle vueltas a todo eso.
Suspiró. Encima... Dagda Breen seguía sin aparecer. No es que él le tuviera algún tipo de aprecio especial al hombre, era su profesor de Encantamientos y nada más, pero... Significaba que algo gordo estaba sucediendo. ¿El qué? No tenía la menor idea. Agarró uno de los cojines y lo tiró contra la pared. “Porque no me dicen nada”, masculló entre dientes. Oh, por supuesto, a Breen se lo había tragado la tierra, ¡cómo no lo había supuesto! Buscó otro cojín con la mirada pero los dos de su cama habían ido a parar al suelo bastante lejos de él y los que quedaban estaban sobre las de sus compañeros. Le fastidiaba no saber nada. Le fastidiaba sobre todo no poder calmar las inquietudes de su hermano y mucho menos protegerle. Porque, llegado el momento, ¿qué otra persona podría hacerlo salvo él? Harold, por supuesto. Por algo era su padre, pero... él quería hacerlo. Él tenía que hacerlo. Protegerlos a los dos, incluso aunque no fuera más que un simple estudiante de quinto curso cuyas notas últimamente parecían ir cuesta abajo. “A la mierda...”, se levantó con pesadez. Tendría que ir a clase. Echó un rápido vistazo al reloj. No tardaría mucho, dudaba llegar tarde si no se entretenía.
Se acercó al escritorio y agarró su cartera; la única que descansaba allí, siempre lista con algunos pergaminos limpios y algunos útiles. Los libros estaban apilados en un montón. Los levantó uno a uno, hasta encontrar el de Encantamientos y lo metió en la cartera con cuidado de no arrugar ningún pergamino. Tomó también el tintero de cristal del escritorio y verificó que estuviera bien cerrado antes de guardarlo también. ¿Todo listo? Eso creía. Menuda putada. Se dirigió hacia la puerta y apartó un cojín de una patada, refunfuñando. Había escuchado algún que otro rumor de que había llegado una profesora nueva, sustituta de Breen, pero aquello lejos de tranquilizarle, sólo hacía que la situación fuese más peliaguda a sus ojos. ¿Cuántos se habrían dado cuenta de lo que estaba sucediendo? Por mucho que le pesara, debía de tener una conversación seria con Raymond. Quizá él supiera algo más que él y, aunque no le agradaba en lo absoluto la idea de tener que hablar con él, haría cualquier cosa por lograr que su hermano estuviera bien. Maldito Yuko. Amigo tenía que hacerse del hermano de una estúpida culebra. Para más inri, una culebra de lo más retorcida. –Algún día le cortaré esa lengua viperina que tiene...-, cerró la puerta de la habitación y bajó las escaleras hacia la Sala Común. Sólo había un par de personas. Casi normal, después de todo, era tiempo entre clases y no quedaba mucho para que empezara la siguiente.
Apuró el paso. No es que el aula de Encantamientos estuviera muy lejos; planta baja, cerca del Gran Comedor. Tanto los Hufflepuff como los Slytherin lo tenían fácil para llegar. Eso sí... se compadecía de los leones y las águilas, teniendo que bajar tantas escaleras. “Están en su hábitat...”, musitó para sí, casi burlón. “... en lo más alto”, lo cual era casi irónico, teniendo en cuenta que ese año estaban más que flojos en la competición de la Copa de las Casas. Y le extrañaba, porque el anterior lo habían intentado todo, ambas casas. Cabezotas como ellos solos, los leones. Y las águilas demasiado orgullosas. Ese año los orgullosos eran los Slytherins y los Hufflepuffs se habían convertido en los cabezotas. Grupo en el que, por cierto, se incluía. Más terco que él no había nadie, aunque nunca lo había sido en ese tipo de competiciones escolares... Y a menos que esto fuera a lo que se le llamaba ‘estar madurando’... Sonrió levemente, cruzando la puerta del aula de Encantamientos con un mejor humor que antes, aunque... Bueno, seguía echando de menos los cojines que tirar contra las paredes. Iba a dejar de pensar en eso, de momento. Ya después se ocuparía de esas cosas. No podía tener ese tipo de preocupaciones continuamente en mente si quería hacer algo a derechas. Observó durante unos segundos a Circe. Le parecía verla sonreír, cuando ese gesto no había estado ahí otras veces. –Cosas de cuadros... Qué buen humor-, apartó la vista de ella para posarla sobre la mujer de la que no se había percatado hasta entonces. Frunció el ceño.¿La nueva? ¿La de los rumores? Porque Catherwood definitivamente no era, a menos que se hubiera hecho el cambio de sexo. –Y si lo ha hecho, hay que admitir que tiene buen gusto...-, detrás de ella se alzaba como siempre el cuadro de la Reina Maeve. Había demasiados cuentos sobre ella, muchos de ellos suponía que imaginados. Pero en ese momento le daban igual, porque toda su atención se centraba en aquella mujer.
Y no sólo la suya, por supuesto. Más de uno parecía mirar con demasiada curiosidad, sin esforzarse en disimularla. Pero era normal. Todos en general comían rumores como almuerzo. Así pesara, en el fondo todos tenían algo de cotillas. Unos más, unos menos... pero a fin de cuentas. –Estamos hechos todos del mismo material...-, buscó un sitio con la mirada y encontró a su hermano sentado donde siempre, tan metido en sus cosas que ni siquiera parecía haberse dado cuenta de que él había llegado también. Se sentó en el primer lugar libre que vio, justo en la segunda fila y se dedicó a observar disimuladamente a la profesora mientras sacaba su juego de escritura y sus pergaminos. Mujer de estatura media tirando para baja. Melena oscura, mirada firme, seguridad en los movimientos, por muy sutiles que fueran. Ropa muggle. –Ropa muggle-, repitió, dirigiendo su mirada hacia la túnica que descansaba en la silla del profesor. Sonrió levemente. Una de dos, o era una impostora que se había equivocado de clase y en realidad venía a robarle el puesto a Ainsworth, o estaba... acostumbrada a usar ese tipo de ropa. Bastante más cómoda, ciertamente. –Es de origen muggle...-, la sonrisa se amplió casi de forma inconsciente al imaginar cómo habría reaccionado Owley al enterarse. Cubrió la sonrisa con su mano y dirigió la mirada hacia el animal que dormitaba sobre la mesa. Alzó una ceja. Un gato normal no era, desde luego. Debía de ser un Kneazle. Pensaba que se necesitaban permisos especiales... -¿Por qué a los profesores les dejan tener mascotas así? Discriminación-, protestó mentalmente, con un suspiro, para después desviar la vista hacia los cuadros de los fundadores que parecían acabar de despertarse.
Godric permanecía firme con su espada, con una mirada que oscilaba entre el sueño o el aburrimiento y una completa amabilidad. Totalmente contrario a Slytherin, que, bien despierto, parecía mirar con desdén a todos los que no llevaban su escudo en la túnica. Incluso a la profesora. Y entre ellos... las dos mujeres. Observó el contraste de sus ropas, entre el azul y el amarillo, y sonrió levemente. Tenían miradas conciliadoras, ambas. La de Rowena algo más altiva que la de Helga, que sustituía ese orgullo por dulzura. Eran tan distintos unos de otros que a veces se preguntaba cómo rayos habían logrado estar de acuerdo para montar semejante colegio. -Aunque con eso de que los polos opuestos se atraen...-, sobre esos cuatro personajes podía imaginarse demasiadas cosas que no veían en los libros de historia. Porque todas las cosas escritas y conocidas formaban parte de la vida pública de las personas. Si él, o cualquiera de los que estaban en ese aula, algún día fueran héroes o famosos... El resto sólo sabría de ellos aquello que habían querido mostrar. –Como de Breen...-, sus pensamientos fueron inevitablemente en esa dirección otra vez. Aunque podía hacer miles de conjeturas, no tenía ni idea de lo que había pasado en realidad con el anterior profesor. Podría haber sido cualquier cosa. Y si... si estuviera... Agitó la cabeza. El caso era el mismo. Dentro de unos años, nadie sabría de él más que ‘oh, fue profesor de Hogwarts’. Lo que había dejado ver. Lo que no tenía absolutamente nada que ver con su ausencia, con su permiso. Qué más daba.
Propósito del día: alejar todo lo referente a Dagda Breen de su mente. Miró hacia la ventana, hacia la hermosa vista del lago a través del cristal. Un día frío, por supuesto, pero... no tan malo. Pronto, las campanadas de la torre comenzaron a sonar y, tras detenerse, la puerta se cerró. Se sentó bien en la silla, con la espalda recta y dirigió la mirada hacia la profesora, que ya parecía dispuesta a empezar a hablar. Y, tan pronto como lo hizo, Seichii se dio cuenta de que la imagen que había tenido de ella acertaba, aunque fuera superficialmente. Quién sabía si detrás de todo ese derroche de seguridad y firmeza hubiera lo contrario... No sería él quien lo descubriera, por supuesto. Sonrió un poco, ligeramente de lado. Les estaba amenazando.Y no dejaba de resultarle, de cierta forma, gracioso. Como si no supieran ya que a Circe le gustaba ‘premiar’ a los tardones con una buena ducha matutina. –Evelyn Swift-, se apuntó aquel nombre en su memoria, resuelto a no dejar que se le olvidara, como nunca se le olvidaban las cosas interesantes. Y fuera para bien o para mal, aquella mujer lo era. Sólo quedaba ver hasta qué punto. Y qué tal daba las clases. Nuevamente, su mirada distraída se fue hacia el Kneazle, antes de que la voz de la mujer trajera hacia ella su atención. La miró mientras hablaba, para después girarse un poco en su silla y ver a su hermano con la mano levantada. Estuvo a punto de darse una palmada en la frente. A ver qué decía, porque Yuko... curioso era un rato. Un rato demasiado largo, de hecho.
La pregunta le desconcertó. ¿Yuko sabía tanto de esas cosas como para reconocer un simple nombre? Arrugó levemente el ceño, intrigado. Vale, puede que ‘Evelyn Swift’ a él le sonara poco y nada, pero parecía ser... famosa, suponía. Miró de nuevo a la profesora cuando contestó, al parecer genuinamente sorprendida. Campeona de duelos, ahá. Pero si no le daban más detalles, mucho menos que la ubicaría. Una chica cerca de él hizo también una pregunta. Tres años. Se apuntó la respuesta de forma mental. De todas maneras, aquello no terminaba de decirle nada. Era un completo ignorante respecto a temas de duelos mágicos. Su hermano alguna vez se interesaba por el tema, pero tampoco tanto, por eso le había extrañado que preguntara. Y él no tiene la menor idea. Quitando el Quidditch, no estaba al tanto de ningún otro deporte o actividad mágica. Se apoyó bien en la mesa, viendo cómo la mujer levantaba una mano para detener el peligro de tener un alud de preguntas. Le estaba gustando aquello de hacer que la profesora de distrajera para no dar clase pero no había funcionado. Aunque bueno, podía contar con los dedos de la mano los profesores con los que funcionaba... Al parecer, ya empezaba la clase de forma oficial. Suspiró. La mujer se había bajado de la mesa y ahora tomaba el guante que no había visto por estar debajo de la criatura. Miró a Kneazle. Hacía su aseo diario, demasiado tranquilo. –Tiene un gatito pasota...-, sonrió para sí, pronto desviando su atención de él para ponerla otra vez en la profesora. Se sentía igual de pasota que el Kneazle, ciertamente. Pero no le extrañaba, empezar costaba. Se preguntó si acaso esa mujer había sentido nervios en algún momento antes de pararse ahí, frente a todos ellos. Porque parecía joven, mucho. Quizá demasiado como para tener experiencia como profesora. Observó cómo ella se señalaba la mano enguantada y sobre su aplma aparecía un fuego de color azul brillante, que bailaba de manera incesante pero controlada, sin crecer en lo más mínimo. Lo conocía, era el fuego invocado, aunque no tenía la menor idea de cómo invocarlo él. Y nunca se había preocupado por aprender a hacerlo, siendo sinceros.
¿Tendría que tomar apuntes? Quizá sí que sería conveniente hacerlo. Abrió el tintero y mojó la pluma en él para escribir. Nota mental, dejar de usar esos juegos de escritura para las clases. Eran demasiado lentos y en un descuido podías ponerlo todo perdido. Tal vez si usaba una pluma estilo bolígrafo muggle con tinta dentro y se reservaba esos para cuando tuviera que hacer las tareas de forma más tranquila. Alejó el tintero, colocándolo junto al frasco de cristal a un lado de la mesa, lo más lejos posible de él para evitar darle en algún momento con la mano. Apenas apuntó un par de palabras antes de que lo que hacía Swift llamara más la atención. Dejó el fuego y el hielo en el suelo, y este se extendió como la pólvora, rodeando las filas de pupitres, muy cerca de donde estaba él. ¿Guantes protectores? Echó mano a la cartera, rebuscando entre todos los bolsillos posibles hasta encontrar los de Pociones, aquellos de piel de dragón que servirían también para esto. Si tenía que comprarse luego unos específicos para Encantamientos, lo haría, pero de momento podía tirar perfectamente con eso. Se los pusó y tomó el bote, dispuesto a levantarse para ir a coger el fuego y el hielo y guardarlo, pero entonces se detuvo, al ver cómo uno de los alumnos intentaba cogerlo sin guantes. Sonrió levemente. Su mano había sido apartada con algún tipo de hechizo repelente y Evelyn se acercaba a él. Se aguantó como pudo la carcajada, ante las palabras de la mujer y la cara de vergüenza que había puesto el muchacho. –Lo acaba de llamar imbécil por toda la cara...-, Swift tenía carácter, después de eso ya nadie podía negarlo.
Se levantó al fin y fue a por el fuego y el hielo. No podía negar que era algo atrayente, la manera en que el hielo retenía al fuego pero este no dejaba de danzar de forma controlada. –He was the fire, restless and wild...-, casi sin quererlo, apareció aquella canción en su cabeza, que trató de quitarse pronto. Tampoco era hora de pensar en música o acabaría tarareando más de una canción y le mirarían como si fuera un loco. Estiró la mano, metiéndola entre el fuego que podía moverse. La vio rodeada por esas llamas azuladas, sin hacerle ni un rasguño al guante. No. Más que atrayente, era... incluso hipnotizante. Sin sacar la mano, la bajó hasta tocar el hielo y entonces cerró el puño. El hielo siempre había sido algo sólido. Algo que se podía tocar, coger. Pero el fuego no. Sin embargo, cuando retrajo el brazo y abrió el puño con la palma hacia arriba, ahí estaba. Bailando. Junto al hielo. La observó unos instantes más, antes de darse cuenta de que era de los pocos que aún seguían ahí y entonces lo metió todo en el frasco, cerrándolo de inmediato. Lástima. Le hubiera gustado seguir un poco más con aquel... experimento. Volvió a su sitio y se sentó, dejando a la vez el frasco en el centro de la mesa. Lo observó con atención. Era incansable. Quizá la tarea que les mandaría después –porque sabía que lo haría- tuviera algo que ver con todo eso.
Ya no quedaba nadie recogiendo el hielo y el fuego y Swift volvió a hacer desaparecer lo que había invocado un rato antes. Levantó la cabeza para observar el sitio donde habían estado momentos antes, esperando encontrarse con un surco de quemado sobre él, pero no había nada. Un hechizo hecho a la perfección. Volvió la mirada de nuevo al frasco, sólo unos instantes, antes de apartarlo para volver a tomar a apuntes, si acaso la profesora se ponía a explicar algo más. Sí, en base a qué se formaban. Él sabía perfectamente que el aire estaba hecho de varios compuestos, pero no que las invocaciones se creaban a partir de ellos. Se le acababa de romper el mito de ‘salido de la nada’. Ahora mencionaba algo que parecían utilidades del tipo... –Primeros auxilios-, a él no se le habría ocurrido nunca. Al menos no utilizar el hielo. –Congelación... hipotermia-, el fuego invocado debía de ser increíblemente útil para acampadas en medio de la montaña, cuando caía la noche y no se tenía nada más para calentarse. Y... algún incendio, quizás... Bueno, ahí sí se podría usar el hielo. Si acaso se derretía, serviría para apagar el fuego o bajar la intensidad de la llama... o para retenerlo en algún punto. No tenía ni idea, pero sí demasiada imaginación. Apuntó un par de cosas más antes de levantar la cabeza de nuevo y mirarla.
Se sentó en la mesa y señaló la pizarra. Seichii volvió de inmediato la vista hasta ese punto, mientras la tiza se levantaba y empezaba a escribir. –Ahí está, la tarea...-, era de cajón que iba a mandarla, pero a medida que leía se daba cuenta de que era más fácil de lo que esperaba. Lo apuntó algo más abajo de lo que tenía de la explicación y volvió a releer. Hechizos de Primeros Auxilios. Así a botepronto, se le ocurría sólo uno, pero debía de haber más, sólo tenía que eschar un vistazo en su libro y los encontraría. Lo de las combinaciones ya lo tenía menos claro, pero no debían de ser nada que no pudiera solucionarse con un rato en la biblioteca. Para algo estaba, después de todo. Apartó el pergamino y su pluma una vez lo hubo copiado, aprovechando para cerrar entonces el tintero y acercar de nuevo el frasco. Lo miraba distraídamente, esperando cualquier otra indicación de hacer algo y, cuando subió la mirada, se encontró de pronto con la del cuadro de Helga Hufflepuff sobre él. La mujer en él le sonrió, antes de enfocarse en otro alumno. Parpadeó, desconcertado. –Cuadros espías...-, pensó, viendo cómo con los demás no eran distintos. Cada uno atento a los de su casa, pero... esa vigilancia les hacía resultar incluso... inquietantes. –Dan miedo...-, sobre todo Salazar Slytherin. Tenía una mirada atenta enmarcada por sus cejas, que cada poco tiempo se acercaban una a la otra formando un arruga de disconformidad en el entrecejo. Aquella había sido la casa de su padre. Por unos segundos, no pudo evitar recordar cuando estuvo bajo el Sombrero Seleccionador. Él realmente pensó ir a Slytherin, pero no pasó. Y lo agradecía. No podía evitar darle un significado negativo a esa casa.
Finalmente, el pequeño descanso había acado. La profesora se bajó de la mesa y se acercó hasta los pupitres, para colocarse justo enfrente de ellos. Instrucciones. Apartó la vista de los cuadros, que aún permanecían mudos y vigilantes. Miró el frasco y lo que contenía. Tenía que desenconvocarlo. Podía hacerlo perfectamente, estaba seguro de ello. Era bueno en Encantamientos, podía hacerlo. –Puedo-, se repitió mentalmente. Destapó el frasco, mirándolo por encima, y metió la mano entre la túnica para sacar su varita. Observó durante unos instantes la S grabada en mango. Seichii. Sasamine. Shitta. Podría ser letra de cualquier palabra. Quién sabía con qué intención había sido puesta ahí. La movió de forma distraída durante unos instantes, antes de apuntar hacia el frasco. Veamos... ¿cómo lo había hecho Swift? Ella había usado varita, pero no había murmurado ningún hechizo. “Era un movimiento algo... así”, giró la muñeca con brusquedad, sin dejar de señalar hacia el frasco. Pero no había pasado nada. Gruñó. Intentaría con lo único que sabía. Volvió a hacer el movimiento. “Finite incantatem”, musitó. Nada. Alzó una ceja, con la mirada puesta en el bote. ¿Invocaciones a prueba de bombas o qué? No era persona de mucha paciencia. No era una virtud que hubiera aprendido de Hald. De hecho, lo que había aprendido de Hald eran más bien... todas las cosas negativas, y los gustos.
Sin embargo, se distrajo. Siguió con la mirada a la profesora cuando se acercó más a los pupitres, específicamente a un alumno de Slytherin que reconoció de inmediato. El prefecto. No recordaba su nombre, pero él era. Había logrado hacer desaparecer el fuego pero el hielo había llenado el bote e incluso salido de él. Sonrió al ver cómo en Kneazle se podía a jugar con algunas esquirlas de hielo sobre el suelo. Precioso animal, sin duda. Volvió a vista a su propio frascos, aunque sin desviar la atención de lo que estaba diciendo Swift. ‘Al menos lo ha intentado’. A él aquello no le bastaba. Tenías que estar convencido de algo para hacerlo y que te saliera bien, porque entonces no valía la pena. Así debía de ser. Así era para él. “Veamos...”, murmuró para sí. Tocó con la punta de la varita el fuego dentro del frasco, antes de dar un par de golpecitos en los bordes de la boca de este. “Finite incantatem”, repitió, con voz más clara y de forma más lenta. Por unos segundos parecía no haber pasado nada, hasta que la llama empezó a titilar de forma cada vez más seguida y luego se replegó sobre sí misma, desapareciendo con un siseo. Parpadeó. “¿Está hecho?”, dejó la varita en la mesa y tomó el frasco, mirando en su interior. Ni rastro de la llama, y no le había pasado lo que a su compañero. El hielo seguía en su sitio. Con exactamente el mismo tamaño.
No sabía cuánto tiempo le quedaba de práctica, pero... Bueno, podía intentar hacer desaparecer el hielo. Tomó su pluma y escribió en sus apuntes cómo lo había hecho, aunque casi no lo tuviera muy claro. Con hielo tal vez habría que repetir el proceso. Sólo esperaba que no empezara a crecer descontroladamente como le había pasado al prefecto de Slytherin. Suspiró. –Pues vamos allá...-, golpeó de nuevo la boca del frasco con suavidad. –Finite incantatem-. Silencio. Tensó el brazo, aferró con más fuerza la varita. Silencio. Parpadeó. Silencio. Gruñó. “Algún día dominaré los hechizos no-verbales”, masculló para sí, enrabietado. Era joven pero tenía un gran manejo de su magia, y había visto a chicos y chicas de su edad que los dominaban a la perfección. Al parecer no era su caso. Qué importaba. Lo lograría algún día, pronto a poder ser, qué diablos. No tenía por qué ser el mejor en todo, tampoco lo quería, aunque empezaba a darse cuenta de que su orgullo era algo... grande. Se pasó la mano enguantada por el rostro y luego porel cabello, colocándose el flequillo hacia atrás para que no le molestara. Podía hacerlo. “Otra vez”, musitó para sí. Volvió a hacer exactamente lo mismo. “Finite incantatem”, nada. Otra vez no había pasado nada. Costaba más de lo que creía, cuando la profesora lo había hecho como... como si nada. ¿Le habría costado mucho tiempo y esfuerzo lograr dominar esa técnica? Balanceó la varita. “Tengo que poder hacerlo.”
Cuando levantó la mirada, se encontró de nuevo a Helga Hufflepuff mirándole. Suponía que debía de vigilar el desempeño de todos los alumnos. Parecía atenta, demasiado, hasta el punto que ya no sonreía... y aquello le hacía sentirse algo incómodo. “Puedo hacerlo”, masculló, aunque quizá un poco más alto de lo que esperaba, casi como si quisiera decírselo a ella. Helga sólo sonrió antes de enfocarse en otro alumno de Hufflepuff. –Soy tan digno como cualquier otro alumno de las demás casas...-, era de la casa de Helga y se sentía orgulloso de ello, porque ella representaba los valores que más amaba. La lealtad. La responsabilidad. La perseverancia. ¿En qué se quedaba una persona noble si no era leal? ¿Y una astuta si no era perseverante? O una persona altamente inteligente pero irresponsable. Ellos solían ser tapados por el resto de casas, pero eso no les quitaba su valía. “Finite incantatem”, dijo, con algo más de fuerza y giró la muñeca, imitando de manera inconsciente aquel movimiento que había visto hacer a la profesora antes. El hielo empezó a reducirse lentamente. Por unos instantes, le pareció que se estaba derritiendo pero, aunque el efecto era casi el mismo, no había agua. Lo vio desaparecer delante de sus ojos, despacio, de manera gradual. No lo había hecho como la profesora, que había logrado que desaparecieran al instante, volviendo a su nada natural, pero... lo había hecho. Y no es que fuera a presumir de ello, pero era un logro, viendo que no había muchos que lo hubieran logrado. Subía puntos a su orgullo.
Se acomodó bien en el asiento, balanceando tranquilamente la varita y viendo el bote vacío, antes de darse cuenta de que... bueno, no estaba tan vacío como creía. Había agua en el fondo. Muy poca, pero estaba ahí. “Ejem... no podía ser perfecto”, se excusó ante sí mismo. Daba igual, el caso es que lo había hecho. Se llevó la mano a la cabeza y se revolvió el cabello suavemente. La profesora bajaba las escaleras, quitándose el guante de dragón. Debía de haber acabado casi la clase. No pudo evitar sonreír con tranquilidad al escucharla. Otra amenaza implícita, aunque su buen humor no se lo quitaba ni con amenazarle explícitamente con echarle alguna maldición. Empezó a sonar la campana de la torre y la puerta se abrió al instante. De inmediato se hizo el alboroto. Gente que empezaba a recoger, algunos que ya se levantaban y bajaban escaleras. Ruido de sillas, mesas, pisadas... Seichii dejó a un lado el bote y empezó a recoger también sin darse prisa. Vio como su hermano abandonaba el aula de la mano de Ethian. Metió sus útiles en su cartera, uno a uno y se la colocó de nuevo. Se levantó y colocó bien la silla, antes de bajar rápidamente las escaleras, saltando las tres últimas, como acostumbraba a hacer en aquella aula. Le encantaba esa distribución. Se había sentado más de una vez en la última fila y se veía absolutamente todo, no como en otras aulas donde las cabezas de sus compañeros tapaban bien la vista. Se dirigió a la salida. “¡Adiós!”, exclamó a la profesora y su intención era salir pero se detuvo un instante para observar los cuadros de los fundadores. Los recorrió uno a uno con la mirada y se detuvo en Helga, que le sonreía. Le devolvió la sonrisa y cruzó el arco de la puerta. Parecía casi una aprobación. Y él se había olvidado completamente de Dagda Breen.
Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza.
Arthur Rimbaud.
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Seichii Shitta
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Autor: Marshall Eysenck el Dom Ene 25, 2009 12:58 am
Si no fuese porque había escuchado los rumores que hablaban de un nuevo profesor de encantamientos, hubiese preferido quedarse en cama el resto de la mañana, cobijado cálidamente entre las sábanas, protegido del frío y disfrutando de aquellos dulces sueños de conquista mundial y poligamia legal, por decir algo. Y aunque su curiosidad no se viese demasiado movida por los rumores, sabía que tenía la obligación de asistir y, además, podría de esa manera leer al nuevo docente a través de la primera impresión que quisiera dar. Nunca creía él en primeras impresiones premeditadas. No había cosa más falsa que una presentación consciente, como las de las entrevistas de trabajos, presentaciones arregladas y encuentros establecidos. Era lógico que en tales ocasiones uno tratara de mostrar lo mejor. Y lo mejor no era todo y muchas veces ni siquiera era lo real. Así que, sin muchas ganas, había abandonado el refugio de su cama y tras arreglarse con el mismo cuidado de siempre, maldiciendo el frío que amenazaba con querer lastimar sus labios, salió de su sala común, fijándose en el reloj, calculando lo que le quedaba por hacer y el tiempo que le tomaría. No quería llegar demasiado temprano a la clase, pero más le valía no arriesgarse a llegar tarde.
Desde hacía tiempo que estaban llevando la clase de encantamientos con Catherwood, lo pensaba ahora que caminaba por los pasillos, con rumbo a la clase; porque el profesor Breen había pedido un permiso, hacía meses. Sin embargo, aquella historia, aunque convincente al principio, había caído como una gran mentira ahora que alguien más tomaba su cargo. Quizá en otras circunstancias no fuese algo de lo que debiese sospechar y lo hubiera pasado por alto, pero... era imposible negar que habían grandes cambios. Aunque todo pareciese normal, bajo la superficie pasaban cosas y él lograba darse cuenta. Él y otros compañeros, lo sabía, comenzaban a sospechar, sobre todo los de los cursos superiores, que parecían tener una noción más amplia de las cosas y se daban cuenta de los sutiles cambios y del tenue enrarecimiento del ambiente. A él le hubiese gustado estar enterado, aunque prefería mantenerse alejado del asunto, pero el conocimiento del mismo siempre era beneficioso. Si se sabía contra qué se luchaba, era más fácil defenderse. Y también podría proteger a otros. No era que desconfiara de las habilidades de Yukiy, pero era su hermano pequeño y no podía deshacerse de la sensación de fragilidad que había quedado grabada en él en referencia a su hermano, desde hacía mucho tiempo. Si algo malo sucedía, si las cosas se ponían peligrosas, su prioridad sería su hermano.
Finalmente, entre pensamientos que fluctuaban, que crecían y luego se desvanecían, llegó a la entrada del aula. Antes de entrar miró la hora en su reloj y se sonrió. Justo a tiempo. Y resuelto, entró al aula, observando a su alrededor. Creyó sentir sobre él la mirada penetrante de Salazar Slytherin, aunque, al girar el rostro y contemplar a la reina Maeve por unos segundos se cuestionó sobre si el peso de la mirada era efectivamente del fundador o si acaso había llegado de parte de aquella majestuosa mujer. Tras encontrar su asiento, a mitad de una de las filas centrales, aprovechó para observar a la nueva profesora mientras iba a sentarse. Ella, con el cabello de ébano y despojada de la túnica, permanecía apoyada contra el escritorio, simplemente esperando la llegada de la hora. Marshall no sabía si estaba nerviosa y tampoco si debía de interpretar aquello de cruzarse de brazos como una manera de escudarse, que era como solían interpretarse tales gestos del lenguaje corporal. Oh, sí, eso podría ser. La actitud que mostraba al estar ahí, esperando, podría ser una manera de querer demostrar seguridad, pero había detalles que le traicionaban. Pero miedo... no era, sencillamente, Marshall lograba verlo. Prefirió detener su burdo intento de análisis y decidió concluir con que la profesora, como cualquier persona normal, debía sentir una leve ansiedad al ser la primera clase ante ellos y de inmediato desaparecería.
Lo siguiente que podía decir, esta vez con total seguridad, era que la nueva profesora era guapa. Bajita, pues estaba seguro que le sacaba por lo menos veinte centímetros, pero aquello no tenía nada de malo. Su cabello, tan oscuro, resultaba un atractivo indudable, en contraste con su piel tan clara. Guapa. Y además joven en comparación al resto de los profesores. Eso era algo que no había alcanzado a escuchar en los rumores que corrían por ahí y había esperado encontrar a una profesora... distinta. Lo cual no era malo, francamente. Y aunque él solía dejarse llevar por cosas como el atractivo físico, había cosas que llamaban mucho más su atención. El sonido de las campanadas anunciando la hora de la clase le sacó de aquellas divagaciones y le hizo desviar la vista un momento, mientras se preparaba mentalmente para aquel rato de clase, añorando en el fondo la tranquilidad de su cama. Le hubiera gustado tanto permanecer ahí...
Repentinamente escuchó la voz de la profesora, por lo que fijó la vista en ella, notando la mirada y la sonrisa que se formaba en los labios de la mujer. ¿Aquellas palabras qué más le dejaban ver? Aunque la voz era suave y agradable, el tono con el que salían las palabras dejaba ver que la profesora parecía capaz de imponer disciplina con facilidad. Más bien, darse a respetar. Bien, no por nada siendo relativamente joven era capaz de obtener un puesto tan difícil como el de profesora en Hogwarts. Se lo había ganado, supuso. Sonrió para sí mismo, memorizándose con facilidad el nombre. Después se entretuvo algunos momentos observando las reacciones del grupo en general, que pasaban por desconcierto hasta indiferencia. Él, sencillamente decidió seguir tratando de entender las actitudes, olvidándose por momentos de que aquella era una clase y no uno más de sus juegos o de un experimento más propio de sus ratos de ocio. Justo en eso alcanzó a ver una mano cercana que se alzaba, algo dubitativa. Observó la reacción de la profesora Switf y estuvo tentado a dibujar una sonrisa al escuchar las palabras de la profesora. Oh, sí, la fama de Owley traspasaba fronteras y era ya una leyenda. Marshall no entendía como alguien tan blando como su padre podía haber pasado las clases de ese estricto profesor. Casi podía sentir lástima al imaginar eso. Y ahora que lo pensaba, era muy posible que Owley le hubiese dado clases a la profesora Switf también. Y ahora compañeros, qué giros daba la vida.
Las palabras del jovencito que preguntaba le hicieron desaparecer aquellos pensamientos de ironías y cosas curiosas de la vida, obligándole a centrarse en la respuesta que la profesora diese, en parte movido por un interés que rayaba en la mera curiosidad infantil y por otra parte, como parte de la evaluación que pensaba hacer de las capacidades de la profesora, aunque estaba bastante seguro de que debía ser muy apta para el puesto que tenía. Tricampeona de duelos. Si no fuese porque él estaba poco interesado en aquellas cosas, seguramente la hubiese recordado de alguna revista. Algunos de sus compañeros tenían revistas y cosas así, era probable que en algún momento ella hubiese aparecido, aunque fuese en una pequeña entrevista, aunque dado el título de tricampeona, seguramente en algún número pudiesen darle prioridad. Recabó en su mente la información, memorizándola con cuidado de no perder aquellos datos, en un acervo imaginario donde guardaba aquellas memorias carentes de aspecto humano, las que eran mera información, quizá un poco contaminada por impresiones, como aquellos gestos de la profesora o el carácter que en ella comenzaba a descubrir, comenzando a perfilarla en el espectro de personalidad, aunque aún era sólo un esbozo que tardaría mucho en ser apenas algo distinguible. Pero la entrada de la información desapareció pronto, pues el interrogatorio fue acabado con las palabras de la profesora. Se contagió por un instante del gesto en el rostro de la chica que no había podido formular su pregunta, pero sonrió poco después. Ya habría más oportunidades.
Apenas se fijó en el felino que sobre el escritorio se movía, pero al echar un vistazo rápido a través del rabillo del ojo a los alrededores, logró notar que varias personas quedaban prendadas del animal. -Es sólo un kneazle.- Pensó, mirando al animal al igual que algunos otros, aunque él trataba de descubrir qué era eso que llamaba tanto la atención de los otros. No logró encontrarlo y prefirió fijar la vista en la profesora, siguiendo sus movimientos y la observó ponerse el guante en la mano. ¿Práctica? ¿Una demostración? Ya lo sabría. Y la sonrisa regresó a sus labios al observarla crear fuego en la palma de la mano enguantada. Era un fuego saludable, de un hermoso celeste que se batía y se dispersaba en el aire al alcanzar cierta altura. Muy parecido al fuego producido por el gas de una estufa muggle. No era para él desconocido el cómo se producía tal fuego, aunque admitía que el que él había logrado crear alguna vez resultaba... bastante patético, una llamita medio muerta de un grosero naranja. No era él un invocador de fuego, ya lo sabía, aunque estaba bien, sabía hacerlo ¿no? ¿Qué más importaba? Y sin embargo, aunque no fuese importante, no pudo evitar sentir cierta admiración tras escuchar las palabras de la profesora Switf y ver el nacimiento del hielo que nacía de la llama. Hermoso, sencillamente y más que eso, una demostración completa del control que Switf tenía sobre sus encantamientos. Una muestra de poder, una demostración de valía y un espectáculo lo suficiente interesante como para captar la atención de la mayoría del alumnado en clase.
-Es una buena estrategia.- Admitió, sin evitar cierta empatía ante la inteligencia demostrada por la nueva profesora. Se preguntó si sería la primera vez que ejercía de profesora o si acaso ya tenía alguna otra experiencia. Como fuese, apenas alcanzó a escuchar la explicación de la profesora, rescatando palabras sueltas de aquí y hallar, haciéndose una pequeña idea general, aunque igualmente no le halló demasiado sentido. Sólo que lo de congelar le remitía de inmediato con Owley y su cueva que emulaba una cueva del Himalaya o algo así. Un suave escalofrío le recorrió al recordar aquella clase, el efecto del imperius y el llanto y grito ahogados que escuchó y que aún no podía sacarse del todo de la cabeza. Pero los recuerdos fueron suavemente alejados a causa de la imagen del fuego esparciéndose en el salón por aquel camino que asemejaba el camino trazado por un canal artificial que pasase por un sembradío. Pudo notar cómo el aula se iluminaba un poco más, ante el fuego azulado que se veía multiplicado por el reflejo en la superficie lisa y pura del hielo que le abrigaba. Práctica, no demostración. Soltó un suspiro de resignación. No que no le gustase, pero le daba pereza. Él era más del tipo auditivo que kinestésico y por tanto, le era más sencillo grabarse las cosas con sólo escucharlas, en lugar de tener que hacerlas. Pero bien, cada quien su método y la clase parecía mostrar un poco de todo, así que quejarse no podía. Buscó sus guantes protectores, agradeciendo mentalmente, al encontrarlos, el no haberlos dejado en la habitación como casi había sucedido y se los puso, sintiendo el cambio de la temperatura en sus manos. Era verdad, el frío seguía estando incluso en esa aula. A ver si llevaba también la crema humectante, porque no soportaría tener sus manos resecas a causa del frío ambiente.
Se apuntó mentalmente eso de revisar si llevaba su crema para que en caso de no ser así, pedirle a alguien, de preferencia a alguna chica, que solían usar buenas marcas. Y casi al instante de que el pensamiento se guardase, escuchó la voz de la profesora y girando el rostro en su dirección, la vio reprender a un chico. ¿Coger la mezcla ésa con las manos descubiertas? -Idiota.- Sentenció inmediatamente. ¿Quién era capaz de someter su cuerpo a cosas tan estúpidas y más que nada, nocivas y antiestéticas? Él no tenía marca alguna y teniendo clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, salir ileso no era fácil. Qué vergüenza sería librarse de heridas en la clase de Owley pero herirse por no usar unos simples guantes en encantamientos. Aguzando el oído, escuchó un poco más, aunque Switf hablaba para que todos le escucharan, señal de advertencia para todos. Autoridad. Control. Marshall se sonrió mientras recogía con cuidado una parte de aquel fuego y hielo mágicos. La profesora Evelyn Switf parecía saber imponer orden, aunque siendo la primera clase, no podía asegurar nada. Antes de empezada la clase, habiendo visto los botes vacíos, había llegado a preguntarse para qué serían, augurando práctica, aunque hubiese preferido que no fuese así. Ahora sus sospechas se veían confirmadas y se veía a sí mismo metiendo la mezcla heterogénea y por momentos hasta de apariencia artística, dentro del bote. Eso no había sido difícil. Pero estaba seguro de que ello no sería todo.
Con un movimiento de varita ágil y ligero, los remanentes de las invocaciones desaparecieron del suelo y pronto lo único que quedó fueron los trozos que permanecían dentro de los botes, con el hielo estático y cristalino y el fuego celeste inquieto y danzante. Marshall pensó, al mirar su bote con ambos elementos, que podría ser un adorno mucho más interesante que las lámparas de lava. Y se vendería porque a la gente le encanta comprar cosas inútiles mientras sean baratas. -Esta cultura consumista...- Se lamentó, aunque en su tono mental estuviese más que divertido por sus propios pensamientos, deseando citar a Marx o a algún economista famoso. Escuchó la voz suave de la profesora, que contrastaba aún con su tono un tanto frío. Contraste interesante, debía admitir. Quitándose los guantes apuntó en su libreta algo de lo que la profesora decía. Partículas elementales, ¿ciencias? no estaba ahí para aprender ciencias, sino magia y la magia no tenía sentido si sus secretos eran revelados. Casi como la labor de un prestidigitador. Primeros auxilios. Por unos momentos, quizá demasiado largos, no supo relacionar aquellas invocaciones con algo como los primeros auxilios, pero desistió al poco, habiendo encontrado un par de maneras de relacionar ambos conceptos en alguna situación práctica, mas ninguna le satisfacía lo suficiente. Simplemente se limitó a anotar que tal relación existía y sonrió con algo de amargura revestida de un sabor burlón al pasar por su mente la idea de que Switf les estaba dando aquella información para poder socorrerse unos a otros en las clases de Owley, lo cual, ciertamente, no era una idea tan descabellada.
La sonrisa extraña desapareció pronto y Marshall observó la tiza que escribía sobre el pizarrón. –Tarea-. Pensó con algo de fastidio que ahora tendría algo en qué gastar su tarde, porque ni de broma se pondría a hacer deberes después. Mejor terminarlos a tiempo. ¿Hechizos reanimadores? No, no encontraba la relación, aunque supuso que debía existir si Switf lo había puesto así, pero a Marshall no se le ocurría nada. Apuntó en uno de los márgenes de su carpeta un pequeño comentario sobre cómo buscar la tarea y al terminar de apuntar, cruzó ambos brazos sobre la mesa y acomodó la cabeza ahí, cuidando de no despeinarse. Dagda Breen también solía trabajar bastante con teoría, si bien lo recordaba. Se preguntó qué habría pasado con él y de nuevo sintió pesado el ambiente. Ante la mirada de la Reina Maeve y los fundadores de la casa, Marshall creyó sentir más peso y presión de lo habitual. Se enderezó pronto en el asiento, en posición recta, enfrentando con la mirada en alto todo lo demás. Pero la sensación aún quedaba ahí. Era un mal presentimiento al cual no quiso hacer caso, centrándose ahora en el movimiento de la llama, hasta que la profesora volvió a hablar, cuando ya el rasgueo de las plumas contra los pergaminos había casi desaparecido.
Desaparecer ambos elementos era la orden y aunque el principio sencilla, Marshall sabía que no lo era tanto. No lo era ni crear el fuego ni desaparecerlo. A menos de que se tuviesen cerillas para crearlo y un poco de agua para apagarlo. Pero no. Observando en el interior del tarro, veía que pese a que se tocaban, el fuego no derretía el hielo y por lo tanto, no había agua que pudiese apagarlo. No sabía si era el tipo de encantamiento o si la magia de la profesora era capaz de mantener regulados todos los fragmentos de la mezcla que estaban dentro de los tarros. O quizá los tarros eran lo especial. Negó con la cabeza, soltando un leve suspiro y golpeando con la recién sacada varita la parte inferior del tarro. No era tiempo de pensar en eso y tampoco era lo que la profesora les había mandado hacer. Cerró los ojos, buscando concentrarse, pues sabía que era un paso muy importante, pero su mente parecía negarse a buscar un punto fijo y se desviaba como una cadena con hipervínculos que viajaban y creaban una red demasiado intrincada. Abrió los ojos, mirando fijamente el hielo por unos momentos. ¿Tenía que desaparecer ambos al mismo tiempo? Supuso que podría desaparecer primero uno y luego el otro, aunque... ¿no estaban ambos elementos en relación? No lo creía. Agitó la varita sobre el tarro abierto y trató de romper el encantamiento. Falló, la primera vez, estrepitosamente, principalmente porque olvidó por completo las palabras que debía decir, según él. Pero aunque hubiese sabido, estaba seguro que hubiese errado igualmente. Seguía disperso, pensando en esto y en aquello, fijándose en la textura de sus manos y esperando llevar entre sus cosas un botecito con la dichosa crema. Y si traía algo para el cabello, mejor, porque creía que por el clima comenzaba a encresparse.
- Concentración... - Se dijo, resuelto ya, tratando de quitarse pensamientos así de su cabeza. Pudo ver que la profesora iba con un alumno de cuyo tarro sobresalía algo de hielo y en el suelo los fragmentos resquebrajados de ese mismo hielo servían como juguete del kneazle de Switf. Y en el suelo el hielo sí se derretía, Marshall pudo notarlo por la estela de humedad que estos dejaban mientras el felino jugaba con ellos. Lo que eso podía significar, no lo sabía, pero era un dato que se guardó por si acaso. Suspiró una vez más y volvió a la labor, no sin antes mirar con cierta molestia las figuras de los cuadros que se presentaban ante él como pequeños acosadores y críticos que espiaban sus movimientos. -Bah...- gruñó después. Si ellos estaban esperando algo, él iba a dárselos. Alzando la varita, hizo la floritura de rigor para el encantamiento que haría y en su mente formuló un 'Finite incantatem', esperando que en ese momento se desvanecieran ambos elementos y en su lugar quedara un pequeño vacío. Pero no, el fuego seguía tan vivaz como siempre y el hielo se veía idéntico, sin cambio alguno. "Maldita cosa..." Musitó, observando la varita y después el tarro. Se suponía que tenía que desaparecer, ¿por qué no? -Te rebelas, ¿eh? Malditas invocaciones rebeldes.- Aunque cabía la posibilidad de que fuese él quien cargaba las culpas. Y los cuadros seguían mirándole. No sólo a él, eso era cierto, pero de vez en cuando podía sentir la mirada de Helga Hufflepuff, como esperando algo o la de Godric Gryffindor que en una ocasión se cruzó con la suya.
-A lo mejor si le soplo al fuego...- la descabellada idea le pasó por la cabeza y le hizo sonreír por lo ingenua y estúpida de la misma. Había que tomarse las cosas con humor, después de todo. Cerró los ojos, inhalando profundo y al abrirlos de nuevo, movió la varita, concentrándose lo más que pudo en lo que deseaba hacer. "Finite Incantatem..." Dijo, en voz baja, obligado a hacer el encantamiento de manera verbal, esperando que funcionara de esa forma, porque en modo no-verbal no le había funcionado. Esperó. Le hubiera gustado tener una regla, a ver si seguía midiendo lo mismo o si había logrado hacer desaparecer esas cosas al menos un poco. Pero sencillamente, no había cambio alguno. Tuvo deseos de tomar el jarro, ponerle en el suelo y darle tal patada que lo arrojara contra el pizarrón. Oh, sí, eso sería un gol perfecto coronado con una lluvia de cristales y esquirlas de hielo. Lindísimo. Pero no podía hacerlo, así que hubo de conformarse con lanzar su mirada más penetrante al tarro y a su contenido como si se tratase de un ente vivo y tras unos segundos de eso, se decidió a dejar las cosas así. Total, no pasaba nada con no poder eliminar aquello, simplemente le decía que tendría que seguir practicando. Marshall sabía que aquello no restaría puntos a su imagen, estaba demasiado arriba en la escala de la genialidad, la perfección y la belleza en todos sentidos que un fallo tan pequeño apenas era a su ego un golpe tan leve como el causado por una brizna de hierba que golpease su espalda. Nada.
Por mera inquietud y por hacer algo, movió la varita repetidas veces en florituras distintas, con giros de muñeca experimentales. "Finite incantatem" Ordenó con voz firme, sólo por probar y así un par de veces, sin despegar la vista de aquellos elementos enemigos que se habían rehusado a dejar de existir poco antes. "Finite incantatem" Volvió a decir, cuando de pronto dentro del frasco no había nada. "¿Eh?" No pudo evitar la ligera exclamación, mientras tomaba el tarro con la mano y lo examinaba. Apenas uno que otro residuo de humedad remanente del hielo, pero nada más. -Vaya suerte...- Se dijo, conteniendo la risa que quería escapar debido a la gracia que todo aquello le provocaba. Una situación hilarante, había que admitirlo. Aún así, se anotó mentalmente practicar un poco más, porque la suerte no le iba a funcionar siempre. -Oh, fortuna, emperatriz del mundo.- Clamó con diversión, acomodándose en su asiento, recordando de pronto el detalle de la crema, tomando su mochila y comenzando a buscar entre sus cosas. Su vista percibió, en un instante en que levantó la vista, que la profesora pasaba cerca de él. Su primera impresión había sido buena y aunque él prefería no creer en primeras impresiones, esperaba que el sabor de boca que le había dejado el carácter de la mujer no cambiase. Que no fuese a decepcionarles. Aunque antes no había advertido el detalle, repentinamente llegó a relacionar los eventos adversos que parecía que se avecinaban con el hecho de que la profesora fuese campeona de duelo. -Si algo ocurriese...- ¿Sería ese el verdadero propósito de tenerla a ella de profesora?
Sus conclusiones y el camino que comenzaban a seguir sus pensamientos fueron repentinamente interrumpidos por la voz de la profesora. Con una sensación extraña aún instalada en su pecho, Marshall sonrió. Aún no había sucedido nada de verdadero peligro, aún las cosas estaban bien y todo seguía su curso con una normalidad abrumadora. Encerró la tarea con un bolígrafo rojo y la marcó con un poco más de fuerza para ser lo primero que viese al mirar sus apuntes y comenzó a guardar todo en cuanto el sonido de las campañas comenzó a escucharse anunciando el fin de la hora. Se levantó, aún rebuscando en su mochila aquel botecito que estaba seguro que llevaba y se despidió de la profesora sin palabras, con la actitud despreocupada que él gustaba de mostrar, fuese o no verdadera. Switf había cumplido con las expectativas, superándolas en mayoría. Salió de ahí con paso rápido, rebuscando entre sus cosas. Debía estar ahí la crema, estaba seguro que la había echado esa mañana...
<i>Ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo</i>
<b> Friedrich Nietzsche</b>
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Marshall Eysenck
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Autor: Helena Kirkpatrick el Dom Feb 01, 2009 7:12 am
“¡¡JULIETTE MCENROE ES UNA MALDITA PELLERA!!”, cerró de un portazo la puerta de su habitación, haciendo que retumbaran levemente las paredes. Estuvo a punto de darle una patada pero acabó deteniéndose a medio milímetro de la madera. La puerta no tenía la culpa, después de todo. Juliette la tenía. E iba a vengarse, algo como... hacerle ir corriendo al Aula de Adivinación la próxima vez. Por ejemplo. Algo que fuera especialmente sádico en opinión de su amiga, que la agotara y se arrepintiera de querer saltarse la clase de Encantamientos. ¡O hacían pellas todas, o ninguna! Se recompuso el uniforme, metiendo la camisa por dentro de los pantalones y apretándose un poco más el cinturón. Nunca le habían gustado las faldas. Demasiado estúpidas para ella y ¡encima la obligaban a mantener las piernas pegadas todo el rato! Eso era demasiado incómodo. La corbata creía llevarla perfecta –a fin de cuentas nunca deshacía el nudo- y el pelo... Resopló y se acomodó como pudo los mechones que ya se escapaban de la coleta. A Juliette no pudo ocurrírsele algo mejor que tirarle un cojín a la cara cuando empezó a tirar de su brazo para levantarla de la cama e ir a clase. Pero no. Juliette prefería quedarse durmiendo.
-Y quién no...-, bajó las escaleras que llevaban hacia la Sala Común. Con un movimiento casi teatral, se acomodó bien la cartera de modo que no le molestara al andar. La verdad es que ella también habría preferido quedarse en la cama, pero tenía demasiada curiosidad para eso. Ya había oído rumores de que la noche anterior había llegado al colegio una profesora nueva, sustituta de Breen, pero no sabía nada más. Alexandrine debía de estar más enterada –después de todo era una Darmstadt y ellos parecían llevar el cotilleo en la sangre-, pero tampoco había tenido tiempo de preguntarle. Y la muy tonta... Para alcanzar a esa había que madrugar demasiado. Helena no terminaba de entender cómo podía ser tan madrugadora, tan puntual, tan responsable... Según ella, a los catorce años era prácticamente imposible. –Es que estoy segura que ella realmente es una mujer amargada de treinta y tantos a la que han metido en un cuerpo de niña-, sentenció. Bajó los últimos escalones prácticamente trotando. -¡Y la verdadera Alexandrine está atrapada en el cuerpo de una maruja adulta! Qué horror-, o quizá... quizá es que ella misma estaba demasiado malinfluenciada por Wilhelm y su... Síndrome de Peter Pan o como se llamara aquello.
Abandonó su Sala Común ante la mirada algo atónita de algún que otro alumno que parecía simplemente pasar por el lugar. A ella no le pesaba lo más mínimo si sabían o no que había sido la artífice de ese portazo que había retumbado como si les hubiera caído una bomba. Tenía suerte que el Jefe de su Casa no fuera Owley, porque si no... Le recorrió un escalofrío, pero a la vez no pudo evitar sonreír, ligeramente divertida. Si Ben hubiera hecho algo así, Owley habría salido tras él como si se tratase de un perro de caza detrás de alguna perdiz. A veces parecía que acechaba a los alumnos en cada rincón esperando que cometieran alguna infracción para castigarlos. Y... ¿cuánto tiempo llevaba impartiendo DCAO en ese colegio? Porque si mal no recordaba, su padre lo había tenido de profesor muy poco tiempo. Bah, a ella qué le importaba. No era como si eso fuera a cambiar el hecho de que tendría que aguantarlo hasta que se graduara. Otros tres años con él, aparte de lo que le quedaba de curso... esperaba sobrevivir, francamente. O que al menos Owley tuviera muy desagradables consecuencias si acaso moría en su clase.
Pero... No era tampoco de pensar en eso. No tenía Defensa, sino Encantamientos y Dagda siempre le había agradado. Un profesor sencillo, paciente y quizá un poco estricto dentro de sus clases, pero al menos cumplía perfectamente su función y ni se excedía ni se quedaba corto, aunque... también era cierto que con los pequeños era mucho más permisivo que con ellos. Como siempre. –A fin de cuentas sólo son unos enanos-, a ella el asunto del permiso de Breen le inquietaba, sí, como a casi todos, pero le era fácil enfocarse en otras cosas y olvidarse de eso concretamente. Según muchos, significaba algo malo. Según ella, también, aunque no por ello descartaba otras posibilidades. Quizá simplemente su mujer acababa de tener un bebé y él había decidido tomarse parte del permiso de maternidad para él y... -¿Los magos también tenemos de eso?-, estaba tan acostumbrada a la vida muggle por culpa de la educación que les había dado su padre que... ya ni siquiera sabía muy bien las propias ‘costumbres’ de los magos. –Aunque lleva ya tanto tiempo desaparecido...-, de cualquier modo, esperaba realmente que todo fuera así, tal como quería imaginarlo: a Breen le había surgido algo importante que por supuesto no tenía absolutamente nada que ver con lo del Unicornio, el resto de acontecimientos y la paranoia general levantada entre los adultos, el primero de los cuales parecía ser Wilhelm. Lo suyo sí que era paranoia.
Pero también era cierto que todo... pintaba bastante mal. Owley parecía estar realmente... preocupado. O, más que eso, tenso, por todo lo que estaba pasando. Sabía muy bien que al ser el profesor de DCAO, caía sobre él gran parte de la responsabilidad que era la seguridad de todos ellos, los alumnos de Hogwarts. Suspiró. Qué más daba. Suponía que... llegado el momento, les informarían, les ayudarían. Sobre todo en caso de que pasara algo realmente malo. Mientras tanto, ellos no podían hacer nada. Y mucho menos los de los cursos más bajos, aunque ella se encontrara ya en un nivel más intermedio. Sería mejor que se concentrase únicamente en sí misma y ya, sin preocuparse ni por unicornios muertos, adultos paranoicos o profesores que parecían haber tomado un viaje de ida al triángulo de las Bermudas o algo. –Eso es. Qué más da-, estiró levemente los brazos, mientras iba trotando ligeramente por el camino, más por costumbre que por temor a llegar tarde. No veía a Alexandrine por ningún lado... Probablemente ya estaría sentada allí. Era hasta capaz de apostar por eso. Qué lástima que Ben no estuviera cerca para hacerlo. De hecho, no sabía si tenía también clase de Encantamientos o alguna otra.
Finalmente se detuvo unos segundos frente a la puerta, aún abierta, y asomó la cabeza antes de cruzar el umbral. Había una mujer allí, frente al escritorio. Morena y más o menos tan bajita como ella. –Aunque seguro que no tiene un hermano que pronto le sacará una cabeza...-, ¿era ella la sustituta? ¿de la que hablaban los rumores? Miró alrededor. El cuadro de Circe, colocado donde siempre, al igual que el de la reina Maeve. Pero... juraría que la última vez que estuvo en ese aula los Fundadores no estaban allí. Y aquel animal que se asemejaba a un gato tampoco. –Debe ser suyo...-, estaba segura de haber visto criaturas como esa antes. En... algún libro, pero no recordaba el nombre. –Algo con k. Kezle o no sé, algo así.-, echó otro rápido vistazo, buscando a Alexandrine con la mirada. La encontró ahí, en la primera fila, y la saludó con la mano. Lástima que el asiento a su lado ya hubiera sido ocupado por una persona que ni siquiera conocía. –A la próxima al menos podría esperarme-, refunfuñó para sí, subiendo por uno de los pasillos para sentarse en una de las filas intermedias. No debía de quedar mucho para que empezase la clase. Vamos, que ella no era tan puntual como para que aún tuviera que esperar. Una de las ventajas de ir con el tiempo siempre pegado a... donde la espalda pierde su nombre, sí. Aunque solía salir un poco más librada en algunas asignaturas, como en DCAO y Encantamientos –más bien por las consecuencias que tenía llegar tarde- y a veces incluso a Adivinación, por respeto a Josephine. Pero por lo demás...
Observó los cuadros de los Fundadores. Godric, Helga, Rowena y Salazar. ¿Por qué Salazar tenía esa mirada tan... fulminante? –No, si desde luego jamás entenderé por qué mi hermano fue a esa casa...-, lo entendía de Wilhelm. A fin de cuentas, era incluso frío a veces y, aunque estaba mal que ella lo dijera, tenía casi más orgullo que astucia. Pero, ¿su hermano, que era un completo dulce? Ella no lograba ver nada en él que pudiera haberlo hecho acabar en esa casa. Entonces, ¿qué podría haber visto el Sombrero en él para mandarlo allí? El Sombrero que era capaz de ver absolutamente todo dentro de la mente de alguien, aunque Wilhelm y su padre bromearan diciendo que ya estaba medio senil y necesitaba jubilarse. No iba a olvidar nunca lo que aquel Sombrero le dijo el primer día que pisó Hogwarts y el Gran Salón para su selección. ‘Oh, sí, hace unos instantes he mandado a tu hermano a Slytherin. Tú eres igual que él, guardas más de lo que muestras’. ¿Cómo se suponía que debía interpretar aquello? Ben y ella no tenían secretos y, si había algo en su hermano que tratara de ocultar, ella lo conocería ya, aunque no se hubiera dado cuenta de ello. ‘Pero... sí. Tú estarías bien en Gryffindor. Eres tan noble, capaz de morir por los que quieres. Pero eso, querida, no sólo es digno de un Gryffindor...’, había dicho aquello, antes de gritar ‘Hufflepuff’ y que todo el Gran Salón se llenara de aplausos, como había pasado con el resto de alumnos. Cuando fue a sentarse en su mesa, miró hacia la de Slytherin. Ben le sonreía desde allí. Quizá simplemente ella y su hermano estaban destinados a separarse en algún momento.
Se apoyó en la mesa y sacó distraídamente sus cosas de la cartera, sin apartar la vista de Salazar Slytherin. En algún momento sus ojos, muertos aunque se movieran sobre el lienzo, la miraron. Había demasiado desprecio ahí dentro y ella sólo pudo apartar la mirada. No, jamás entendería a los Slytherin. A menos no aquello de ‘oh, somos superiores a todos vosotros, simples mortales’. Desvió la vista hacia la mujer que creía la profesora y sonrió. Aunque empezaba a dudar de que fuera la profesora sustituta... es decir, ¿dónde estaba entonces la túnica? ¿No era reglamentaria para los profesores también? En ese momento empezaron a sonar las campanas de la torre, anunciando el comienzo de las clases que tocaban a esa hora. Un último alumno apurado cruzó el umbral y se acomodó en el primer sitio que vio antes de que las campanas se detuvieran y la puerta se cerrara. No parecía ser ella ya la única que observaba a la mujer. No había ningún otro adulto allí. Ella era la profesora. –Qué injusto, nosotros tenemos que llevar túnica y ella no...-, acababa de empezar a hablar. Tenía una voz suave, pero sus palabras distaban mucho de serlo. Helena sonrió, disimuladamente. Una mujer con carácter, que por encima de todas las cosas pretendía hacerse respetar y dejarlo todo en claro. Quizá era algún tipo de modelo del que ella podría aprender algo más que encantamientos y hechizos...
Buscó con la mirada a Alexandrine, pero ella parecía estar atenta a sus propias cosas. Si quería decirle algo, tendría que mandarle algún tipo de notita y desde esa distancia dudaba atinar y que cayera sobre su mesa. Después de todo, tenía demasiada mala puntería. Lástima, le hubiera gustado intercambiar opiniones sobre la mujer que a partir de ese momento iba a impartirles Encantamientos. Vio alzarse la mano de un jovencito que estaba sentado no muy lejos de ella y parpadeó. Vaya, qué rapidez para preguntar. Miró fijamente a la mujer en cuanto escuchó aquella pregunta. ¿Switf... campeona... de duelos? No tenía ni idea, aunque tampoco es que fuera demasiado extraño. Después de todo, ella sabía poco y nada sobre deportes mágicos, debido a que había recibido una educación prácticamente muggle, sabiendo del mundo mágico lo justo y necesario para no salir corriendo cuando le llegara la carta de Hogwarts.
Lo que le sorprendió fue ver seguidamente alzarse la mano de Alexandrine para preguntar también. Demonios, ¿estaba tan bien informada y ella apenas y sabía un par de rumores sobre la profesora? Iba a tener una charla muy seria con Alexandrine sobre ‘hay que compartir la información que se tenga sobre cualquier profesor, sustituto o no’. Pero... que hubiera sido campeona de duelos, tres años seguidos, y la hubieran escogido precisamente a ella para ser profesora de Encantamientos... No sabía por qué, pero había algo en eso que la escamaba. Evidentemente, tendría habilidades que superarían con creces las suficientes. Por eso, se hacía demasiado inquietante. Tenían a Balthazar Owley como profesor de Defensa. Y ahora a aquella chica que había sido tres años consecutivos campeona de duelos. Los dos magos excelentes, suponía. ¿Era necesario tanto? ¿Se trataba de simple vanidad por querer tener los mejores profesores del país o... es que detrás de todo había algo demasiado malo? Y Breen...
Agitó levemente la cabeza. Nada de pensar en eso, mejor. Alguien fue a decir algo más pero la profesora se lo impidió. Helena entornó los ojos. Ya empezaba la clase. Todos los profesores igual, podrían enrrollarse un poco y dejarse distraer aunque sólo fuera un ratito. Vio cómo el animal se levantaba de donde estaba, para que Swift cogiera aquel guante que parecía de piel de dragón, y se iba hasta una de las esquinas, sentándose y moviendo la cola lentamente, mientras se aseaba. –Realmente es como un gato...-, tenía que averigua cuál era el nombre de esa criatura, porque no estaba segura de que de verdad fuera ‘Kezle’. De pronto la profesora se señaló la mano con la varita y sobre ella, sobre la tela del guante, apareció una pequeña llama azulada. Helena la observó alzando una ceja. ¿Fuego invocado? Eso ya le decía bastante sobre lo que iban a dar en esa clase. Según sabía, era fácil invocarlo pero no así desconvocarlo, aunque la mayor dificultad radicaba en saber cómo se debía controlar. Nunca lo había intentado, de todas maneras. Con un pequeño movimiento de la varita, Swift logró congelar sólo una parte del fuego, probablemente con esa intención. ¿Era frío invocado o directamente hielo? Quizá sí se podía crear frío de la nada sin que tuviera que convertirse necesariamente en hielo, pero si lo usabas para enfriar algo... Se estaba liando ella sola. Ni siquiera se le daba bien la teoría en Encantamientos. Ni en ninguna otra asignatura que implicara demasiado la varita. Transformaciones y Encantamientos eran su muerte y, en menor medida, Defensa. Pero al menos Defensa implicaba algo más de teoría, así que tenía posibilidades de salvarse. Estaba empezando a temer desde ya sus TIMO’s.
Observó a la profesora, tratando de poner toda su atención en ella. Pero... –No termino de entenderlo...-, triste, pero cierto. Debía de haber algún hechizo concreto para invocarlos aunque Swift no los hubiera utilizado de forma verbal. Fueran los que fueran, eso no quería decir que a ella fuesen a salirle. Sobre su pupitre, la libreta muggle descansaba sin que hubiera apuntado ni una sola cosa, pese a que la profesora sí que estaba dando información. Se entretenía mirando el fuego y el hielo, ahí, en su mano. Ni el fuego lo derretía ni el hielo lo congelaba del todo. Quizá su hermano y ella eran así. Demasiado distintos, en muchos sentidos, pero a fin de cuentas mellizos inseparables, con lazos casi irrompibles. O eso esperaba. Bajó la mirada al suelo, viendo cómo el fuego y el hielo se extendían rápidamente por todo el lugar, como si alguien les hubiera marcado un camino. Subieron por el pasillo del centro y luego bajaron por los laterales, rodeando todas y cada una de las mesas. Miró el bote sobre la suya y asintió para sí ante las instrucciones que la profesora les había dado.
Buscó entre sus bolsillos. En uno de los de la túnica, encontró sus guantes. Algo maltratados. Eran los mismos que había usado todos los años anteriores y ya estaban algo gastados, pero seguían sirviendo más que bien. Quizá ya era tiempo de cambiarlos. Pensando en eso, se los colocó bien, ajustándoselos a las muñecas, y antes de haberse levantado, escuchó la voz de Evelyn. Miró hacia donde venía con aire confuso y la vio subiendo las escaleras, para acercarse a un alumno que al parecer había intentado coger el fuego y el hielo sin guantes. Sonrió de forma disimulada. Aquel era un comentario más que ácido por parte de la profesora pero a la vez demasiado franco. Sin embargo apartó su atención pronto de eso, levantándose para coger el hielo y el fuego. Se acuclilló a un lado de ellos, observándolo unos instantes. Llegó a preguntarse si los podría separar; meter el hielo primero y después el fuego o viceversa. Lo intentó. Metió las manos entre el hielo y el fuego y trató de separarlos, pero no había manera. Cogió un poco de ambos, metiéndolo en el bote y lo cerró. Quizá si lo intentaba con la varita... pero estaba en las mismas. Era demasiado mala con la varita como para lograr algo.
Suspirando, se levantó, dispuesta a volver a su asiento. Echó un último vistazo al camino dibujado en el azul brillante del fuego y regresó a su sitio. Dejó el frasco sobre la mesa y lo miró durante unos momentos, antes de que la voz de la profesora volviera a captar su atención. Ya había desaparecido el fuego y el hielo de todo el aula, salvo el que quedaba dentro de los botes de los alumnos. –Invocaciones...-, le costó darse cuenta de que la profesora estaba explicando y que tal vez debería tomar apuntes. Buscó rápidamente un bolígrafo y anotó en la libreta como pudo, sin poder evitar que su letra bailara y acabara por convertirse en un garabato ilegible digno de médico de cabecera. Entonces... ¿las invocaciones se creaban a partir de los elementos que había en el aire? No es que ella estuviera muy puesta en el tema. De hecho, aquello de las ciencias... se le daba de mal a peor. Pero no tanto como para no saber que el aire estaba compuesto por algo más que oxígeno. Así que ni de coña podría irse hacia carreras como medimagia ahora que ella los mencionaba. De hecho, no tenía pensado su futuro en absoluto. Ni servía para Auror ni tampoco para Medimago, pero... estaba estudiando en Hogwarts, lo que prácticamente descartaba que pudiera completar después otros estudios en el mundo muggle. No era como su padre, que mientras era estudiante se había llenado de conocimientos muggles todos los veranos y al terminar Hogwarts había ido a la Universidad. Bah. Fuera como fuera, aún tenía tiempo para pensarlo. Le quedaban tres cursos por delante, aparte del que ya estaba llevando, para decidirlo.
Swift volvía a hablar y esta vez... con algo peor. Suspiró. Como siempre, tarea, y ni siquiera habían terminado la clase. Si es que, al final, Juliette tenía razón con la dichosa R.I.P.; los profesores parecían haber llegado a un consenso internacional para decidir saturar a los pobres e indefensos alumnos. Vio cómo la tiza escribía sobre la pizarra aquello que tendrían que hacer antes de la próxima clase. ¿Hechizos de Primeros Auxilios? ¿Como cuáles? Pensándolo así, en frío, no se le ocurría nada. No, definitivamente, ella no era una experta en hechizos, pero suponía que podría pedirle ayuda a Alexandrine o a su hermano, como siempre. O a Juliette, como parte de la venganza por quedarse en la cama. De hecho, a Juliette hasta podría encasquetarle la tarea, ahora que lo pensaba. Pero en realidad prefería hacerle subir corriendo las escaleras hasta el Aula de Adivinación. Sería muchísimo más divertido para ella, aunque esperaba que no se asfixiara en el camino. Tomó nuevamente su bolígrafo para apuntar la tarea en la libreta y... ¿Entonces eso era todo? ¿Ya iba a tocar y podían irse? Pero al parece no, aún quedaba, porque les había pedido que examinaran el contenido de los frascos.
Levantó la mirada para ver a la profesora. ¿'Intentar hacer desaparecer'? ¿Desconvocar, en otras palabras? Pero... si ni siquiera les había dicho con qué encantamiento se podía hacer. Miró el frasco con ciertas dudas. Ya desde antes de empezar, podía ver que no iba a lograrlo. Era algo demasiado... simplemente demasiado para ella. Suspiró y abrió el frasco. No, no se había fijado en cómo lo había hecho ella porque ni siquiera se había dado cuenta hasta que habló. Sacó la varita y apuntó al tarro. “Eh... ¿y ahora qué es lo que tengo que decir?”, miró disimuladamente lo que hacían sus compañeros. Muchos de ellos parecían igual de descolocados que ella pero había otros que parecían muy seguros. Llegó a escuchar de más de un compañero un ‘Finite Incantatem’ que se dispuso a imitar. Miró su frasco. Frunció el ceño, en un gesto que delataba una forzada y para nada natural concentración. “¡Finite incantatem!”, exclamó, pero... Nada. No había sucedido nada. “Finite incantatem. Finite incantatem”, nada. No pasaba nada. Seguían intactos.
“Vaya... mierda...”, murmuró para sí y se encogió de hombros, dispuesta a rendirse, pero en ese momento vio como uno de sus compañeros, no muy lejos de ella, desconvocaba y provocaba que el hielo se desbordara. Estuvo a punto de soltar una carcajada, pero la profesora se acercó a él, con su gato muy de cerca. Y ella tuve que aguantársela, porque... sí. Después de todo, lo estaba intentando todo lo duro que podía y ella se rendía en seguida, porque sabía perfectamente dónde estaban sus límites y que era lo que podía y no podía hacer. Agitó de nuevo su varita frente al frasco abierto, tratando de no fijarse en la mascota de la profesora que seguía jugando con las esquirlas de hielo que se habían quedado en el suelo. “Finite Incantatem”, no lograba hacer nada, aunque por un momento pequeño le parecía haber visto la llama titilar, pero... sólo eso. Un avance demasiado nimio que no significaba nada porque ni siquiera podía decir con seguridad que no fuera imaginado. Cerró de nuevo el frasco y lo dejó a un lado, para después guardar la varita también. No era más que un completo fiasco. Se acomodó bien, apoyándose en el respaldo, y miró los cuadros de los Fundadores, en silencio. Los cuatro atentos a los alumnos de sus casas que aún trabajaban, vigilando lo que hacían. Helga Hufflepuff, desde su cuadro, sonreía. Durantes unos segundos, tuvo la impresión de que la miraba sólo a ella, pero le pareció algo demasiado improbable.
Siguió con la mirada a la profesora mientras bajaba las escaleras, dejando su vigilancia y su paseo por entre los pupitres para otra ocasión. Tomando aquello como una señal inmediata, se puso a recoger, dejando la mesa vacía en cuestión de un par de minutos, antes siquiera de que Swift hubiera terminado de bajar las escaleras y se situara frente a la clase otra vez. Sonrió. Ahora sería ella la que saldría disparada sin esperar a Alexandrine. E iría a la habitación y sacaría a Juliette de la cama arrastras si hacía falta, para contarle todo lo que había sido la clase y sobre la nueva profesora. Aunque dudaba de que, estando tan cómoda como debía de estar entre sus sábanas, le interesara en ese preciso momento. Pero ya haría ella que le interesara, ya... La campana sonó en ese mismo instante. Pausada, metódica. Como siempre, pero indicaba el final definitivo de la clase y ya no podían retenerlos ahí. Se levantó de inmediato y miró hacia los cuadros de los Fundadores. Esperó unos momentos, hasta que la mirada de Salazar se cruzó con la suya, y entonces le sacó la lengua, provocando en él un gesto de contrariedad y sorpresa a partes iguales. –Ni te creas que vas a lograr separarme de mi hermano, culebrilla-, bajó las escaleras rápidamente y se despidió de Alexandrine con la mano al pasar por su lado, más que nada con la intención de retarla, aunque no sabía si le había visto. Salió del aula prácticamente trotando. Le era fácil olvidase de las clases una vez acabadas.
La fuerza más poderosa de todas es un corazón inocente.
Victor Hugo
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Helena Kirkpatrick
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Autor: Raymond Byron el Sab Feb 07, 2009 1:26 am
Raymond Byron no era de la clase de personas que se preocupaban. Para nada, eso se lo dejaba a los demás. Al contrario, él prefería simplemente observar con deleite la preocupación de otros, los nervios de otros, siempre había sido mucho mas divertido no experimentar ese vacío sentimiento. De esa manera siempre se había manejado, y hasta los meses anteriores, más específicamente, hasta mediados de Noviembre, esa posición continuaba firme y fresca. Sin embargo... eso había comenzado a cambiar.
Incluso teniendo en cuenta lo sucedido en Halloween; él ya desde ese momento lo sospechaba. Aquella oscura noche, en la que todos se divertían y bromeaban inmersos en un mar de golosinas típicas de la fecha, todo su Trío había estado disperso.
Y cómo no, ¿Oliver? Castigado. ¿Julius? Por ahí...con una vampiresa. ¿Él? El único que presencio física y directamente la vista de aquel animal colgado y carente de vida, el único que pudo observar las reacciones de los mas pequeños, dando gracias a que su hermano menor no estuviese allí aquel día. Y también, uno de los pocos mayores que no pudieron evitar ponerse pálidos. Porque podía ser alguien que disfrutase con el ‘sufrimiento’ de otros...sí, eso no podría negarlo..., sin embargo tenia un limite marcado, del cual nunca permitía pasarse. Y la cruel vista del espectáculo de Halloween...sin duda, a eso llamaba él pasarse del limite.
El profesor Dagda se había retirado de las clases al menos un mes antes de lo ocurrido el 31 de Octubre, y hasta entonces, no había visto ninguna asociación posible ante ambos hechos, no al menos hasta que, y con el director Catherwood impartiendo las clases, el tiempo comenzó a hacerse presente.
Los días pasaron y se convirtieron en semanas, y así hicieron éstas al convertirse en meses, y el antiguo profesor no parecía dar señales de presencia por ningún lado. Lo único que los directivos del colegio les hicieron saber a todos ellos fue que ‘se había tomado un tiempo de licencia’, es decir, que se había tomado un tiempo en el que no daría las clases. Hasta cierto punto, eso era creíble, pero no era exageración decir que el mayor de los Byron tenía una rapidez mental demasiado amplia como para tardarse mucho en descubrir que, efectivamente, aquellos hechos comenzaban a hilarse. Lenta, y en algunos casos también progresivamente, el nerviosismo en los profesores se hizo presente, pero entre los alumnos había unos pocos que apenas comenzaban a sospechar. La mayoría prefería creer en las firmes palabras de algunos profesores –como Owley- que habían asegurado que ‘no había nada mas que decir, ni nada de que preocuparse, ya que Hogwarts era el lugar mas seguro que podía haber en el Mundo Mágico’. Bueno…eso él nunca lo había negado (ni era nadie como para hacerlo), pero era irracional y estúpido quedarse esperando confiadamente en que nunca nada podría atravesar las defensas del lugar, porque, evidentemente, esas defensas habían sido rotas meses atrás.
Durante una buena cantidad de tiempo, ni siquiera se digno a mencionar palabra alguna referente al asunto. Ni a Julius, ni a Oliver, ni a nadie. Solo él, de vez en cuando, se ponía a divagar sobre eso, pero fue una última persona la que lo convenció de que ya no podía solo ‘divagar’, y esperar a ver qué ocurría, o esperar que fuese algo mas critico para comenzar a actuar. Esa persona había pronunciado tan solo unas pocas palabras… “¿Crees que todo este bien, hermano?” Y las había hecho hacia exactamente dos días. Y Raymond Byron, aunque muy tolerante ante prácticamente todo, era excesivamente intolerante a algunas cosas, entre ellas, que las personas importantes se preocupasen.
Probablemente si sus amigos hubiesen expresado una preocupación igual o mayor su reacción se habría mostrado mucho antes, pero ninguno de ellos era de las personas que iban expresando sus temores a los cuatro vientos, ni siquiera entre confidentes. Por ello necesito las palabras y el temor de su hermano menor para comenzar a reaccionar.
Y aunque solo habían pasado dos días, el carismático genio se había puesto a investigar.
Claro, cualquiera que lo viese diría solo que se la pasaba de vago, caminando por todos lados (hasta por los más incómodos o recónditos), y bebiendo una extraña infusión color ámbar, que estaba muy lejos de simular ser algo comestible. Claro también que, con alguien como él, esas eran las actitudes que, a los allegados que lo conocían, mas les hacían sospechar. Tenia algunas conclusiones, desde aquello… no tenia nada escrito, pero en su mente, mientras les sonreía a otros alumnos o profesores, pasaban mil y una cosa a la vez, rayando casi la obsesión en asegurarse de poder cumplir las expectativas que le había dicho a su hermano: “……tu no tienes que preocuparte”.
Durante cada minuto de aquellos dos días se le paso dándole vueltas al asunto. Aquel ultimo mes no era ni cercanamente el mejor que hubiese tenido el Byron, demasiados problemas para tan pocos días, sin duda. Por lo que, sumándose a su propio estado personal, estaba el asuntito del unicornio, la súbita desaparición del rastro del profesor, los notables cambios en el resto del profesorado, la cada vez más densa lucha contra Hufflepuff, su triste actuación en Defensa Contra las Artes Oscuras y…por ultimo, ese día. Uno muy importante para comenzar (ni siquiera valdría la pena decir ‘terminar’, porque con lo meticuloso que era, eso no hacia mas que comenzar) a trazar las líneas adecuadamente: la llegada del famoso nuevo profesor, suplente de Dagda; rumor que había estado en boca de los chicos de Hogwarts desde hacia varios días.
Lastima que esa no fuese la impresión que el Slytherin ojiazul quisiese darle al nuevo profesor (así como a ninguno), porque, si no fuese él tan obsesivo…definitivamente se habría quedado en la cama.
Sin más razones para distraerse, se desenrosca y libera de las sabanas que lo apresaban, intentando tentarlo para mantenerlo en aquel hermoso y maravilloso mundo que representaban los sueños, lugares que, normalmente, solían ser menos crueles que la realidad; aunque tenían sus claras excepciones: las pesadillas. Y desde los últimos dos días, y teniendo en cuenta que no era de los que sufrían pesadillas a medianoche, sinceramente incluso él había tenido repetitivos y lúgubres sueños… todos de lo mismo.
Él mismo, solo, caminando a través de un luminoso sendero que mostraba lo lúgubre de aquel lugar; parecía ser una habitación, una especie de habitaciones de esas que uno encuentra en los moteles mas antiguos y de paso, descuidados y maltratados durantes añares, sin una pizca de sol dondequiera que se mirase y abarrotado de porquerías por todo el rotoso suelo, enganchándose las mangas de su túnica con las telarañas que se posaban en los resquebrajados portales. El suelo comenzaba a agrietarse justo después de que él traspasase esas telarañas, y entonces, sucedía: los chillidos y típicos gruñidos que emergían de un unicornio, la pura sangre de ésta chorreando desde el techo hasta la base de sus pies y perdiéndose en el agrietado suelo, y una persona de espaldas a él, a quien Raymond no lograba reconocer… entonces, deseando alcanzarla, el suelo terminaba de ceder, cayendo el chico junto a los escombros y acabando en su cómoda cama.
Ese sueño había aparecido pocos días antes de lo ocurrido en Halloween, pero, hasta un mes luego de ese suceso, el Slytherin solo lo había reconocido como ‘extraño’, y nada mas. Ahora, ya no estaba tan seguro.
Sin siquiera fijarse de si sus amigos se encontraban o no en la cama, y sintiéndose últimamente algo distanciado y tensionado cuando se encontraba con ellos (ese era u ‘problema personal’), se metió en el baño y comenzó a vestirse frente al espejo de pared que se alzaba allí, lo suficientemente grande como para que pudiese verde hasta las rodillas. Se despojo del pijama hasta quedar solo en ropa interior y, luego de darse un rápido -muy, quizás demasiado- y frío baño, se coloco la que había llevado. Siguiendo con su calmo estilo, llevaba la camisa –algo desordenada- y la corbata también, sin querer ponerse el chaleco, aunque al salir del dormitorio se colocaría la túnica. Solía molestar e insistir mucho a sus amigos para que se abrigasen, pero, a la hora de hacerlo consigo mismo, prefería pasar.
Mientras se dirigía a la sala de Encantamientos, luego del abarrotado desayuno en el Gran Salón, notó como muchos alumnos iban a su par, mas adelante o mas atrás, dirigiéndose al mismo lugar. Raymond sonrió para sus adentros con irónica diversión (y para sus afueras, también, pero la sonrisa interna era mas alegre). – Todos son tan predecibles…- canturreo para sí, encantado con aquella superficial diversión y escuchando hábilmente los interrogantes del día. “¿Quién será el nuevo?” repetían todos, como si fueran la nueva mercadería de pericos muggles de juguete, autograbables, a los que les grababas una corta frase y éste la repetía incansablemente. Solo unos pocos demostraban algo mas de solemnidad, o al menos, fingían entereza, la entereza suficiente como para no andar preguntando tonterías que resolverían en... ¿Cuánto? ¿Diez minutos? - Vaya desesperación…- volvió a sonreír, a simple vista, tan alegre y canturrón como siempre.
Sin ser el primer en entrar, y prefiriendo meterse aproximadamente en el medio al hacerlo, escucho antes de pasar por el umbral algunas ahogadas exasperaciones de sorpresa, que enseguida se enmudecían, yendo algunos a buscar un asiento y otros en cambio quedándose fijos observando hacia la atracción del momento.
Ni bien entro, Raymond también observó (bastante más estupefacto de lo que uno podía llegar a ver), como no solo el profesor nuevo resultaba ser profesora (que le resultaba muy familiar de algún lado), sino que… ¡su ropa…! No por nada él era la cabeza del Trío, su facilidad y poder de observación iban mucho mas lejos de lo que él mismo a veces sabia, pues había llegado a un punto en el que, sin siquiera darse cuenta, escrutaba cada rincón de un lugar; estaba seguro de que a veces debía de parecer psicópata (o secuestrador, ladrón, asesino en serie, pedofilo, futuro asesino en serie… en fin, todo menos un futuro medimago). La ropa de aquella mujer se salía por completo del acostumbrado protocolo del profesorado de Hogwarts: tejanos oscuros, botas, jersey negro… nada de densas túnicas, simpáticos sombreros en punta o vestimentas estrafalarias que cada uno era dueño de decidir en tener o no. No, nada de eso. Esa vestimenta era muggle.
¡Como no conocerla, si la mitad de su familia se vestía así! Sin mencionar que su hermanito había adoptado ese mismo gusto por las cómodas y muchas veces anchas ropas muggles. Su madre seguía los mismos rumbos, no era como su abuela o el mismo Raymond. Ah, no. Ellos eran los ‘raritos’ de la familia; era como un mantra para el joven de cabellos castaños, uno que solía repetirse en muchos de sus gustos personales: Mientras más raro sea, más me gustara y mientras más estrafalario se vea, mejor me quedara. Aunque, también era cierto que eso era una opinión meramente personal; su primo, hermano y amigos, solían decirle que él era la clase de persona a la que todo le quedaba bien (y quizás por eso él no se veía ridículo al usar la ropa que solía usar fuera de Hogwarts).
Al haber descifrado aquel pequeño, pero significativo signo, una sonrisa de las sinceras surco por los labios del chico, y miro a la mujer con cierta familiaridad. Le agradaba tener un profesora (en este caso, profesora) que no viviese obsesionado con aquel estúpido asunto del Estado de Sangre – léase, como Owley…- pensó, aun considerando que él era de los pocos que no odiaba necesariamente al profesor, aunque sin duda alguna, no le guardaba un intimo afecto tampoco. Todos fueron tomando asiento, y por mera acción del gusto, él lo hizo en la primera fila, agradecido de la vista y posando sus ojos en el peludo –y seguramente suave- animal que se encontraba dormitando sobre un gran guante de cuero negro.- ¿Un kneazle?- se pregunto, con curiosidad y jocosidad latente, pero no por burlarse del animal, sino por la emoción de ver uno tan cerca (debido a que a los alumnos, no se le permitía tenerlos). – Hee…seguramente a Ruph le gustaría ser su amigo…lastima que hoy no lo traje conmigo…- pensó, removiéndose en su mente la imagen de su anaranjado y extraño gato, que en cuanto él se levanto, aun dormitaba cómodamente a los pies de la cama de Oliver (nunca supo porqué, pero prefería dormir allí). Se quedo semi embobado con la vista del animal, apoyando su mejilla en su mano libre y como esperando que éste se levantase y saltase hacia él, para dejarlo abrazarle. Raymond siempre había sentido debilidad por los felinos (o similares), y en especial cuando los pelos de éstos eran tan suaves y sedosos como los del Kneazle se veían.
Pareciendo estar muy distraído, y seguramente dando esa idea, escucho la tajante y directa presentación de la profesora. Esa mezcla de dulzura y severidad le daban mucha gracia, pues hacia falta mucho mas para hacerlo siquiera temer. Sin mencionar que, lo de los puntos, era bastante normal; lo que le había gustado había sido la media amenaza dejada en el aire, aunque no se retuvo mucho en ella, porque a sus costados sintió un incesante movimiento, que no provenía de sus compañeros. Viro y observo, por el rabillo de sus ojos a los cinco cuadros postrados en diferentes lugares del salón. Primero, los Cuatro Fundadores, y mas alejado, junto a la puerta de entrada (que yacía cerrada desde antes que la profesora hablase), la de una reina, la conocida –para él- Reina Maeve. Sintió un fuerte deseos de escrutar a cada uno de los cuadros, y sacar toda la información que aquellos ojos pudiesen extraer de ellos, pero una mano alzada le interrumpió: del otro lado, en una de las filas del medio, el pequeño amiguito de su hermano, Sasamine Yuko, preguntaba desde temprano… Y a esa, le siguió una mas, esta vez de una chica.
Se remitió a reír suavemente ante los comentarios sobre el profesor Owley dados poco detrás; seguramente, por mas profesora que fuese de ellos ahora, había tenido su edad y por lo tanto, había sufrido al anciano y habilidoso profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
En cuanto las preguntas cesaron (o mas bien, fueron hechas cesadas), él reconoció finalmente de donde se le hacia tan familiar aquella mujer: en la biblioteca había registros y libros sobre los Campeonatos de Duelos, y por supuesto, la prodigio que había logrado que Escocia ganase tres años seguidos.- Una experta en Duelos Mágicos…- abstrayéndose en menos de un segundo de la sala y todo su rededor, el décimo séptimo Byron consiguió una expresión mucho mas seria y solemne que la sonrisa actuada; no le importaba tanto cuan excelente fuese su nueva profesora (aunque sin duda sacaría beneficios para su propio desempeño de ello), pero si influía aquello en su recién comenzada investigación… una Campeona. Su mirada dio un vistazo rápido a toda la sala y localizo a su hermano menor, a un lado de su amigo, y continuo volando hacia el hermano mayor de Yuko, Shitta. Era visible como su conjunto de pupilas e iris temblaban suavemente, solo unos segundos… ese descubrimiento acababa de brindarle miedo.
Raymond, interiormente, se vio entre aliviado y agradecido en cuanto la mujer misma corto la charla y comenzó con la clase del día. Haciendo un gran esfuerzo por ordenarle a su mente que dejase de trabajar en complicadas y elaboradas conclusiones, apenas logro prestar atención a los movimientos anteriores a la invocación del fuego mágico en la mujer, logrando sus celestes ojos enfocarse claramente recién ante aquellas bellas y azuladas llamas danzantes, pero cuando finalmente pudo salir de su temeroso ensimismamiento, fue al ver aquellas danzarinas llamas congelarse hacia su mitad, formando una perfecta gota del tamaño de un roca pequeña (que entraba en un puño), que se dividía constantemente entre el lustroso brillo del hielo y el incandescente del fuego. Así comenzó a hablar de ambos elementos, aunque ciertamente el chico no sentía una atracción especial o selectiva de algunos; ambos le gustaban. Si tuviese que compararse con ellos, entonces… ¿Qué seria él? ¿Llamas danzantes de fuego, o quizás resplandecientes zafiros de hielo? La respuesta era posiblemente ambos.
En compás al movimiento de ambos elementos, los bien desarrollados oídos del Byron seguían las palabras (a su parecer, melodiosas, aunque no tenían nada de ello) de la profesora, conjunto a sus ojos, que seguían como un esclavo a la gran y perfecta gota. Sí, Raymond Byron era la fusión de ambos, pero al contrario de otras personas que él conocía, no era fuego escondido tras una muralla de fuego; al contrario: él era hielo, escondido tras una densa y fogosa cortina…
A vista de cualquiera él podía mostrarse amable, y no iba a negar que lo fuese, porque por algo su objetivo era ser miembro del San Mungo… pero, a pesar de lo que cualquiera pudiese pensar, Ray era mucho menos accesible de lo siempre parecía querer mostrar. Mas nunca quiso mostrar algo así, pues él simplemente era así. Desde niño, jamás había podido expresarse fácilmente, ni siquiera ante su adorada familia, hermano o primo; nunca había podido decir cosas sencillas como ‘me duele’ o ‘estoy triste’, no al menos de forma sincera, solo en broma. No, su mantra era sonreír, aun si estaba lastimado (físico y espiritualmente), él sonreiría… muchas veces escucho decir que quienes sonreían tanto lo hacían porque era ‘demasiado fácil’ llorar, sin embargo, él no pensaba así, y eso no podía aplicarse a él: para Raymond, llorar era la tarea y el enemigo mas difícil al que se había enfrentado jamás. Sus propios padres, en especial su madre, lo habían visto llorar veces contadas, que como a buen niño, lo sobrepasaban y se salía de control, llorando a cantaros, pero enseguida escabulléndose para no ser visto (sin importar cuánto su familia deseos que fuese más sincero). Conocía y tenía amigos que no habían podido mostrar sus sentimientos a causa de su familia, pero su caso tampoco era ese. El problema nunca fue su familia, siempre fue él. Y eso persistía hasta hoy, con sus queridos amigos, quienes le habían visto llorar sinceramente menos de cinco veces en los seis años que se conocían (claro que había llorado mas veces, pero a escondidas, y con una capacidad de recuperación y falsedad indiscutibles). Probablemente esa era la razón por la que se había enamorado de aquella persona… cuando estaba a su lado, los sentimientos brotaban de él con mucha más facilidad, sin miedo a que fuesen rechazados o discriminados por alguna razón.
Porque también había sido claro para él, durante sus primeros años en escuelas muggles, que no era tan sencillo aceptarlo. Raymond lo sabia, si hasta para los magos resultaba medio loco, ¿qué seria con los muggles? Y aun si éstos trataban de molestarlo o herirlo, él nunca les diría nada…solo les sonreiría, y su afán vengativo se calmaría luego de hacerles una broma varias veces peor de lo que ellos le habían hecho a él. Siempre había sido muy sencillo pararse frente a algún profesor muggles, sonreírle arrepentido y pronunciar ‘Yo no se de que me habla, profesor…’ sin cambiar ni un ápice su voz. Estando en Hogwarts, eso había cambiado, porque, y por extraño que resultase para alguien solitario (a pesar de ser inmensamente sociable con sus compañeros), ya no estaba solo, y sus hasta ahora mejores amigos le habían ayudado, llegando a ser las primeras personas a quienes les había dejado pasar por esa cortina ígnea sin quemarse.
Todos sus pensamientos fueron interrumpidos ante la alerta de sus sentidos: Swift acababa de, luego de lanzar aquella mitad llama-mitad hielo al suelo, hacer que se extendiese a cada lado de las hileras y se bifurcara en forma de rápidas y susurrantes serpientes; serpientes que, haciéndole esbozar una disimulada risita de satisfacción, le hicieron recordar tomar sus guantes ante la rápida intervención del Kneazle y el consiguiente regaño de la profesora hacia un tonto distraído. – Mmh… me pregunto si los abre metido…- se pregunto, sonriente, mientras revolvía en un bolso de un verde chillón, muy lejano al verde de Slytherin, que tenia como abrojo un botón en forma de Flor de Liz, completamente dorado y pulcro. Consiguió lo que buscaba –un par de guantes de cuero blanco, que le quedaban justo a sus estilizados dedos, y que le llegaba mas o menos hasta unos centímetros antes del codo- se lo colocó y cubrió la parte que llegaba hasta casi sus codos con la túnica negra; entonces, tomo uno de los frascos, lo abrió con ambas manos y extrajo una muestra tanto del fuego como del hielo invocado, arrojándolos sin mucho cuidado (a sabiendas de que no se desharían) dentro del frasco de vidrio, tapándolo y cerrándolo luego.
Pero antes de poder deleitarse con su propia muestra de ‘juguetes’ (y con el ánimo y la alegría de un niño al tener uno nuevo), fue interrumpido por las palabras que le extrañaba aun no haber escuchado: tarea. Fijo su vista en la que a él le tocaba y, sacando un trozo de pergamino, una pluma y un tintero de su brilloso bolso, comenzó a copiarla, terminándola rápidamente, y con una caligrafía digna de envidia; aunque no solía poner mucha atención en ella, saliéndole libremente por su afán por la prolija escritura. No le pareció demasiado difícil. – De hecho… creo que ahora mismo podría mencionárselo- pensó, encantado y alegre de que no fuese algo demasiado complicado (para él, claro está).
¡Ahora si! Era el momento, el momento perfecto, de ponerse a jugar.
Oyó atentamente la consigna, sin desaparecer en ningún momento su carismática sonrisa, recordando con gracia.- Ohhh…pero, querida profesora…usted nunca jamás pronunció el encantamiento…- se canturreo con cierta alegría, aunque suponiendo que la mayoría de los allí presentes (o muchos de su conocimiento), eran lo bastante inteligentes como para conocer el Finite Incantatem, así que puso manos a la obra. Retiro su varita del bolso interior de la túnica y la blandió hacia el frasco, adoptando, por el contrario a la anterior, una mirada de concentración que casi asustaba, pues el chico Slytherin, al sonreír, solía mantener sus ojos cerrados. Por un segundo, sintió su concentración arruinada -¿paranoia…?- pensó, pero enseguida volvió a enfocarse en su tarea, susurrando despacio, con cierta calma: “¡Finite Incantatem!” Instantáneamente, aquella mezcla de elementos se removió un poco, pero el efecto fue ciertamente desalentador: muy lejos de desaparecer, quedo allí, tal y como estaba antes, solo moviéndose la llama un poco aturdida y luego volviendo a la normalidad.
Bastante extrañado (y hasta en cierto modo, decepcionado) por la falla, Raymond apoyo sus manos en la mesa y se inclino a examinar el frasco, como culpándolo a éste de que su hechizo hubiese fallado; pero entonces fue que, a través del reflejo del cuadro localizo al verdadero culpable: allí, metros arriba y dentro de un cuadro, la acusadora mirada de Salazar Slytherin se cernía sobre él, con un marcado gesto de superioridad (Raymond supuso que en parte por su condición de Sangre y en parte por su fallo), ante aquello, solo sonrió, sonriéndole al mismo fundador de su Casa con sorna y burla, casi de manera retadora. – Ahh…así que de eso se trata…- observo el chico, con una marca diversión ante lo que podía considerarse en él un reto; no, la tontería del fuego y el hielo no era un reto, peor sí lo era que aquel prepotente (y porqué negarlo, también imponente) mago representaba sobre él, observándolo aun mas luego de aquella sonrisa burlesca del líder de los Diamantes. Antes de repetir el hechizo, decidió liberarse de toda presión, y para ello, se puso a observar a los restantes tres cuadros, cuyos moradores miraban lenta y parsimoniosamente al alumnado, deteniéndose por supuesto mas en los miembros de su casa. Primero estaba Godric, Godric Gryffindor, con una marcada temple que el castaño reconocía en algunos de sus miembros; sonrió para sus adentros, no con cariño, peor sí con cierta gracia: la Casa que aquel mago había fundado había sido el segundo hogar de su madre, y ahora de su hermano; pero, y por muy valiente que él fuese, no tenia los requisitos para entrar en la Casa de los Leones (y en realidad, lo agradecía, le agradaba ser el raro de la familia). Siguió su recorrido por Rowena Ravenclaw, ciertamente Ravenclaw era una casa a la que el Sombrero le ofreció ir; sí, Raymond tenia las cualidades para ser un águila (y de hecho su Patronus lo era), además de que su querida, adorada y conocida abuela había sido miembro de los mas inteligentes. Pero aun así, en aquel entonces, él se denegó…y se paso un buen rato charlando con el Sombrero, ¡con alegría! Aquel viejo pedazo de trapo le caía muy bien, su voz era graciosa. Y luego de que (con obligación y llamado de atención de por medio), mantuviese la simpática conversación, el Sombrero decidió enviarlo a donde según sus palabras ‘Podría hacer grandes logros’, sin entender bien en aquel entonces a qué se refería con ello. –Bien, Ray…basta ya de distracciones, no queda mucho tiempo; debes lucirte, ya que el viejo feito te mira…- se dijo, y sonrió burlesco una vez mas, mientras su mente y él compaginaban rápidamente y blandían la varita una vez mas, con mas energía, peor también, con un rostro lleno de una poco vista seriedad.
“¡Finite Incantatem!” volvió a pronunciar, pero esta vez mas fuerte, mas claro, y con mayores resultados. Enseguida, el hielo parecía estar a punto de derretirse, y en cuanto el chico pensó que había fallado (pues se suponía que debía desaparecer), el hielo se rompió, cayo, y casi sin tocar el vidrio desapareció, dejando una mitad de llama que comenzaba a desintegrarse con mucha fuerza (demasiada quizás). Por un momento pensó que haría explotar el frasco, pues comenzó a aumentar considerablemente sus dominios, antes de desaparecer limpiamente.
Los músculos de su muñeca se relajaron, pero mantuvo la varita en alto, para luego apoyarla sobre el frasco con una recuperada, satisfecha y tranquila sonrisa, que en el fondo escondía la verdadera satisfacción ególatra que había sentido. – bueno, a veces esta bien subirse un poco el autoestima, ¿no lo crees igual, querido Salazar? – susurro para sí, jocoso, mientras se volteaba suavemente y le sonreía al cuadro como si nada, tan amable como siempre, peor estando seguro (por la reacción que este tuvo al ponerse a ver a otro Slytherin), de que había entendido bien el significado de “¡Jah!” implícito. Volvió a acomodarse en su asiento, y observo con nada de disimulo los resultados de sus compañeros; la verdad era que contándose, muy pocos lo habían logrado decentemente, y uno de esos pocos era su querido ya casi rival; Seiichi, el prefecto de los Hufflepuff. Raymond le sonrió con simpatía, casi cariño, aunque se notaba que estaba burlándose, pues el otro chico lo había logrado después que él. El Slytherin rió, resoplo con cierto cansancio y se desperezo en su lugar, apartando su vista de aquel chico. – aquel al que pronto, muy pronto, cuando solo me una excusa para hacerlo…- dejo el pensamiento al aire con gracia; vamos, él no lo mataría… después de todo, la magia curativa era infalible, él mismo podría curarlo si quisiese…cosa que por supuesto, no haría sin escuchar un humillante ‘por favor’, provenir de los labios del tejon. En realidad, la relación de aquellos era bastante extraña, Raymond estaba segurísimo de que tenían mas cosas en común de las que el mismo Shitta debía reconocer (por todo el asunto de que él, era un Slytherin), y sus hermanos tenían una estrecha y dulce amistad, por lo que desde hacia un tiempo, habían cordado una tregua de Casas.
Escucho finalmente la despedida de la primera clase y se levanto luego de un bostezo tapado con su mano; se levanto de su asiento y luego de sonreírle adormilado a la profesora, se despidió de esta con una calida sonrisa, que lejos de ser falsa, le resulto bastante sincera. Luego de aquella primera clase, podría decir con seguridad que su investigación recién comenzaba…y que ahora, con la evidencia de que aquella mujer era Campeona, resultaba bastante obvio que algo mas que grave se avecinaba hacia el ‘lugar mas seguro del Mundo Mágico’. Se despeino un poco los alborotados cabellos y, colgándose el chillón bolso al hombro (que resaltaba intensamente por el negro de la túnica), salio del salón, despidiéndose con la mano de su lento hermanito y de Yuko, haciendo lo mismo con el hermano mayor de éste, dedicándose sus sonrisas mas superficialmente amables e interiormente amenazantes, mientras Raymond salía para encontrarse en el Gran Salón con sus amigos (sin saber donde se habían sentado, o si ya habían salido).- Solo dame una razón…- volvió a pensar, solo para divertirse consigo mismo, y a sabiendas de que en el fondo, no le haría nunca nada…demasiado grave.
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Raymond Byron
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